La tercera foto del Tinder

Tinder es un escaparate de gente sola. Perdón, de gente solitaria rodeada de más gente o al menos con un fotógrafo a mano. Todo lo demás son copas de vino con dos hielos, el sol entre los índices y los pulgares formando un corazón, campos de lavanda (tiene que ser siempre el mismo), espejos más o menos limpios, tortícolis y un halo de tristeza que se rompe cuando no tenemos wifi. Tiene que haber amor, pero no sale en pantalla. Pero lo más importante, lo que vincula a este lugar con la vida en su manifestación más fieramente humana es la tercera foto. Una, dos y se jodió la magia.

En la primera foto no nos reconocen ni nuestras hermanas; en la segunda dejamos de sentir presión, debemos pensar que si alguien nos va a querer bien se fijará en el interior o en la descripción que acompaña el perfil de cada usuario. Ahí la altura es importante. Todo va como la seda. Esa persona que buscábamos tiene cara, un cuerpo majo, escala y escruta un horizonte con espacio para dos. Deslizamos hacia la derecha, otra vez, y la tercera foto es la cola de un salmón abofeteándonos con rabia. Estuvimos tan cerca…

Sucede lo mismo en una relación de carne y gastos. La pareja se encuentra por primera vez, el ruido se apaga alrededor. Comienza el movimiento, la euforia, todo huele bien. Los enamorados quieren saberlo todo el uno del otro, incluso lo que comen. Después follan encima de la mesa. Pasa el tiempo. Mañanas sin peinar ni maquillarse, la puerta del baño está abierta, los grandes defectos arrinconan las pequeñas virtudes. ¡Zas!, la tercera foto. El amor existe, si es Amor Amor nunca se muere. Las desilusiones, a veces, nos hacen más fuertes, también nos dejan solos. Si quieres amar en Tinder comienza por la tercera foto. El desencanto conduce siempre a la verdad. Y vuelas.

Ilustración: Rutu Modan

No me mientas, por favor

«Solo te pido que no me mientas». Y es que la mentira es el mayor temor humano. Luego vienen la muerte y la declaración de la renta, la ansiedad y las tardes de domingo, otros inviernos. Pero ella gana porque implica una forma de fe en el otro más poderosa que una oración. Tantas vidas construidas sobre una mentira, tantas ruinas… de ahí que solo aquellos con buena memoria sean buenos mentirosos. En el fondo, todo el mundo miente, peor o por deporte. A veces para evitar la sangre, otras para ocultar una verdad cruel. Tenedlo en cuenta antes de mentir; «de una bola nunca se vuelve». Siempre con la mentira por delante.

«Vamos a contar mentiras». Sale una media de veinte al día. Mentir a todos a todas horas: sobre ese libro que nunca leímos, con las cervezas y el gimnasio. También cuando decimos te quiero y no queremos, cuando ya te llamarán, cuando llamamos al trabajo enfermos por culpa del alcohol. Mentimos a nuestros padres, a nuestros hijos, a nuestros vecinos, a nuestro perro y a la planta que miente de noche bajo la ventana. Y lo peor es que no paramos de mentirnos a nosotros mismos. Será porque queremos parecer mejores.

«El arte de vivir es el arte de saber creer en las mentiras». No somos mentirosos por naturaleza, lo somos por supervivencia. La mentira como talento, la mentira como bálsamo. Encontramos la felicidad en actuaciones y ardides sabiendo que la verdad no le interesa a nadie, aunque nos la reclamen cada día. La mentira nos hará libres siendo presos, la verdad nos dejará solos. La diferencia entre una y otra es que la primera duele muchas veces poco hasta que al final nos pudre. La segunda viene con un gran disgusto. Después paz y silencio. Si tengo que elegir elijo la bondad. Por eso miento.

Ilustración: Andrea Ucini

Pulsad Escape + Virus

Haced la prueba. Deteneos un segundo, tal vez diez. Olvidad el virus y la furia, el exceso de velocidad de un mundo en el que la urgencia se impone como única alternativa a los pulmones, precisamente porque el futuro —si es que esa palabra y sus variables perfecto e imperfecto no perdieron parte del significado atesorado hace unas horas— nunca existió en el ahora, porque de nada sirve anticipar el tiempo si el presente es un ramo de flores marchitas y nervios, de anhelos, miedo y contratos.

Cerrad vuestros oídos, domad el aliento, abrid el alma izquierda, olvidaos del espejo, la máquina y el neón porque ahí, tan lejos y tan cerca de las orillas de un cuerpo tan frágil, se encuentra la vida y su millón de estrellas, la luz que al iluminar prescinde del reflejo cegador, un instrumento convertido en carne y fascia, la luna en nardo creciente, el sol en narciso y gladiolo, el único colchón que es hierba, intransferible porque es tuyo y lleva tu nombre de agua.

Entrad. Huid del conformismo y la gripe. No + nos + aceptemos, ni adquiramos las ofertas al ritmo del tambor de guerra. Respirad. Otra vez más. ¿Lo veis? Está todo bien. No es tan difícil. Despejada la niebla el día se hace latido, la piel recupera el surco, la música resuena al otro lado y nosotros, solos alrededor de un esqueleto-perla, entendemos que vivir es nacer a cada instante. Entrad. El resto es miedo en descomposición.

La mentira y Dani Martín

Aunque a veces se nos olvide, son las historias las que mantienen nuestro interés por esa cosa llamada, vida, existencia o desperdicio. En su ausencia, los hombres de las cavernas habrían sido incapaces de sobrevivir a las embestidas de los tigres de dientes de sable, y a un tal Mozart no se le hubiera ocurrido musicar las rutinas del Don Juán —follador osado y muy dado al ¡qué largo me lo fiáis!— en su bufo «Don Giovanni«. Sin algo que contar el mundo no sería más que un hueco, una pausa entre dos siestas.

Ahora, con las «fake news» desbordándose por el borde del móvil e influyendo en el proceso democrático hasta niveles dignos del Joker transmutado en víctima, la fuerza de la narrativa se impone a los hechos, como si de alguna manera, en esa búsqueda de una verdad esquiva, la creencia en los mitos y las leyendas urbanas fuera la opción más fácil ante el exceso de información. Porque, ¿para qué molestarse en comprobar lo sucedido si es más fácil aceptar una mentira fabricada globalmente? ¿Quién quiere «comprar» certidumbre cuando el escepticismo se comparte con un simple clic?

Precisamente, Dani Martín —uno de los pocos cantantes patrios desprovistos de careta— habla de estas y otras cuestiones en su nueva canción, subproducto musical con un ciclo vital similar al de los bulos: aborta-nace, se repite y se repetirá una y mil veces, evoluciona adaptándose a su contexto social y, a diferencia de los rumores veraces que nunca protagonizan segundas partes, volverá abruptamente a todos los banners y cadenas en la fecha prevista para el lanzamiento del disco-embuste. Así se manufactura el consenso, así se propaga el miedo. Piénsalo, «pero que nadie se entere».