Mireia “Belle Monte” y mi emoción

Esto no es una carta abierta para ti, Mireia. Bastante tienes con soportar todos los elogios de políticos, deportistas y familiares tras ganar un oro ( siiiiiiiiiiii, ¡¡un puto oro!!) como para que alguien como yo, que no se acerca a una piscina si no es con escarpines de acero hasta las rodillas y chanclas, te demuestre su amor incondicional por recorrer más rápido que Natsumi y Madeline e imitando a una mariposa, 2.500.000  de litros de agua color azul Bondi.

Ya me parecías fascinante hace años, cuando no eras de oro olímpico y yo me dedicaba a hacer cierres contables. Te plantabas cada noche a unos pocos metros de mí, en una esquina, más a menos a la hora de la cena, con gotas de agua aún colgando de tu pelo, y escribías cosas en el móvil, sin ser capaz de mirar a tu alrededor porque quizás todo lo que se salga de los límites de una piscina carece de importancia o simplemente porque vaya pereza darse cuenta de que un tipo con pelo malo se olvidaba del haber y más aún del debe por culpa de una sirena de cloro sentada en la seguridad que otorga una esquina en penumbra de un hotel de lujo.

Y decía frente al ordenador: Joder, qué mujer. ¿ A qué olerá? Y si me acerco, ¿ tendrá escamas o su piel será suave y tersa? ¿ Cómo es posible que un ser humano pueda ser tan frágil y al mismo tiempo tenga los brazos, un músculo dorsal ancho y el triángulo dorsal de un gladiador?

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Fijaos que axila….¡¡por Dios!!

 

Pero es que todo esto no era más que una gilipollez en comparación con lo que sentí al ver la retransmisión de esos 200 metros, donde los países más poderosos del mundo tragaban agua porque tu habías decidido que a veces toda una vida de esfuerzo, agujetas, broncas, ojos rojos, cambios de altitud y de motivación y algún que otro romance acabado en drama, pueden concentrarse en 2.04.85 minutos.

Saliste del agua, te peinaste hacia un lado, respondiste que todo muy bien, que estabas muy contenta pero concentrada en los 800 de mañana y que ya habría tiempo de celebrarlo y yo, como esas noches en el hotel, tenía un nudo en el estómago, casi ganas de vomitar por la emoción y las manos me sudaban como si fuera tu entrenador o la comentarista de la 1.

Eso debe ser la magia de la natación, o del deporte, o de una chica de Badalona al que el dueño del bar de al lado de casa le guarda la correspondencia hasta que regrese de Brasil. O quizás sea amor. Mireia, Belle Monte y mi emoción. Parecen tres pero ayer fue solamente una. Igual que el oro.

 

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