No sin mi horchata

Entre tanta disputa en torno a un rey que robó, fornicó y se fugó por España, la retirada de Iker y el advenimiento de la mayor crisis de la historia en un país de ladrillo y arena, nos hemos olvidado de la horchata. Sí, amigos, me refiero a ese brebaje de aspecto lechoso sin llegar a ser leche, un poco semen vegano que visto desde arriba recuerda al PANTONE® “Sand Dollar” —sobre todo a los pintores— y que, por una razón que no llego a comprender, sigue generando profundas divisiones en esta sociedad. De hecho, algunos preferirían beber pus antes que meter la boca en una salsa de tubérculo con la forma de un cacahuete sin pelar. De verdad que no lo entiendo…

Siempre igual. Que si tortilla de patatas con o sin cebolla, que si añades piña a la pizza y te cae una demanda de divorcio, que si sabe a tierra… Utilizando un símil futbolero, beber horchata es un sentimiento, como ser del Betis, y se parece bastante a comer prescindiendo de los dientes, precisamente porque a 40 grados no estamos para sólidos. idiotas ni gases. Después tragas y percibes algún grumo, como si el fartón estuviera incluido en el menú y a la segunda copa… ¿qué hacemos con la ropa? Pues eso.

Fresquita y en vidrio hasta la Chufi nos recuerda a los posos del amor. Incluso alguno se pone nostálgico y rememora aquellos veranos “mascarilla- free” en los que ibas a la tienda de ultramarinos —sí, esa palabra existió al igual que la felicidad plena— y volvías con un fuet y dos litros de puro veneno listo para convertir la sangre en algodón de azúcar. Gracias a los ingleses la vida es un poco más dulce, aunque la valenciana también tiene su punto. Y no lo olvidéis, «embriagaos sin cesar. De horchata, de poesía, o de virtud, como mejor os parezca».

Ilustración: Amanda Shadforth

El DJ arrepentido que escupió Jäger al público

Para aquellos que no estén al corriente de lo que acontece en el sector de la congregación de masas en época de distanciamiento decirles que sucedió el 7 de julio. Fue en Kokun Ocean Club, un “chi(c)ringuito” torremolinense donde el enjuto de la dupla “Les Castizos” roció con enjuage bucal Jägermeister a una masa exorcizada por esa mezcla de electrónica, tatuajes de Naranjito y lo que va entre sexo y rock and roll. Ahora el DJ en cuestión —su compañero no figura en las hemerotecas— se muestra arrepentido y pide disculpas por un «acto pésimo que daña la imagen del ocio nocturno y de mis compañeros». Ahora también nos toca purgar la pena. A todos.

Como siempre, la cultura, también denominada ocio al sur de los Pirineos, no solo sufre los embistes de la política, sino que se dinamita desde dentro. Así es como, después de ser testigo presencial de las medidas de higiene desplegadas por todo el país para celebrar espectáculos seguros para músicos y público, veo en este DJ las dos caras del mismo vinilo: imbécil y arrepentido; aspirante a estrella y cometa con ojos de Candy Candy.

Y yo acuso y pregunto, ¿por qué ningún responsable de la sala detuvo la actuación? ¿Son los asistentes cómplices de un comportamiento psicópata? ¿Es que 30.000 muertos solo representan una ficción perteneciente al pasado? Así pasamos este verano virus. Unos cerrando los ojos, otros remando para llegar a septiembre, todos soñando con la invención de una vacuna. Y la estupidez seguirá campando a sus anchas hasta el fin de los tiempos.

Ilustración: Mrzyk & Moriceau

Ese peligroso verano de 2020

Querido Javi:

Te escribo desde la estación más cálida de 2023, a ti, mi yo de hace tres años, y lo hago con la necesidad de contarte que, a pesar de lo que pueda parecerte ahora, ese verano en tus ojos de mar imaginado no es tan malo. Ya sabes que la distancia y su memoria ayudan a entender el paso del tiempo, colocan en su justa medida lo que el presente se encarga de borrar, pero debes saber que vives el momento más relevante de tu vida. No te rías, solo piénsalo: por primera vez no es imprescindible fingir que estás pasando las mejores vacaciones en la mejor compañía, y eso, solamente eso, es la hostia.

Lo sé, la vida a medias se parece a una película sin sonido, a una especie de simulacro repetido cada sesenta segundos y, sin embargo, piensa en las posibilidades de tu ciudad invisible, del misterio despojado de ropa, de esa playa con olor a cementera y sin Tupper®. Ni siquiera el anuncio de Estrella Damm y su mantra estival que convierte el atardecer costero en demostraciones del etalonaje más forzado te dan ganas de ir a comprarte un bañador de oferta.

De alguna manera un poco extraña piensas en la salud de los demás y transformas la conversación sobre toallas con la reponedora de ojos de piscina del Carrefour en un acontecimiento, el intercambio de miradas tibias en un viernes noche de luna llena, la belleza de una frente, dos cejas y algo de pómulo en tu próximo artículo. Aquel verano no pudiste aparcar el barco en la playa y, en cambio, sobreviviste al gris de una tierra bañada en sol. Espero poder seguir siéndole útil en el futuro. Atentamente, Javi.

Ilustración: https://www.mariasvarbova.com/

La cultura contagia cultura

Desde Atapuerca el papel de la cultura ha sido ambivalente. Por un lado resulta necesaria para sobrellevar la existencia de muchos —generalmente implicados en su mágico entramado— y, sin embargo, siempre se aparca en los programas políticos por considerarse un divertimento ligado a vidas disolutas. Ahora, además de ser la última de la fila, es señalada como foco de contagio, precisamente cuando conciertos y obras de teatro optan por echarse al aire libre, con aforos limitados y protocolos que convierten la escena en áreas de acceso restringido y una promesa de vida potable.

A pesar de todos los esfuerzos del sector por hacerlo no solo bien sino mejor, otros se niegan a aceptar la evidencia de que es en los campos intensivos en mano de obra y las discotecas extensivas en alcohol donde los focos proliferan. En los primeros porque miran de reojo a la ciudad a la que abastecen; en los segundos porque con el pedo la máscara es un estorbo, como el condón y la responsabilidad.

Aceptemos que la cultura cuenta poco, nada o apenas renta, que jamás estará a la altura de aerolíneas y azafatas, que los toreros justifican la barbarie usurpando su nombre, que acota la memoria de un pueblo amnésico perdido, que es humilde y una suerte de belleza efímera, y su única forma de contagio a día de hoy es el miedo a desaparecer. Pueden quitarnos la vida y el arte, ¡pero jamás nos quitarán la playa y sus terrazas!

Ilustración: https://loladein.tumblr.com/

Un verano sin canción del verano

El calor dejó de ser un recuerdo crónico, la ropa es un estorbo, cuesta dormir por las noches… Con estos síntomas nos preparamos para una temporada estival cargada de desagradables sorpresas, precisamente porque agosto se inventó para parar y casi todos estamos parados desde marzo. A pesar de esta postal desoladora, no todo son malas noticias y por fin, como si se tratara de una alucinación, hacemos frente al primer verano desde los años sesenta despojado de su canción de marras. Y eso es maravilloso.

Eliminada la masa, la radio fórmula desaparece y sin ella “Maria Isabel y “Eva María” comprueban que la playa está desierta y los niños escriben sobre la arena con el iPad; el “rock and roll en la plaza del pueblo” se pospone hasta el 2021 y la “barbacoa” del “chiringuito” ondea a media asta, un poco como el fútbol de los vítores enlatados, el “aserejé” sin baile ad hoc y escuchar el “Ai se eu te pego” en el interior de un coche con tu suegra y las ventanillas subidas.

Cuesta creerlo, pero quizás la verdadera canción del verano es la que resuena al apagar la luz. Así es como al echar la vista atrás —siempre es más fácil que pulsar avance rápido en tiempos de pandemia— la música se convierte en el acompañamiento de lo que más valoramos: la vida tal y como la conocimos, esa dimensión en la que era posible compartir una Mahou cuando caía el sol. Ahora Georgie Dann ha enmudecido. ¿Dónde está la toalla para secarse las lágrimas? De nosotros depende que sean de alegría o tristeza.

Ilustración: http://www.fubiz.net/

Sonríe, terminaron las vacaciones

Y de pronto, Madrid ya no es el sueño húmedo del verano. Su gente deja atrás el mar arrastrando consigo un ruido propio, el de los cafés a la carrera y la frecuencia circular de los trenes; las pieles, cuidadosamente bronceadas durante semanas, pierden su lustre, única coartada de un entretiempo que, año tras año, parece más corto, como si la velocidad de rotación de la tierra se incrementara con cada vuelta alrededor del sol.

Porque septiembre tiene el calor de aquello que se acaba, la forma de un examen y cientos de mails sin leer, con sus días más cortos y sus noches de luna eléctrica repletas de buques sin gente y playas en la memoria, quizás París en otoño y “New York avec toi“… y entre medias algunos ya piensan en el año que viene.

Pero no todo es nostalgia en el noveno mes, el séptimo para los romanos, el primero para los judíos. Los pantalones cortos y las chanclas se guardan en el último cajón; se marchan los ingleses y su lugar es ocupado por ramos de petunias, violetas y un par de gardenias en el ojal; las vírgenes suicidas se cruzan con los hábitos de las monjas, y los actores preparan las funciones de la próxima obra, de la siguiente gira, de una posible tormenta.

Suena la canción de Sinatra al ritmo de “September of my years”, el mismo de una muchedumbre ebria de pan y circo que celebra un gol en el Bernabéu, pero también en las barras de los bares, encrucijadas de estudiantes perpetuos y veganos, de youtubers y aficionados a los deportes de invierno.

Ahora montar en bici es más peligroso que nunca y la lluvia amenaza con llenar los pantanos, sedientos después de un verano que se apaga, precisamente porque queremos que arda con nosotros dentro. Sonríe; terminaron las vacaciones… pero estás vivo.