Elogio de la ternura

La ternura escapa a toda compresión, de ahí que pueda más que el filo y la piedra, que el tiempo y las ganas. Con ella, la pasión se echa a un lado, extiende su manto de piel, descubre latitudes cálidas y el tacto desprovisto de deseo. Quizás se deba a su naturaleza vítrea, mirada que construye lo de siempre de otra forma. Después regresa a su estado de crisálida bajo la dermis. Los ojos bien abiertos, siempre, llenos de latido. Y es que el dominio y el control se diluyen ante la fragilidad del que se muestra tal y como vino al mundo, desnudo, poderoso. Sí, cuidado y afecto por uno y los demás.

Entonces la vida va menguando, comienza lo malo con lo peor a un lado y recurrimos al recuerdo. Ni rastro de los logros, del éxito como malentendido, de aquella aspiración de vivir mejor, más rápido. Ya no queda nada. Para compensarlo, la ternura se manifiesta sin barreras entre las costuras de lo sentido y lo por sentir: aquel encuentro, llovía de lado, «perdóname» como expresión de intimidad en carne viva. Y te perdonó, claro que te perdonó.

Porque si quieres dar y darte, hacer honor a la palabra entrega, hay que prescindir del yo. Sí, se trata de un acto de valor ante tanta demostración en público. Sostiene la luz de esta mañana, escucha la raíz sin bosques cerca, implica ser y estar aquí por algo o alguien, un cachorro, un anciano, una palabra inútil, ¿estás mejor?, le da vuelo al gesto más insignificante porque en lo invisible reside su alma fiera, humana. Abrí la puerta de casa. Estaba roto. Sonreí. Ella lo percibió enseguida. Bajo el dintel, aquel abrazo albergó la ternura de todas las ternuras.

Ilustración: Guy Billout

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