Volver, perder, vivir

Se acabaron los cuervos y el café de máquina expendedora, la casa de tres pisos levantada sobre un terremoto, las copas de los árboles dejando pasar hilos de sol hasta quemar mis ojos. He vuelto al lugar del que me fui, lleno de pájaros pequeños e invisibles, de luz entre las hojas de una monstera. Tenía que volver para asegurarme de haber dejado tras de mí un hueco alrededor de una mesa y un rastro de cama. Deshago la maleta, recupero ese hueco alrededor de la mesa, el lado de la cama, y dejo otro hueco y otra cama en otra parte. Volver da sentido a algo que no tiene sentido y es la vida.

Cuando estaba allí pensaba en los amigos de Segovia, en el olor a humo entre la ropa y los dedos, en las voces de la calle y las colillas en la acera. Ahora, aquí de nuevo, el mismo, otro, recuerdo a mis amigos japoneses, el olor a dulce de ese aire, el silencio de la gente roto por un tren hacia otra parte, el suelo limpio sin rastro de gente que lo limpie. No sé de dónde viene esta necesidad de ver un poco más de mundo y alimentar con palabras una boca que se cierra y vuelve a abrirse, igual que el hambre, peor porque se alimenta de nostalgia.

Escucho los sonidos de mi nueva ciudad, Madrid, un pueblo tan familiar como mi madre y regreso a Tokio, mon amour perdido, mi vieja vida y un poco mi tumba, el único lugar en el mundo donde se puede estar triste trescientos sesenta y cinco días al año y disfrutarlo. Hay algo en ese movimiento de atrás hacia delante y de un espacio a un recuerdo que nos desposee de todo, que nos hace sentirnos ligeros y abrumados, que nos hace ser conscientes de no tener ni puta idea. Volver implica dejar, dejar nos empuja hacia delante y delante ofrece muerte y flores. Allá voy.

Ilustración: Hiroshi Nagai

Volver a lo de siempre

Viene septiembre con la promesa de los días antiguos, aquello de lo que huimos antes. Por esa razón, algunos comienzan el año en la semana entrante, sin cuenta atrás, de frente, con más gente y menos personas invadiendo la ciudad por sus doce puntos cardinales, reloj de tiempo. Se acabaron las aceras de campos en barbecho, el semáforo para nadie. El aire recuerda a una medusa y el color de piel delata a los que se quedaron. Así es, las horas pasaron, pasan, ¡no pasarán!, las noches fueron siesta. Volver, única forma de seguir viviendo.

Entonces uno se para a pensar en el verano, este: aviones, crema protectora, un libro sobre la arena tibia, flotar sin estar muerto en la corriente. Porque si agosto es una ventanilla sobre el gran azul, la próxima estación anticipa la caída un poco ocre de aspiraciones que van del árbol a cualquier parte, de cualquier parte al invierno. Nada de sueños; las ganas de soñar intactas. Hay una canción en cada ráfaga de viento. Y después la primavera.

Parece que lo próximo consiste en intentarlo. En mi caso tiraré aquello que sirve para poco —casi todo—, pintaré las habitaciones de amarillo, gris y verde jade (metáforas del año entre las uñas) y admitiré públicamente que volver a empezar es, en sí mismo, acabar algo, también deshacer porque en el verbo confluyen todos los finales. Tomé esta decisión tumbado bajo el cielo de la Dehesa de la Villa. Era tarde, había estrellas del tamaño de una uva, un claro en el bosque y un hombre que era yo sin querer serlo. De ahí que vuelva.

Ilustración: Guy Billout