Cuidar como forma de querer

Todos somos personas dependientes. Caemos en la cuenta el día en que alguien se pone malo. Los días dejan de ser una sucesión de entregas, el ruido se diluye, la noche como fosa. Queda un cuerpo boca arriba, quizás en un sillón, unas zapatillas de andar por casa a los pies de la cama. Si no sabemos cuidar de nosotros mismos, ¿cómo cuidar de los demás? Esa fue la pregunta que me hice hace años. La respuesta la tenía madre. Se limitó a estar, un verbo inabarcable junto a padre. Después de un tiempo muerto lleno de vida, madre ha vuelto para entregarse a otra tarea. Amarás a tu padre y a tu madre, sí, pero también a tus hermanas, a tus amigos, a todo aquello que conserve un hálito de vida.

Al cuidar a alguien nos preocupamos de lo que no existe, también del pastillero, del mullido de la almohada, de la temperatura del agua y de mirar por la ventana. Solamente lo pequeño cuenta, los gestos grandilocuentes estorban. Nada es costumbre, precisamente porque todos los días se parecen. Un poste, un poste, un poste, un yogur. Si el paso del tiempo traía un ritmo, ahora el cuidador se adapta al movimiento del enfermo, la cadencia del mundo se mide por las horas de sueño y la necesidad de volver a abrir los ojos y mirarse. Sí, volver a mirarse.

Desde el verano hablo menos con madre. No es un reproche. Ella está donde quiere estar, un lugar al que nadie quiere ir. Su voz suena cansada, un hilo dentro del móvil. Madre tiene dos manos. Una para dar de comer. La otra para ayudar sin pedir nada. Las mías están sobre un teclado. El amor es generosidad. Implica renunciar a lo que nos apetece y abrazar el tiempo y el espacio de otros que nos necesitan. La generosidad implica dar en el momento oportuno. Y el amor tiene que ver con una madre.

Ilustración: Vivian Greven

Un bebé

Un bebé representaba todas las posibilidades de futuro de los padres. Hasta su grito, el tiempo estaba fragmentado: ocho horas de trabajo, unas cervezas, el fin de semana en casa de los suegros. Ahora, aquí, los padres experimentan un continuum sin después, un presente de pecho, leche, contacto y piel rosada. «Mira, ha abierto los ojos». Entonces, el tiempo del bebé es el nuevo tiempo de los padres, de los amigos que traen flores, de Madrid convertido en una cuna. Tanto poder en un ser tan indefenso, una garantía de que no todo está perdido. Vendrá el insomnio, el problema de crecer. Será después. Un bebé representa todas las posibilidades del presente.

Cincuenta centímetros y cuatro kilos de peso con la capacidad de romper cualquier mandíbula. Los mayores, con hijos o sin ellos, se detienen alrededor de este planeta nuevo y sonríen, hablan en voz baja, comentan el tamaño de las manos, se detienen a observar algo perfecto. Una cabeza haciéndose, un cuerpo y unos pies envueltos en un hatillo azul. Nada extraordinario, otro milagro y una baja de maternidad. Quizás sean necesarios muchos más bebés para detener la sinrazón del día a día, la falta de frenos.

Al bebé le compré una maceta con un lirio. Nunca llegará a verlo porque las flores duran poco y un bebé tiene toda una vida dentro, un puesto de trabajo asegurado y un corazón como el hueso de un albaricoque. Dejé la maceta encima de la mesa del salón donde comía asido a su madre, con su padre cerca y una amiga de los padres en ropa deportiva. Hay tanto latido en una cosa tan pequeña… Cerré despacio la puerta de la casa. En la calle no había ni niños ni perros, solo gente fea en las terrazas hablando del pasado.

Ilustración: Joaquín Sorolla

La nostalgia es una enfermedad

La nostalgia es una enfermedad. También un derecho. Lo sabía Johannes Hofer al resumirla en dos palabras: nostos (regreso) y algos (dolor). Desde 1688, la nostalgia asola las vidas de treintañeros y provectos empeñados en rememorar el pasado con los mimbres de un presente negro a todas luces. Esta mezcla de recuerdos inconexos, morriña y nubes místicas se hace viral con la vuelta de Oasis, un grupo de himnos y Adidas que convertía el aburrimiento de sus conciertos en bises. Eso sí, nadie lucía las parkas como ellos. Pues bien, ahora todos quieren verlos. ¿Por qué? Porque las tendencias van y vienen, pero la nostalgia lo petará siempre.

Somos los que hemos sido. De ahí el empeño por mantener en un lugar fresco y seco los recuerdos de aquella playa de Galicia con padre y madre de la mano, las tardes en la casa del pueblo, tu primer viaje por Europa en tren. Si no duele se olvida. El paso del tiempo también distorsiona hechos y espacios, dulcifica los sabores más amargos. Haciendo honor a la verdad, aquella playa de Galicia estaba sucia, al caer la tarde, el pueblo olía a los purines de las granjas cercanas y en Amsterdam te robaron el dinero para todo el mes. Sin embargo, intercambiarías la actualidad y tu presente por volver a esa vida quemada, por volver a casa.

La memoria y sus trampas. La música como máquina del tiempo. Oasis son una mentira en 2024, una ficción creada por la industria para intentar revivir lo que éramos, adolescentes llenos de futuro que, años después, dejan de mirar atrás. Es doloroso recordar los días felices. El precio del recuerdo sale a la venta en Ticketmaster mañana. Seres irremediablemente nostálgicos, un wonderwall de carne, cuentos y canciones, eso somos. Me quedo con lo próximo y la certeza de que «no hay nada más moderno que la nostalgia porque no hay nada más antiguo que el futuro». Vivir es echar de menos todo el rato, todo el puto rato.

Ilustración: David Hockney

Las tardes de verano

El verano regresa, como siempre lo hacía siendo niños. Si uno se detiene a pensarlo, no hay nada bueno en la estación más cálida. La gente se viste con chanclas, sus playas de táperes y turistas, el calor del tiempo y los paseos de noche hasta la nevera. Cierto, algunos tienen vacaciones, pero las vacaciones impuestas dejan siempre una sensación amarga, traen el miedo a ser como los otros. De lo contrario, nadie necesitaría un descanso tras las vacaciones. Solamente las tardes de verano cumplen su promesa. Si se esconde el sol, vendrá la lluvia, si llueve habrá aire fresco para todos. Las tardes de verano se repiten, duran poco, como todo lo bonito de la vida lejos del invierno.

Nos enamoramos en las tardes, cuando la arena deja de quemar o quema poco, cuando las cigarras se cansan de querer aparearse. En ese momento, muchos doblan las toallas, las mareas se retiran y, en los pueblos, los niños montan en bicicletas heredadas. El blanco de la ropa brilla, los campos de cebada son las olas de los campesinos, el mundo, sea lo que sea, nos da tregua, nos prepara para dormir envueltos en sudor y sombras. Puede que la vida sea fácil en verano. Sería imposible vivir sin esas tardes.

Fue hace muchos años. Eran las siete de la tarde. La luz chocaba de perfil contra las piedras de un monasterio a las afueras. Ella vestía de blanco. Yo quería quitarle todo lo que llevaba encima. Ella miraba el cielo entre las ramas. Hicimos cosas de adolescentes bajo una higuera, tumbados encima de sus frutos. A eso no se le puede llamar sexo. Besos y descubrir lo que vendrá más tarde. Inocencia. Le conté mi hazaña a los amigos. Nadie me creyó. Así son las tardes de verano, un sueño interrumpido, la única razón para seguir viviendo hacia delante. Disfrutadlas.

.

Ilustración: Claire Gastaud

Cosas nazis

El chico de barrio aficionado al fútbol, el hijo del relojero… cualquiera puede ser nazi. Porque un nazi es el que hace cosas nazis, es decir, aquel que ejerce la banalidad de la violencia. Basta con subirse al escenario y pegarle una hostia al cómico de turno, amenazar a un escritor que firma ejemplares en su caseta o reírse al presenciar la escena. Nada extraordinario, nada alejado de las múltiples manifestaciones con las que el mal nos pervierte cada mañana. Aquí no hay un culto a la estética ni minorías perseguidas. Cualquiera puede ser el objetivo porque el nazismo gana el juego de la democracia con defectos. Ellos están por todas partes, pero nadie parece verlos. ¿Quiénes son ellos? Nazis que ejercen el terror físico contra el individuo y las masas.

Suele ser habitual que, cada vez que un nazi actúa, la respuesta de las autoridades sea tibia. «Vamos, circulen», dice el policía indolente mientras el nazi se aleja sin pensar en hacer el bien o el mal. Desde fuera percibimos la asimetría con la que se reacciona ante este tipo de conductas. Nazis intocables, nazis en las instituciones, nazis marcando los tiempos de la calle, nazis. Frente a la inacción, los ciudadanos recurren al señalamiento y la denuncia en redes. Debemos equiparar la palabra nazi al «¡fuego, fuego!», utilizar el dedo como arma. De lo contrario, ganará el matón.

En mi instituto había nazis. Llevaban la cabeza rapada, chaquetas bomber y cruces de hierro sobre camisetas blancas. Su ideología era la de amedrentar a los estudiantes, pegar al guarro, utilizar los puños como forma de expresión impune. Yo les veía pintar esvásticas en las paredes y beber latas de cerveza después de los partidos. Supongo que fui cómplice por no juzgarlos. Mi valor era inversamente proporcional al efecto de sus botas con punta de acero. Nada ha cambiado. Los nazis a lo suyo, destruyendo; nuestro silencio como el peor de los fracasos.

Los prejuicios

Taylor Swift trae su empresa a Madrid y con ella una horda de molestias para los vecinos, propietarios de pisos caros con vistas a un estadio convertido en caja registradora. Los fans bien, gracias, siempre los mismos, ahora y hace sesenta años. Los vecinos con sus permanentes y su polos bien planchados. Los primeros lloran y compran pañales para no ir al baño, los segundos se quejan por culpa de los «ensayos» y la imposibilidad de vivir tranquilos con sirvientes. Taylor is rich, también Florentino. Yo debajo, lleno de prejuicios contra todos por escuchar música de fábrica, contra esos vecinos y sus reclamaciones llenas de razón y privilegio, contra la dueña del mundo siendo de pueblo.

Los prejuicios son malísimos, se construyen solos o con ayuda de lo que nos rodea, bueno o malo. Lo peor es que nos cargan de razón, «música de mierda», «aj, ricos», nos engañan al hacernos creer que pensamos cuando, en realidad, no hacemos más que centrifugar el mismo pensamiento, el mismo pensamiento, el mismo pensamiento. Preguntad a un niño sobre Taylor, sus fans, los vecinos del Bernabéu. Os mirará con restos de chocolate en la barbilla, tareará una de sus canciones, sonreirá al ver botas de cowboy con purpurina en cada paso de cebra, le enternecerá la señora que no puede mover el Mercedes del garaje. La sabiduría se parece a una canción con una estrofa y dos prejuicios.

Leo una lista sobre la manera de luchar contra los prejuicios: evitar conclusiones anticipadas al conocer a alguien por primera vez, empatía, observar las excepciones a la norma, cultivar la mente a través de la cultura… Aunque fuera capaz de aplicármelos todos seguiría pensando que el infierno son los otros, que la gente pierde tiempo y dinero al ser como los demás. Sin embargo, desde mi terreno, uno pequeño, invisible y con música de Coltrane, me doy cuenta de que estoy solo y ellos, vecinos, fans, cantantes y empresarios sin escrúpulos, se sintieron, durante dos días, un poco más acompañados.

Viajar con alguien

Estar en otra parte, conocer países y volver sin ganas. Nos pasa a viajeros y turistas, también a los que ya no están para dormir en una hamaca. Hay algo en poder decir «yo estuve allí» que engancha, como si el Google Maps fuera, de pronto, una herramienta para los paletos. Al intercambiar lugares de trabajo por recreos tenemos la sensación de que todo se hace por última vez, que hoy será distinto que mañana. Así nos maravillamos ante una calle fea y sucia, o el chándal de un adolescente con cara de salir del after. Está bien hacerlo solo. Es mucho mejor acompañado.

Ahora el mundo ha encogido, todo está en Booking. Sin embargo, la gente en las ciudades guarda la distancia de seguridad, va a sus cosas, mira el móvil al cruzar la calle. Cuando viajas, las cosas se miran desde la infancia, se les da forma con los párpados y una pupila cada vez más grande. También ves a tu pareja de viaje de otra forma, como si con cada fotografía fuera desnudándose muy poco a poco. La compañía en un país extranjero se parece mucho a los bastones de los viejos, tira de las piernas cuando el tren se para, hace del viaje un paseo hacia cualquier parte (siempre buena). La velocidad que importa se traduce en pasos, pasos compartidos, pasos hacia atrás y hacia delante.

¿Cuándo nos convertimos en consumidores de vacaciones? Con la llegada del avión y el éxtasis. Para compensarlo intentamos viajar de forma responsable, manchar poco y rellenar los huecos de una historia con tantas lecturas como destinos. Me quedo con la de dos blancos en el país del té con menta, de dos españoles, el cielo y un escarabajo del desierto, de dos turistas que regresan a casa sabiendo que, a veces, en el momento más inesperado, aparece alguien para mostrarnos el mundo de otra forma, redonda y plana, tierna y cruel al mismo tiempo.

Ilustración: Holly Stapleton

Lo extraordinario

Esperamos cosas extraordinarias. Y nos equivocamos. Porque cumplir un sueño consiste en dormir ocho horas, solo o con alguien que te gusta cerca. Ya es mucho. Nuestras aspiraciones representan una forma de negar la realidad. Lo importante consiste en abrir los ojos por la mañana, cepillarse los dientes, masticar un puñado de anacardos, vestirse bien, salir a la calle y mirar el sol a través de las copas de los árboles, regresar a casa, tocar las teclas blancas del piano y esperar a que anochezca. El simple acto de vivir es, en sí mismo, algo extraordinario.

El pasado está sobrevalorado porque somos incapaces de comprender lo que nos sucede en el momento en que sucede. Necesitamos tiempo e hilo. Es extraño que todos lleguemos a la misma conclusión con vidas tan antiguas, tan distintas. Quizás el simple acto de vivir y caminar erguidos no sea tan simple y haya que desentrañarlo equivocándose, con paciencia, sin esperar nada. Así se forman los diamantes, sometidos al calor y la presión exactos. Así permanecen bajo tierra, hasta que un día, alguien termina exponiéndolos en una vitrina. Adiós a todo lo extraordinario alrededor del cuello.

Las personas con un aspecto extraordinario suelen tener conversaciones de lo más común y lo extraordinario consiste en superar una infancia de golpes y tristeza, una adolescencia programada, una edad adulta en la que todo lo que habías planeado se fue al traste. Y a pesar de todo, aún respiras. Amalia Bautista lo dejaba escrito: «Son poquísimas las cosas que de verdad importan en la vida: poder querer a alguien, que nos quieran y no morir después de nuestros hijos». Con las palabras se puede inventar otro mundo, un mundo extraordinario que desaparecerá, aunque mantengamos los ojos bien cerrados.

Ilustración: Guy Billout

Amar el sueño roto de la vida

La vida es aquello que perdimos. Sacamos la cabeza del agua y sentimos el sol en medio de la cara. Nadar cojos y con una receta húmeda en el bolsillo, volver a secarse ya sin ganas. Las cosas van cambiando, tu pareja te cambia cada día. De repente, no conoces un solo grupo del cartel. Los viejos se aferran al amor tranquilo y a otra cerveza. Los jóvenes huelen ácido y lo consumen. Nada sucedió como esperabas. Esa es la razón para creer en otro milagro cotidiano. «Amar el sueño roto de la vida», escribió Brines. Despertarte sabiendo que has soñado.

Todos creímos ser reyes. Y compartíamos piso. Todas esas fotos esparcidas sobre la mesa del salón, todas esas fotos del móvil… Dentro de poco nadie hablará de ellas, aunque estemos vivos. La única forma de encontrar tu lugar en el mundo consiste en recoger pedazos. Las promesas solo sirven para rellenar las paredes del gimnasio, los «para siempre» maquillan una realidad que produce monstruos. Y los tritura. Ni ganar por goleada ni la pérdida que conduce al victimismo. Vivir consiste en empatar y encontrar en la repetición una grieta por la que se cuela la luz, la oscuridad, la luz y la oscuridad.

Quise escribir una gran canción. Al pensarlo, la canción ya vino muerta. Amar la vida incluso cuando tu vida no te guste. Seguir haciendo aquello en lo que crees en contra de opiniones ajenas. La locura consiste en repetirse por razones de mercado. Aférrate a la fe que alguien deposita en ti, aunque sea tu madre. Nadie tiene ni puta idea. No hay atajos. La bondad trae resultados a muy largo plazo, a veces cuando ya estás muerto. La personas inteligentes tienen más dudas que los imbéciles. Al próximo que me llame crack, le escupo. Amar la vida por encima de todas las cosas. Amar la vida rota por un sueño. Amar el sueño de una vida rota. Que se rompa. Porque todo se acaba a toda hostia.

Ilustración: David Shrigley

Esas mujeres que compran flores

Ahí están ellas, decidiéndose frente a un jardín en venta. Indecisas, acercan la nariz a las corolas, entran en la floristería con las manos en alguna parte. Después salen con flores en las manos, un poco decepcionadas, igual que el que sale de la peluquería. Hay un color para cada persona, un pistilo por cada día que nos queda. Yo observo con curiosidad a esas mujeres que compran flores. Es bonito entregarle el ramo a alguien, mirarle a los ojos; o simplemente ponerlo en agua y observar un cambio dentro de la casa. Las flores otorgan un poder que no hace daño, aunque mustien y terminen en un cubo de basura. Comprar cambia de significado cuando la mercancía deja rastro.

Apenas hay hombres que compren buganvillas o caléndulas. Lo harán por Internet. Cuando veo a alguno con una rosa roja envuelta en plástico siento que se sienten observados. Será la infidelidad que este acto representa, como un señalamiento público. Las mujeres, en cambio, lo hacen por amor y estética, compran flores sabiendo que son una buena razón para vivir, que reconfortan. No se le puede pedir nada a las flores, cumplen su función sin complementos o vestidos. Quizás necesiten palabras más humanas, menos ciegas.

Amapolas, un clavel blanco, dalias, geranios en los balcones de madre, hortensias, orquídeas, pensamientos, petunias, brezo con olor a caramelo, peonías, lirios de los valles, crisantemos para un padre muerto, adelfas para los más vivos, mujeres serias, altas, con un abrigo largo, con un pañuelo en el cuello y gafas de sol de marca, con anillos, sin pendientes, con los labios rojos, que sonríen, que compran pan y camelias, mujeres solas, con un niño dentro de su vientre, mujeres que saben encontrar belleza en este invierno. Mujeres que no saben que ellas son flores. Mi barrio es mejor porque las mujeres compran flores que se lleva el tiempo.

Ilustración: Gérard Schlosser