Los españoles tristes de Colón

Los domingos son mañanas seguidas de tardes en las que no ocurre nada. Quizás uno piensa en lo que hará durante la semana, o se pide otro vermú. Ayer, sin embargo, los verdaderos españoles se congregaron en Colón vestidos de bandera, una grande y esclava de la idea de país. Andaban desorientados, como un superhéroe que se pone la capa y olvida la máscara, llenaban las acercas con el olor del fondo del armario. A lo lejos, dos señores con sombrero de feriante y camisa de manga corta sujetaban una pancarta en la que solamente uno pedía perdón por haber votado al PSOE. El otro fumaba. Cosas así, grises a pesar del día claro.

La manifestación había empezado mal y continuó a peores. Tanto que la mayor ovación se la llevó un camión cargado con un nuevo generador que permitiera continuar con el acto. Es lo que tiene ser y parecer triste, que la energía se convierte en un bien escaso. También hubo discursos. El de un escritor que ha escrito una novela de veintitrés tomos y ochocientas páginas (cada uno), el de una política sin serotonina ni partido que increpaba al gobierno por indultar a delincuentes olvidándose de que en eso consiste, en el perdón de la pena. Casado lo intentó, pero fue interrumpido por la ultraderecha. Es lo que hay.

Sucedió así, entre recuerdos de lo que fue España y esos ciudadanos auténticos que se resisten al presente de las cosas. Si avanzaran no sabrían volver a casa o recordar la lista de los reyes visigodos. En lugar de producir desprecio por sostener esas ideas consiguieron lo impensable: que estemos dispuestos a tenderles la mano, incluso abrazarles, mirarles a los ojos y recordarles que la convivencia nada tiene que ver con los indultos o la manipulación, sino con «participar en la vida ajena y hacer participar al otro en la propia». Eran miles de personas, tantas, que parecían una sola. ¡Qué domingo más triste por Dios!

Ilustración: Francorama

Paralizados por la electricidad

Un genio dijo que «cuando te haces mayor te das cuenta de dos cosas: el queso es muy caro y todo el mundo se droga». En términos de rabiosa actualidad sustituiríamos el queso por las nuevas tarifas eléctricas y la luz se haría. Y es que, de pronto, a la psicosis de puertas para afuera se le añade la ansiedad de los tramos del día en que debemos planchar, ducharnos con agua fría o leer un libro bajo el flexo del Ikea. Éramos reyes, de nuestra casa y nuestro balcón, hasta que tuvimos que abandonar las cenas con los amigos para poner una lavadora. La libertad era eso; pasar de la discriminación horaria.

Más allá del IVA, las tasas y el precio del kilovatio en el país de las terrazas, llama la atención la cronología. Justo ahora que las cosas arrancaban e íbamos de cabeza hacia la transición verde libre de carbón, justo en la hora en que los anuncios de coches eléctricos acaparan los carteles antes destinados a los conciertos, llega un gobierno socialista y genera una ansiedad rara porque no va por dentro, sino por cable de alta tensión.

Sorprende aún más que en el bloque ruso y chino la electricidad casi se regale y aquí, con millones de personas en situación precaria tengamos la tercera tarifa más cara de Europa. Miento, no me sorprende en absoluto. Si la electricidad sirve para cambiar el estado de la materia, dar impulso a la mecánica de las puertas giratorias y los capós, acercarnos a países exóticos, ¿por qué nadie sale a su barrio a bailar y quemar contenedores? Será porque el verano llegó antes.

«Flyin’ like a bird. Like electricity. Yeah, like electricity».

Quitar o no quitar el edredón

Todos los años se repite la misma historia. El verano amaga con adelantarse unos días, a veces horas, y termina desapareciendo entre cumbres borrascosas y anticiclones. Y claro, uno que desea volver a ese tiempo comprendido entre dos siestas no tiene más remedio que comenzar por la cama y la duda: ¿quito o no quito el edredón? El problema es cuestión de estado cuando se comparte lecho. Ella tiene frío; él suda muchísimo; ella apuraría hasta mediados de agosto; él, en cambio, saca una pierna un rato, luego la otra y al final termina destapando sus vergüenzas en un mundo que ignora que hay tantos nórdicos como tortillas de patatas.

Los hay gordos, de fibra, tendentes a acumular cercos y además baratos. Compensan solamente porque te ahorras hacer la cama. Por otro lado mueres en su interior, igual que un san jacobo. En cuanto a los de plumas poco que decir: alergias y maltrato animal. Conviene recurrir al de fibra hueca de silicona, imposible de encontrar en el Ikea y, siempre según los expertos, ideal para todas las estaciones exceptuando el estío, momento propicio para sudar inmóvil. Mejor recurrir a las plumas del pecho de la oca —también maltrato, aunque no se aplastan— al de látex, al de carcasa de muelles, al que te tocó en herencia… Una movida.

Para los fanáticos de las compras un dato relevante: algunos cuestan 10.000 euros, igual que una moto pero sin la posibilidad de fardar. Si todavía seguimos indecisos por culpa de estos tiempos de confusión barométrica, resulta conveniente seguir los sabios consejos de Jósep Pla. Mayo es el mes en el que bajan las defensas, el primer zarpazo del verano con jersey de cuello alto y el momento más inoportuno para recordar un invierno que todos queremos dejar atrás sea como sea. ¿To edredón or not to edredón? Mejor la be. De nada.

Ilustración: http://www.cecile-gariepy.com

Una segunda ola de bajón

El final de septiembre siempre se nos hizo bola. Las primeras lluvias marcan el cambio de estación y las pieles, poco a poco, recuperan ese color típico de las paredes recién encaladas. Además, a casi todos nos toca regresar al trabajo —si es que alguno está empleado a estas alturas—, y los primeros grises que anticipan el invierno comienzan a formar parte de la decoración del día a día. Para rematar el cuadro, a todo lo anterior hay que añadirle una segunda ola de contagios ya prevista, aunque expulsada del subconsciente colectivo por una simple cuestión de cordura. Bueno, pues es oficial. Y además se multa en las zonas confinadas.

Lo más curioso, sin contar la previsibilidad del fracaso entre ciencia y resultados a corto plazo, resulta comprobar —o puede que sólo sea una impresión de la ignorancia— que nada ha cambiado desde marzo. Nada excepto que ahora no hay quejas por el precios de las mascarillas y que éstas se han convertido en un complemento imprescindible junto a los condones y los pañuelos pa´ las lágrimas. Así, el «todo fluye, todo está en movimiento y nada dura eternamente» suena a la parrafada de turno de un borracho bautizado Heráclito. Será por culpa de Ayuso, o de Sánchez, o de Ayuso, o yo qué sé.

Hace meses que resulta complicadísimo vivir en el presente, que el pasado es el único búnker fiable. En cuanto al futuro, se trata de una variable petrificada en algún punto entre el verano-verano de 2021 y el otoño de esta civilización moderna. Cuando llegue, si es que lo vemos, nos dejará la extraña sensación de que llegó demasiado rápido.

Ilustración: https://www.adesantis.it/

Las cosas que echamos de menos

Es extraño cómo han cambiado las cosas en el transcurso de estos meses. A finales de agosto, cuando los niveles de vitamina D exceden los niveles recomendados y tres cuartos de España se van de vacaciones después de meses de parón forzoso, la frase más extendida por terrazas, plazas y redes es «estoy hasta el coño». Y claro, uno se pregunta cómo es posible si se supone que el estío es la fecha en la que, históricamente, mejor deberíamos estar, dueños de cuerpos dorados a la sal y una mente que, por fin, vuela lejos del fútbol y los atascos. Por supuesto que hay varias razones de peso para ello, pero la raíz del mal se encuentra en la imposibilidad de compartir.

Así es como llegamos a la conclusión de que lo que más nos apetece a día de hoy, más que echar un polvo, que también, o ponernos pelo, es probar el postre del de al lado, juntar los morros propios y ajenos en una bola de helado de turrón o una garrafa de vino, que nos escupan a la cara porque estamos hablando demasiado cerca, en la oreja o el pómulo, ¡da igual!, bailar, sí, bailar, muy apretados la canción de este no verano y abrazar a gente triste, a chicos pálidos vestidos de negro, a Abascal. Incluso la imagen del turulo comunitario se percibe como un vestigio del pasado a recuperar en este presente rancio.

A pesar de los reflujos vitales, la batalla que se libra en nuestro interior nos empuja a la soledad y la misantropía. Por un lado el miedo, por otro las ganas de que esto acabe de una puta vez. En medio, el «sólo se vive una vez» percibido como una frase de gimnasio cutre con sentido. Somos huérfanos sí, aunque también más conscientes de todas las cosas pequeñas que perdimos en el camino… y que se hacen entre dos. Más ya se considera gang-bang.

Ilustración: Charles Burns

La ciudad y el mar

En el punto de intersección entre la mente y el mar hay un silencio. Al borde de la orilla, el salitre impregna los pulmones y, como si se tratara de un truco de magia, desinflama la cabeza. Es una primera toma de contacto con este verano tirando a gris aunque no llueva, mitad simulacro, mitad promesa incumplida, pero es suficiente para apaciguar a nuestros caballos salvajes, a la incertidumbre como norma, a los destellos sobre la piel de un año aciago. Los niños en la orilla apenas levantan la voz; los mayores tampoco se atreven a respirar muy alto. Así vivimos, cuando nos dejan, con el afán del día a día.

Entrar en el agua implica rememorar el bautismo del último hombre en la tierra. Hundimos primero la cabeza seguida del cuerpo y, brazada tras frenada, el resto de miembros se deslizan en ese medio acuoso con reminiscencias de madre. Entre ola y espuma nos da por imitar a los muertos, escapar cerrando los párpados, mantener a flote esta caja torácica de aire, también de algas. Así completamos agosto, un tiempo entre dos orillas: una de coral, otra de castillos de arena.

Mientras tanto, la ciudad se borra de la memoria al tiempo que otro velero decide confiar en el rumor del mar. Desierto de agua, ola de corrientes, cuna de todo lo perdido, perfume de niñez y carnes blandas. ¡Cantemos al color del Mediterraneo, entendamos que el final del mar solo hay silencio! De nosotros, de lágrimas nunca derramadas, del ansia por desaparecer en él completamente. Hay un refugio en cada gota.

Ilustración: Tanaka Kiseki

No sin mi horchata

Entre tanta disputa en torno a un rey que robó, fornicó y se fugó por España, la retirada de Iker y el advenimiento de la mayor crisis de la historia en un país de ladrillo y arena, nos hemos olvidado de la horchata. Sí, amigos, me refiero a ese brebaje de aspecto lechoso sin llegar a ser leche, un poco semen vegano que visto desde arriba recuerda al PANTONE® “Sand Dollar” —sobre todo a los pintores— y que, por una razón que no llego a comprender, sigue generando profundas divisiones en esta sociedad. De hecho, algunos preferirían beber pus antes que meter la boca en una salsa de tubérculo con la forma de un cacahuete sin pelar. De verdad que no lo entiendo…

Siempre igual. Que si tortilla de patatas con o sin cebolla, que si añades piña a la pizza y te cae una demanda de divorcio, que si sabe a tierra… Utilizando un símil futbolero, beber horchata es un sentimiento, como ser del Betis, y se parece bastante a comer prescindiendo de los dientes, precisamente porque a 40 grados no estamos para sólidos. idiotas ni gases. Después tragas y percibes algún grumo, como si el fartón estuviera incluido en el menú y a la segunda copa… ¿qué hacemos con la ropa? Pues eso.

Fresquita y en vidrio hasta la Chufi nos recuerda a los posos del amor. Incluso alguno se pone nostálgico y rememora aquellos veranos “mascarilla- free” en los que ibas a la tienda de ultramarinos —sí, esa palabra existió al igual que la felicidad plena— y volvías con un fuet y dos litros de puro veneno listo para convertir la sangre en algodón de azúcar. Gracias a los ingleses la vida es un poco más dulce, aunque la valenciana también tiene su punto. Y no lo olvidéis, «embriagaos sin cesar. De horchata, de poesía, o de virtud, como mejor os parezca».

Ilustración: Amanda Shadforth

El DJ arrepentido que escupió Jäger al público

Para aquellos que no estén al corriente de lo que acontece en el sector de la congregación de masas en época de distanciamiento decirles que sucedió el 7 de julio. Fue en Kokun Ocean Club, un “chi(c)ringuito” torremolinense donde el enjuto de la dupla “Les Castizos” roció con enjuage bucal Jägermeister a una masa exorcizada por esa mezcla de electrónica, tatuajes de Naranjito y lo que va entre sexo y rock and roll. Ahora el DJ en cuestión —su compañero no figura en las hemerotecas— se muestra arrepentido y pide disculpas por un «acto pésimo que daña la imagen del ocio nocturno y de mis compañeros». Ahora también nos toca purgar la pena. A todos.

Como siempre, la cultura, también denominada ocio al sur de los Pirineos, no solo sufre los embistes de la política, sino que se dinamita desde dentro. Así es como, después de ser testigo presencial de las medidas de higiene desplegadas por todo el país para celebrar espectáculos seguros para músicos y público, veo en este DJ las dos caras del mismo vinilo: imbécil y arrepentido; aspirante a estrella y cometa con ojos de Candy Candy.

Y yo acuso y pregunto, ¿por qué ningún responsable de la sala detuvo la actuación? ¿Son los asistentes cómplices de un comportamiento psicópata? ¿Es que 30.000 muertos solo representan una ficción perteneciente al pasado? Así pasamos este verano virus. Unos cerrando los ojos, otros remando para llegar a septiembre, todos soñando con la invención de una vacuna. Y la estupidez seguirá campando a sus anchas hasta el fin de los tiempos.

Ilustración: Mrzyk & Moriceau

Ese peligroso verano de 2020

Querido Javi:

Te escribo desde la estación más cálida de 2023, a ti, mi yo de hace tres años, y lo hago con la necesidad de contarte que, a pesar de lo que pueda parecerte ahora, ese verano en tus ojos de mar imaginado no es tan malo. Ya sabes que la distancia y su memoria ayudan a entender el paso del tiempo, colocan en su justa medida lo que el presente se encarga de borrar, pero debes saber que vives el momento más relevante de tu vida. No te rías, solo piénsalo: por primera vez no es imprescindible fingir que estás pasando las mejores vacaciones en la mejor compañía, y eso, solamente eso, es la hostia.

Lo sé, la vida a medias se parece a una película sin sonido, a una especie de simulacro repetido cada sesenta segundos y, sin embargo, piensa en las posibilidades de tu ciudad invisible, del misterio despojado de ropa, de esa playa con olor a cementera y sin Tupper®. Ni siquiera el anuncio de Estrella Damm y su mantra estival que convierte el atardecer costero en demostraciones del etalonaje más forzado te dan ganas de ir a comprarte un bañador de oferta.

De alguna manera un poco extraña piensas en la salud de los demás y transformas la conversación sobre toallas con la reponedora de ojos de piscina del Carrefour en un acontecimiento, el intercambio de miradas tibias en un viernes noche de luna llena, la belleza de una frente, dos cejas y algo de pómulo en tu próximo artículo. Aquel verano no pudiste aparcar el barco en la playa y, en cambio, sobreviviste al gris de una tierra bañada en sol. Espero poder seguir siéndole útil en el futuro. Atentamente, Javi.

Ilustración: https://www.mariasvarbova.com/

La cultura contagia cultura

Desde Atapuerca el papel de la cultura ha sido ambivalente. Por un lado resulta necesaria para sobrellevar la existencia de muchos —generalmente implicados en su mágico entramado— y, sin embargo, siempre se aparca en los programas políticos por considerarse un divertimento ligado a vidas disolutas. Ahora, además de ser la última de la fila, es señalada como foco de contagio, precisamente cuando conciertos y obras de teatro optan por echarse al aire libre, con aforos limitados y protocolos que convierten la escena en áreas de acceso restringido y una promesa de vida potable.

A pesar de todos los esfuerzos del sector por hacerlo no solo bien sino mejor, otros se niegan a aceptar la evidencia de que es en los campos intensivos en mano de obra y las discotecas extensivas en alcohol donde los focos proliferan. En los primeros porque miran de reojo a la ciudad a la que abastecen; en los segundos porque con el pedo la máscara es un estorbo, como el condón y la responsabilidad.

Aceptemos que la cultura cuenta poco, nada o apenas renta, que jamás estará a la altura de aerolíneas y azafatas, que los toreros justifican la barbarie usurpando su nombre, que acota la memoria de un pueblo amnésico perdido, que es humilde y una suerte de belleza efímera, y su única forma de contagio a día de hoy es el miedo a desaparecer. Pueden quitarnos la vida y el arte, ¡pero jamás nos quitarán la playa y sus terrazas!

Ilustración: https://loladein.tumblr.com/