El final del verano

Los peores crímenes se cometen en verano

El campo grita y los animales huyen en círculo

Mientras tanto, los hombres desean frenar las horas y la culpa

Regresar al bañador y los misterios del cuerpo desvelado

Beber de espaldas a un sol que enjuaga los perfiles de la carne

En verano, las banderas son de humo

El agua, sal de un espejo en el que hundirse

Las piscinas cielos de vaso de agua

Y una cigarra anticipa el principio de la noche tibia

Resulta que podemos navegar el cielo

Abonar el sonido de los pies sobre la arena

Y así pasar las tardes, como se va el calor

De pronto, la ruina del descanso consiste en regresar a los afanes

volver a ser queriendo estar en otra parte

En el verano, en las luces del solsticio siendo enero

Agosto, como el mar, nunca se acaba

Ni en septiembre, ni en la memoria de los días cortos

Ilustración: http://www.emilianoponzi.com

El miedo al avión

Entre tanta fotografía de playa con atardecer, furgoneta ‘camperizada’ carísima y la constante sensación de que aquí de que lo que se trata es de desvelar el verano —de lo contrario no existe—, a nadie se le ha pasado por la cabeza hablar del desplazamiento. Puede ser con gente rara y en coche, autobús de línea o Vespa…, da igual. Nada comparable al viaje en avión de hélices, de esos con dos filas de asientos-roca y azafatas que flotan por encima de un pasaje de clase media. Porque en ese punto comprendido entre las nubes de tormenta y la tierra vista desde muy arriba tiene lugar el peor de los terrores, uno invisible, inodoro y con el poder de sacudirnos como si fuéramos un origami del chino. Sí, amigos, las putas turbulencias.

Y da igual que se trate del medio de transporte más seguro (Javier, piénsalo: cada día mueren cientos de abuelas atropelladas por un patinete), que el capitán agradezca nuestra confianza en inglés de Parla (¡Dios mío, ¡cómo se mueve esto!) o que la estabilidad positiva permita a los aviones regresar por sí solos a su posición inicial después de un meneo (eso tiene que ser mentira, seguro; igual que el coronavirus). ¿Quién es el gilipollas que incluye viajar entre sus grandes pasiones? Yo me tiro en el despegue.

Cierto; se trata de un miedo irracional. Sin embargo, poco tiene que ver con la oscuridad, las arañas o un pitbull sin bozal amarrado a un quinqui, canguelos inscritos en nuestro ADN desde tiempos en los que volar era una actividad exclusiva del pteranodon y algún pájaro carnívoro. Dicen que puede superarse con sesiones y Orfidal con rioja. No me lo creo. Sobre todo cuando los pilotos también lo sienten en cabina. La clave, al parecer, consiste en guardárselo muy dentro y pensar en qué haría Buddy Holly en estos casos. Al menos él ya lo superó hace tiempo.

Ilustración: http://www.bannaitaku.jp

Talibanes, es peor de lo que pensábamos

Como siempre el humor viene en nuestra ayuda, fleta un avión lleno de tíos y nos pone delante de un espejo. La imagen que proyecta duele, hace añicos todos los valores de un Occidente supuestamente cívico, demócrata, ejemplo de convivencia para el resto del mundo a oscuras. La realidad supera a esta ficción de muchos consolidada por los medios y rentabilizada por jeques, deportistas y señores de la guerra. Así, Qatar, principal apoyo del gobierno talibán, despliega su particular burka por los campos de fútbol europeos ante la mirada incómoda de presidentes en traje y sandalias. El cinismo reina a sus anchas, en Afganistán y Francia, en Kabul y Navalacruz. Y la cosa no deja de empeorar ante la avalancha de manifestaciones en favor de esas mujeres entre la sharia y la navaja, como si colgar fotos o proclamas fuera a acelerar su desalojo.

Sí, quedarse de brazos cruzados parece la peor opción en estos casos, aunque manifestarse un día en redes tenga el mismo efecto. La conciencia se despierta cada día, en la paz y en la guerra, y eso a Europa le interesa más bien poco. De ahí el fútbol convertido en dogma, el yate de C. Tangana como ejemplo de empoderamiento y la falsedad más descarada. Será porque los líderes de los países libres también esconden su verdadera cara bajo una máscara que les cubre hasta los pies. ¡Vayamos todos a comprar la nueva camiseta de Messi para curar las penas!

Cierto, es peor de lo que pensábamos. Sobre todo cuando nos paramos a pensar, justo lo contrario de la fe y la creencia. Esperaremos al fin de las vacaciones para que las cosas se calmen y volvamos a la rueda de lunes a viernes. Algo estamos haciendo mal. Debe de ser el calor y la falta de hidratación. Acojona darse cuenta de que «en tiempos de hipocresía cualquier acto de sinceridad se viste de cinismo». Chico, ponme otra.

Ilustración: http://www.charliehebdo.fr

Ávila no existe, arde

Ávila no existe y por esa razón arde. Incógnita es el misterio de las llamas. La chispa se inicia en el motor de un coche y Navalacruz Cepeda de la Mora brillan en el mapa del humo y la pérdida. «Así se consumen los veranos», dice un tonto; «papá, ¿sabes que han atropellado a un bombero, eh?», afirma el niño invisible mientras el padre graba una muralla púrpura y densa que cerca la ciudad amurallada. En la capital la vida continúa en las bombillas de los coches y las farolas, estrellas frente a un paisaje de perfil inalterable. Cambia el color y la vida de aquellos que hacen del campo su lumbre, su pan, su sueño.

El delegado de la Junta pide comprensión. Los vecinos de Sotalbo, Palacio, Villaviciosa Robledillo —los nombres proliferan a la misma velocidad que el fuego mata— regresan a sus casas a por pan y azadas, organizan la ayuda entre la angustia. Hombres sin hambre; mujeres sin nombre. Y las noticias prefieren mirar hacia otro lado, lejos del ganado convertido en ceniza, a años luz de un bañista que se sumerge en el Mediterráneo. Extraño observar la infancia quemada, imposible describir el daño. «Historia, escoria» escribía Ángel.

En días así, la puesta de sol imita a una bola de fuego y la huella del incendio continua ardiendo después de su extinción. Porque hay un antes y un después de la quema, una toma de conciencia de lo que una vez fue, tuvimos, disfrutamos que ahora es nada. Decir que estamos con Ávila suena raro. Sin embargo, reconforta creerlo. Incluso un lugar que no existe puede convertirse en el centro del mundo, al menos el tiempo necesario para apagar el fuego con agua, tal vez con lágrimas.

Ilustración: “Número 14” Mark Rothko

Que no te cuenten el verano

Siempre queremos escuchar historias. Aquella del viejo, el barco y el viento; esas de tesoros con calaveras de recuerdo; también la de Amelia o Alfonsina, aventureras entre la línea que forman el cielo y el mar, es decir, en la leyenda de las pequeñas cosas. Sin embargo, nadie quiere que le cuenten el verano porque hacerlo sólo significa una cosa: trabajar mientras los demás sestean, siguen el rastro de peces de colores o capturan en una imagen el movimiento de la tierra alrededor de un sol naranja, estrella cíclica. Así somos, contradictorios y al mismo tiempo parte indivisible de un todo del que renegamos como de la sed frente al océano.

El sol brilla, sopla la brisa que recorre cada recoveco de roca y por lo tanto de piel. En cuanto a las horas… se cuentan por madejas, baños y también crema solar. Será la carne, las ganas de mirar y ser mirados mientras los torpes cuentan los días que quedan para el otoño. ¿Y qué decir del sueño a la vuelta de la playa en la parte de atrás del coche? Suena alguna de Bob Marley, o Joni Mitchell, da un poco lo mismo. En eso consistía la vida, en vivir con los párpados envueltos en sal.

Pensándolo con detenimiento, un año sin su estación más templada equivaldría a la incapacidad de inventar futuros, los mismos contra los que hay que rebelarse si todavía queda margen para alcanzar la orilla. Nadie puede perfeccionar un baño con un amigo o el ascenso de las burbujas hacia la superficie, de la misma manera con que la luz se moja y la arena arde hasta convertirse en polvo, en lo invisible siempre presente. Eso somos, restos de un naufragio salvados por las olas.

Ilustración: http://www.giselledekel.com

Los cajeros no son para el verano

El futuro era esto. Llega agosto y hay que sacar dinero para comprar yogures griegos y porros. Si eres de los que todavía resisten en la ciudad, lo tienes más o menos fácil… en el caso de necesitar cantidades tipo Bizum. De lo contrario, puedes intentarlo en una de las pocas sucursales abiertas que mantienen en plantilla a una becaria llamada Laura y a una jefa detrás de una mampara opaca. Se la intuye, pero su mente bucea en alguna playa de Mallorca. En cuanto a los residentes de los pueblos, la cosa adquiere tintes de drama. Hay ahorros en la cuenta, tiempo para gastar y, sin embargo, los billetes permanecen a buen recaudo en el ordenador del banco hasta septiembre, ¡inaccesibles ceros y unos! El futuro es, en el campo y la urbe, un timo.

Pocas fotos se ven de la gente mayor haciendo cola junto a los inmigrantes. En lugar de un letrero de Primark sobre el dintel de la entrada pone La Caixa, BBVA, Bankia y Banco Santander, nombres exóticos con dividendos históricos cuyo ritmo viene impuesto por la innovación. «Hecho el ordenador, echamos al trabajador», lo que implica también eliminar de los planes de dominio mundial a todos los que perdieron la oportunidad de nacer en el interior de un iPad: ancianos, parados sin conexión a Internet y trabajadores nocturnos. Ahí están, ajustándose al horario de caja de 08:30 a 11:00. Más tarde, sólo una respuesta entre el hartazgo y la impotencia: «vuelva usted mañana o utilice el cajero, señora».

Antes, en tiempos del paraíso perdido, los bancos parecían encantados de joderte. Sus trabajadores te miraban con ojos de piscina, te prestaban dinero en caso de poder demostrar que no lo necesitabas e incluso se levantaban para despedirte con la mano formando un número de cinco cifras. Ahora que hace calor y una parte de la población amanece permanentemente asfixiada prescinden de representación humana. No podemos vivir sin bancos; tratar con ellos se parece mucho a malvivir lejos del mar.

Ilustración: Uchida Masayasu

Los papeles de Antonio López

Hace dos días, toda una eternidad en Twitter, una pareja de policías le pidió los papeles a Antonio López en la Puerta del Sol. El artista, con su gorra desteñida y los colores de Madrid en el lienzo, no tuvo más remedio que cumplir con la normativa urbana: «si usted quiere pintar con caballete en la calle tiene que pagar la tasa municipal y esperar la concesión del permiso». Después llegaron los comentarios sobre la incultura de los agentes, quedándose en el tintero la cuestión fundamental. Y es que la capital ha sustituido a sus vecinos por consumidores, la calle ha dejado de ser aquel espacio de encuentro y cruising para abrazar el corporativismo de las marcas. Es más, si esta ciudad fue siempre su gente, ahora el valor se concentra en sus carteras.

Solo hace falta darse una vuelta y observar la ausencia de coleccionistas, afiladores y música bajita. Por supuesto, los pintores se han borrado y ante la invasión del calor conviene refugiarse en la asistencia primaria, ahora desbordada por el libertinaje entre los más jóvenes, precisamente los herederos de las aceras que desembocan en terrazas y las fachadas con anuncios de cuerpos inalcanzables. De leds, claro.

No se trata de mirar a Madrid con nostalgia, sino de advertir que los parques se han vaciado al ritmo de los pueblos, los columpios chirrían lo justo desde la llegada del iPad y el carril bici lo ocupan tíos que corren en dirección contraria. Eso sí, las musculocas de la calistenia nos suben las endorfinas y el cartón se acumula como los perretes de las cunetas. Sorprende que seamos tan libres y los pintores tengan que pasar por caja. Será porque olvidamos que los cuadros se pintan contra el enemigo; las paredes, en cambio, se decoran siempre con ideas.

Ilustración: Antonio López

Los españoles tristes de Colón

Los domingos son mañanas seguidas de tardes en las que no ocurre nada. Quizás uno piensa en lo que hará durante la semana, o se pide otro vermú. Ayer, sin embargo, los verdaderos españoles se congregaron en Colón vestidos de bandera, una grande y esclava de la idea de país. Andaban desorientados, como un superhéroe que se pone la capa y olvida la máscara, llenaban las acercas con el olor del fondo del armario. A lo lejos, dos señores con sombrero de feriante y camisa de manga corta sujetaban una pancarta en la que solamente uno pedía perdón por haber votado al PSOE. El otro fumaba. Cosas así, grises a pesar del día claro.

La manifestación había empezado mal y continuó a peores. Tanto que la mayor ovación se la llevó un camión cargado con un nuevo generador que permitiera continuar con el acto. Es lo que tiene ser y parecer triste, que la energía se convierte en un bien escaso. También hubo discursos. El de un escritor que ha escrito una novela de veintitrés tomos y ochocientas páginas (cada uno), el de una política sin serotonina ni partido que increpaba al gobierno por indultar a delincuentes olvidándose de que en eso consiste, en el perdón de la pena. Casado lo intentó, pero fue interrumpido por la ultraderecha. Es lo que hay.

Sucedió así, entre recuerdos de lo que fue España y esos ciudadanos auténticos que se resisten al presente de las cosas. Si avanzaran no sabrían volver a casa o recordar la lista de los reyes visigodos. En lugar de producir desprecio por sostener esas ideas consiguieron lo impensable: que estemos dispuestos a tenderles la mano, incluso abrazarles, mirarles a los ojos y recordarles que la convivencia nada tiene que ver con los indultos o la manipulación, sino con «participar en la vida ajena y hacer participar al otro en la propia». Eran miles de personas, tantas, que parecían una sola. ¡Qué domingo más triste por Dios!

Ilustración: Francorama

Paralizados por la electricidad

Un genio dijo que «cuando te haces mayor te das cuenta de dos cosas: el queso es muy caro y todo el mundo se droga». En términos de rabiosa actualidad sustituiríamos el queso por las nuevas tarifas eléctricas y la luz se haría. Y es que, de pronto, a la psicosis de puertas para afuera se le añade la ansiedad de los tramos del día en que debemos planchar, ducharnos con agua fría o leer un libro bajo el flexo del Ikea. Éramos reyes, de nuestra casa y nuestro balcón, hasta que tuvimos que abandonar las cenas con los amigos para poner una lavadora. La libertad era eso; pasar de la discriminación horaria.

Más allá del IVA, las tasas y el precio del kilovatio en el país de las terrazas, llama la atención la cronología. Justo ahora que las cosas arrancaban e íbamos de cabeza hacia la transición verde libre de carbón, justo en la hora en que los anuncios de coches eléctricos acaparan los carteles antes destinados a los conciertos, llega un gobierno socialista y genera una ansiedad rara porque no va por dentro, sino por cable de alta tensión.

Sorprende aún más que en el bloque ruso y chino la electricidad casi se regale y aquí, con millones de personas en situación precaria tengamos la tercera tarifa más cara de Europa. Miento, no me sorprende en absoluto. Si la electricidad sirve para cambiar el estado de la materia, dar impulso a la mecánica de las puertas giratorias y los capós, acercarnos a países exóticos, ¿por qué nadie sale a su barrio a bailar y quemar contenedores? Será porque el verano llegó antes.

«Flyin’ like a bird. Like electricity. Yeah, like electricity».

Quitar o no quitar el edredón

Todos los años se repite la misma historia. El verano amaga con adelantarse unos días, a veces horas, y termina desapareciendo entre cumbres borrascosas y anticiclones. Y claro, uno que desea volver a ese tiempo comprendido entre dos siestas no tiene más remedio que comenzar por la cama y la duda: ¿quito o no quito el edredón? El problema es cuestión de estado cuando se comparte lecho. Ella tiene frío; él suda muchísimo; ella apuraría hasta mediados de agosto; él, en cambio, saca una pierna un rato, luego la otra y al final termina destapando sus vergüenzas en un mundo que ignora que hay tantos nórdicos como tortillas de patatas.

Los hay gordos, de fibra, tendentes a acumular cercos y además baratos. Compensan solamente porque te ahorras hacer la cama. Por otro lado mueres en su interior, igual que un san jacobo. En cuanto a los de plumas poco que decir: alergias y maltrato animal. Conviene recurrir al de fibra hueca de silicona, imposible de encontrar en el Ikea y, siempre según los expertos, ideal para todas las estaciones exceptuando el estío, momento propicio para sudar inmóvil. Mejor recurrir a las plumas del pecho de la oca —también maltrato, aunque no se aplastan— al de látex, al de carcasa de muelles, al que te tocó en herencia… Una movida.

Para los fanáticos de las compras un dato relevante: algunos cuestan 10.000 euros, igual que una moto pero sin la posibilidad de fardar. Si todavía seguimos indecisos por culpa de estos tiempos de confusión barométrica, resulta conveniente seguir los sabios consejos de Jósep Pla. Mayo es el mes en el que bajan las defensas, el primer zarpazo del verano con jersey de cuello alto y el momento más inoportuno para recordar un invierno que todos queremos dejar atrás sea como sea. ¿To edredón or not to edredón? Mejor la be. De nada.

Ilustración: http://www.cecile-gariepy.com