El tiempo será lo que queramos que sea

El verano se acaba el 21 de junio, justo en el momento en que es declarado oficialmente. Ese día comienza la cuenta atrás o la huida hacia delante, la irrefrenable necesidad de viajar como los otros, de pagar un amor adolescente, de dormir porque de adultos casi todo es trabajo y hacer ruido. Lunes. 1 de septiembre. Ya comienza a refrescar por las mañanas, la gente ha vuelto a una ciudad que odia y algunos celebran el inicio de un año de cuatro meses. Quizás la verdadera normalidad era esto, empezar y acabar cuando nos de la gana, hacer como que el tiempo solo sirve para ordenar lo que ocurre o nunca llegó a suceder.

Las convenciones han matado el tiempo, reducen el verano a unas fotos con un filtro retro. Porque la vida, eso que arde y duele, prescinde de artificios. Basta una enfermedad o un despiste para que las horas se disuelvan y el verano dure para siempre y un segundo se expanda por el universo. Nuestro nacimiento, la muerte de padre, aquella tarde en la que te dijo que te quería son, en realidad, acontecimientos al margen del tiempo y su mentira. Las marcas del bañador. Las grietas en el techo. Las cuatrocientas estaciones.

Así, de despedida en despedida, vamos discurriendo, con la sensación de haber sido estafados, contentos por tener a los mejores amigos del mundo. Como occidentales, el frío y la falta de luz marcan nuestro calendario. Por esa razón, el verano pasa tan deprisa, también la adolescencia, la vejez y el olvido. Para compensarlo, nos contamos historias, mentimos, miramos hacia atrás para tomar un impulso dislocado, nos inventamos formas de evitar el vértigo. Otoño, agosto, invierno… da igual, estamos vivos.

Ilustración: Gerhard Gluck

Mi querido verano

Cada año la gente huye de Madrid, en sandalias o en caravanas cargadas de maletas, en sueños si tienen que quedarse por trabajo. Llega julio, el madrileño se deshace en las paradas de los autobuses para nadie. La capital vaciada entre un aire sólido, de menta, casi triste. Es en estos momentos cuando Madrid se rebela, por fin, quema su máscara de gran ciudad y se erige en una ciudad pequeña como un mundo. Se ven menos policías por sus calles, sus niños levantan castillos de arena a cientos de kilómetros, sus ancianos resisten dentro de casa. Lo peor del verano es que dura demasiado poco. Y es tan largo el invierno.

Ojalá hubiera veranos de seis meses, con neveras para tomar helados al caer la tarde, encerrar en buhardillas los abrigos con forro y observar los hombros de la gente, sus dibujos de tinta sobre piel, su forma de agitar los abanicos, las ganas de encontrar paz en los ventiladores. Si uno lo piensa, el calor saca a relucir lo que permanece camuflado, defectos convertidos en pies negros, barrigas, cicatrices, verrugas y sudor precipitándose. La vida vino del calor y hacia el calor vamos. También la Tierra y el sexo.

Muchos detestan el verano. Nostálgicos del hielo, ansían con todas sus fuerzas que los árboles pierdan sus hojas y la montaña, de lejos, se cubra de una nieve azul y las calles de alientos condensados. A esos los desprecio. Primero porque ganan siempre. Segundo porque el frío se parece a la distancia. Hay más razones. Prefiero concentrarme en este julio casi agosto, en los girasoles desde la ventanilla de la furgoneta, en el mar imitando al trigo, en la posibilidad de una siesta con María. Regresará la lluvia. Todos perderemos la partida contra el tiempo.

Ilustración: David Hockney

El olor de los amores muertos

Imaginemos que el futuro es para los débiles, que todo el tiempo que tenemos retrocede, un parpadeo de cuadernos de rayas, de fruta podrida y soles como uvas sin hueso. Por una vez olvidemos el ahora, casi fin de año, el aliento de la gente con frío por la calle, los árboles de luces, la gente intermitente. Todo es posible, aunque sea mentira, parecer jóvenes en un horizonte de diamantes y una ciudad con los hombros al aire. Muy cerca, el amor del verano, todas las piscinas del mundo. Bajo el agua, ella o él. De fondo, nuestra nostalgia de siestas y campanas.

Una gota de agua viaja del pelo a la punta de la nariz, universos líquidos, del pecho al bañador y su cintura. En esa intersección palpita el sexo, cosas de jóvenes que se tocan y se hacen daño, que se abrazan como si el mundo fuera arena. Mareas, un viejo bronceado camina por el borde de los mares, otro espejismo, azul Bondi, azur, azul eléctrico, «ponme un poco de crema en la espalda, anda», «demos un paseo en bicicleta hasta el faro». ¿Lo hueles? Es el olor de los amores muertos. Solo la sal puede conservar nuestras caricias.

Fuimos felices en un paraíso de belleza virgen, de arrugas de expresión antes de las arrugas, de piel sin costras, de humedad bajo la luz de agosto, de algas a los pies de los niños, de belleza y más belleza sin daño. Podemos ser felices siendo viejos. Quizás de otra manera, presente, en un futuro que pasará por encima de nuestras cabezas, con el mismo sol y un mar de plástico. Volvemos a los amores muertos para regresar con un trofeo entre las manos, con las sienes blanqueadas y el corazón de las medusas, más solos, un poco más blandos. Vivir, nunca hubo un mejor propósito para este año tan joven.

Deshacer el tiempo

Me gustaría deshacer el tiempo, volver a estos últimos días de toallas tendidas, caminar al borde de la arena, mareas, cangrejos y delfines, dormir en un habitación muy oscura, despertarme junto a ella. ¿Has visto? A través de la ventana se cuela un rayo de luz, un poco de esta aurora nuestra. Si vivimos a la contra, ¿por qué estas ganas de ir hacia detrás? Será porque delante, invisible, todo se deshace sin querer, todo escapa a este deseo de revivir para contarlo, entre mañanas de prisa y tardes frente al sol reflejado en una orilla preludio de la noche. Me gustaría tanto…

Me gustaría deshacer el tiempo para ver a la tía Marta decidir qué colores emplear. Un poco de rojo sobre un lienzo, un trazo de azul y de amarillo, una bailarina, o la montaña enmarcada fuera de sus sueños. Si alguien puede impregnar la nada con su vida, entonces yo podré desandar los pasos, invocar su mano, su mano y un pincel, su mano y sus venas, su mano que era la mano del abuelo, su manos, sus venas y un pincel en un gesto de aire ya pasado. Marta me pintó siendo yo apenas un niño, boca abajo, con las plantas de los pies muy juntas. Sigo siendo el mismo. La vida es otra.

Me gustaría deshacer el tiempo para evitar sentir el privilegio de ver cómo los días arden y se acortan, cómo el pelo se vuelve blanco o cae, cómo los amigos son distancia y las familias se renuevan de una forma tan sencilla y milagrosa. Primero niños, después adultos, luego viejos, después nada y otros niños. Así siempre. En realidad, me gustaría deshacer el tiempo porque cada verano que pasa me arrebata espacio. El tiempo deja de ser tiempo. Tampoco nosotros somos ya nosotros. Lo único que no cambia de nombre es el amor. Y está ahí delante.

Ilustración: Bo Barlett

Las tardes de verano

El verano regresa, como siempre lo hacía siendo niños. Si uno se detiene a pensarlo, no hay nada bueno en la estación más cálida. La gente se viste con chanclas, sus playas de táperes y turistas, el calor del tiempo y los paseos de noche hasta la nevera. Cierto, algunos tienen vacaciones, pero las vacaciones impuestas dejan siempre una sensación amarga, traen el miedo a ser como los otros. De lo contrario, nadie necesitaría un descanso tras las vacaciones. Solamente las tardes de verano cumplen su promesa. Si se esconde el sol, vendrá la lluvia, si llueve habrá aire fresco para todos. Las tardes de verano se repiten, duran poco, como todo lo bonito de la vida lejos del invierno.

Nos enamoramos en las tardes, cuando la arena deja de quemar o quema poco, cuando las cigarras se cansan de querer aparearse. En ese momento, muchos doblan las toallas, las mareas se retiran y, en los pueblos, los niños montan en bicicletas heredadas. El blanco de la ropa brilla, los campos de cebada son las olas de los campesinos, el mundo, sea lo que sea, nos da tregua, nos prepara para dormir envueltos en sudor y sombras. Puede que la vida sea fácil en verano. Sería imposible vivir sin esas tardes.

Fue hace muchos años. Eran las siete de la tarde. La luz chocaba de perfil contra las piedras de un monasterio a las afueras. Ella vestía de blanco. Yo quería quitarle todo lo que llevaba encima. Ella miraba el cielo entre las ramas. Hicimos cosas de adolescentes bajo una higuera, tumbados encima de sus frutos. A eso no se le puede llamar sexo. Besos y descubrir lo que vendrá más tarde. Inocencia. Le conté mi hazaña a los amigos. Nadie me creyó. Así son las tardes de verano, un sueño interrumpido, la única razón para seguir viviendo hacia delante. Disfrutadlas.

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Ilustración: Claire Gastaud

Lo que nos dice la ropa tendida

«Se sabe mucho de la gente tan solo mirando la ropa tendida». Escuché el comentario en voz baja de madre, se levantó una ráfaga de viento. En mitad del verano, al fondo del jardín, entre hortensias, azaleas y un muro envejecido por el mar, se agitaba la colada todavía húmeda. Las camisas parecían barcos, las bragas palomas y el aire se llenaba del olor a bañadores limpios. Entonces comprendí a qué se refería. En esa casa habría al menos dos niños de siete u ocho años, dos mayores, alguien encargado de doblar la ropa, de colocar una pinza por el borde interior de las costuras, para no dejar marca, para prolongar la vida útil de aquello que nos cubre. Madre desnudaba el mundo, un mundo invisible ahora suspendido.

Desde entonces me fijo en la ropa tendida en el patio de vecinos, la misma que da sombra a los del bajo. También inspecciono las terrazas que rodean mi ventana. Porque los tejados están llenos de historias de gente que no está y en cambio vive cerca, que descuenta el tiempo por la ropa que mancharon. En aquel edificio tiene que haber un oficinista, en el otro una corredora y un fanático del rock. La ropa que cuelgan normalmente es blanca, de ahí que el negro aporte notas de color. Cualquier ciudad es una bandera por la tarde. Lo único que se necesita es agua, jabón y algo de viento.

Observo la ropa todavía húmeda, el poco esmero con el que doblo calcetines y camisas caras. Si alguien me viera pensaría en un vecino solo, fascinado por los colores de tobillo para abajo, con una tendencia suicida por las sábanas recién lavadas. El recuerdo de la voz de madre vuelve, de pie frente a la colada del jardín, bajo un sol jugando a hacernos viejos. «Debemos seguir sorprendiéndonos por los detalles más pequeños, ¿verdad, madre?», me digo. Pronto tendremos que secar la ropa dentro de las casas y algunos seguirán buscando un sueño. Otros, en cambio, seguiremos a lo nuestro, mirando tendederos y señales lejos de la nieve y el invierno.

Ilustración: Jeffrey T Larson

De la necesidad de no hacer nada

Siempre me obsesionó hacer cosas, algo. Pensé que se trataba de un truco de la muerte, hacer para dejar un legado que me sobreviva. Hasta que este verano caí en la cuenta: hacía cosas, algo, por miedo a no hacer nada, como si levantarme, desayunar, vestir mal y pasear cuando el sol es una uva no fuera la mayor aspiración del ser humano. Algo tendrá que ver este sistema que nos fuerza a ocupar el tiempo, a buscar un hueco para nosotros cuando, en realidad, el hueco siempre está ocupado si late todavía. No hacer nada es muy difícil. Además, está mal visto. Uy, y mucho peor en vacaciones.

Hemos o han decidido que ocupemos las horas para descansar unas semanas al año. Se nos da tan mal que los efectos del parón duran un día. Después la rueda y la falta de aire. Porque la acción, ese hacer innecesario, implica un estatus. «Tiene que ser alguien importante, siempre con el móvil». «Viaja por todo el mundo». «¡No para, sólo corre!». Resulta que de tanto moverse terminó de abono para malvas o en la consulta del psicólogo. Años de intentar hacerlo todo para terminar no haciendo nada. Estaba muy ocioso ocupándose. Todos lo estamos.

Tiene que haber algo más importante que la velocidad. Una mañana de radiografía, un rato mirando a los pájaros posados en las antenas de televisión, una cama bajo un techo que encierra todos los satélites, todas las estrellas. No hacer nada, el descanso por el descanso, es una forma de conquista que sólo los más fuertes conocen. En el fondo, somos incapaces de reconocer que el estrés se corresponde con lo que queremos ser. La nada es todo lo que somos y seremos. Luego llegará el olvido. No haciendo nada suceden algunas de las mejores cosas en vida. Y que le den al invierno y al cargo de conciencia.

Ilustración: Guy Billout

Conocer a una madre

Desde aquel primer grito se crea un vínculo eterno con la madre. Ella representa la supervivencia del hijo, un lecho, el amor como comida. Pasan los años y el mundo cambia, también las tallas, y ella, en cambio, permanece suspendia en ámbar, quizás más cansada, igual de guapa, madre siempre madre. Ni los amigos del hijo pueden empequeñecer aquella figura en el sillón, su sonrisa al verle, esa tristeza antigua al despedirse. Una mañana, la madre se queda sola. La puerta de casa encierra un mundo que se acaba. Y casi nadie cae en la cuenta de que las madres, todas las madres, son las grandes desconocidas de las estaciones.

La madre estuvo tan pendiente de ser madre que olvidó la mujer en toda ella. Había tareas, poco tiempo en el espejo, ansia por hacerlo bien. Los hijos querían salir, librarse de su mirada tierna. ¡Ya somos mayorcitos! La prisa impidió preguntar a la madre por sus aspiraciones, aquellas que van más allá de formar una familia. A pesar de la creencia, no todo empieza y acaba en los hijos y, aunque así sea, hay otra madre, anhelos, otros novios, vida hundida que debe regresar a la superficie para completar la nuestra.

Porque los hijos creen conocer a sus madres, pero sólo saben una parte. Ayer, frente a una ventana llena de hortensias y alteas, la madre le contó al hijo cómo conoció al padre. Fue en una feria, entre coches de choque y niños con costras en las rodillas. La madre, entonces niña, mordía una manzana de caramelo. El padre la miró con sus ojos verdes de adolescencia y pelo largo. ¿Quieres?, dijo ella. El padre nunca contestó. Se limitó a sonreír. Y el hijo, de pronto, volvió a nacer antes del primer grito, antes del amor después del amor que nunca acaba.

Ilustración: Geoff Mcfetridge

La piel del verano

El calor viene a confirmarlo: cada uno tiene la piel que se merece. Después de la nieve, las pieles recuerdan a las velas de los barcos en un horizonte de tarde y poca ropa . Ahí están ellas, transformando este paisaje que es el verano, recordándonos que somos todo lo que hacemos con el tiempo. Los efectos de latir dejaron marcas alrededor del sol, pliegues que no pueden lavarse, ni siquiera al ocultar el cuerpo bajo el agua. Me gustan las pieles al aire porque cuentan sin querer la historia en cada uno de nosotros, cuentos de entusiasmo y cuenta hacia delante.

Observo la piel de la familia, tantos años, tanta pérdida, tanta vida. Hay pliegues en el escote, piel blanca por culpa de la crema. A través de las pieles puedo ver el hueso y la biografía, si fueron libres o estuvieron solas, si a veces, cuando nadie las mira, se arrepienten de aquello que nunca sucedió. Después observo la mía, una piel de muerto enrojecida por lugares a los que no acceden los brazos. Imposible ser buen escritor y estar moreno, eso me digo con los empeines abrasados.

Me gusta pensar en las pieles como flores que reciben un polen de luz, que el sol es una abeja en busca de pieles en las que posar su boca, pieles que nacen, se pudren y desaparecen dejando un rastro de almendras. No es casualidad que mudemos de piel después del mar y antes del frío. Así recibimos el castigo de los días cortos. Ahora frotémonos la piel, dejemos escamas en el aire, seamos serpientes al ritmo de un verano que nunca acaba, que late cada día un poco más en nuestro pecho.

Ilustración: Sooah

La niñez distorsiona el verano

El verano está sobrevalorado, trae una ligereza de entretiempo, como si el resto de estaciones fueran sólo un espejismo. Los que esperan a diciembre lo hacen para librarse del sudor, pero quieren sol en la estación de ski. Y es que en agosto el aire se mueve de otra forma, imita a las canciones y los viernes, enreda las horas en las noches, los días en las tardes. Será el calor, esa sensación perenne de que acabará antes de que empiece. Todo nace y muere en este verano, también los recuerdos en la playa y una familia al completo. El verano de ahora es el mismo de todos los años, la niñez lo distorsiona.

No hay nada peor que regresar al verano de la infancia. Apenas quedan restos de aquel lugar que nos vio ser felices, sin embargo todo nos recuerda a él. Hay un edificio de diez plantas en mitad del horizonte, el mar debe de estar ahí a lo lejos, ¿verdad, mama? ¿Y nosotros? ¿Quė queda de nosotros? Aquí estamos, llenos de vida, rodeados de muerte. De niños estábamos a salvo cerca de la orilla. De mayores, recurrimos a ser niños en verano, echamos de menos las medusas, los malos olores y las quemaduras. Tiene algo de frío hacerse viejos, un poco de agua muy fría.

El verano arrastra nostalgias antiguas, también aquella que nunca llega a concretarse. Un universo perfecto, eso es el verano. Las ranas ladran, los marineros pierden la gracia de las olas, la luna necesita al sol para poder bañarse en mar abierto. Así sucede, un duermevela de barcos y siestas, de sal y ensaladas en un táper. Nunca perderé la fe en el verano, precisamente porque trae mentiras y distancia. Por fin somos invencibles, por fin se pliega este milagro. Esta noche dormiré con manta. Y el mundo late y late ahí fuera.

ilustración: Merija Jansen