No lloré cuando murió la reina

Algunas cosas necesitan reposo, distancia. De ahí que haya esperado dos días desde el fin de su latido. Primero sentí incredulidad por el trato concedido a los privilegiados. «La reina Isabel II ha muerto; viva la República». Medio mundo lloraba a la señora que asistía a cacerías y desfiles, que tendía la mano como parte de un trabajo de papel couché. Ella monarca, el resto vasallos de un imperio que se extendió a través del tiempo y todos los espacios. ¿Quién puede llorar su pérdida?, me pregunté sin ser consciente de que ella representaba lo que siempre estuvo allí, igual que Mick Jagger o los paraguas. Ahora ya no está. De ahí que el pueblo se conmueva. Y sus razones tiene.

A nadie le importa Gran Bretaña, aún menos a los ingleses. Pero el luto por la muerte de Elizabeth Alexandra Mary golpea a cada ciudadano. Puede que se cebe con los fanáticos de la nostalgia, con aquellos a los que les recordaba a algún pariente, el mueble de la entrada, con los que ven cómo, a pesar de los intentos, el desenlace es siempre el mismo. Luego a otra cosa. Los afectos se crean, nunca se destruyen bien del todo. Comprender los ajenos implica un ejercicio apto para una inmensa minoría. Así nos va.

No he llorado esta muerte, no me sale. En todo caso no me alegro y acusaré su ausencia por culpa de su hijo, heredero a un trono esquivo por culpa de esa aspiración por vivir más de cien años. Sin embargo, esta respuesta en masa algo artificiosa conlleva un acto de esperanza fieramente humana. Hay ramos de flores por el suelo, el azul, el rojo y el blanco iluminan con torpeza el final de este verano y el pueblo escribe cartas para despedirla. Cierto, una era ha sido enterrada. Quizás la próxima nos represente un poco más a todos.

6 comentarios en “No lloré cuando murió la reina

  1. Curioso el transcurso humano. Existen instituciones que desafía el tiempo y el cambio que vivimos con la globalización y nuestras interconexiones, somos más informados y cada vez pensamos más a fondo. Las religiones y las monarquías son instituciones que a lo largo de los siglos, sostenían esa unidad entre el presente y el legado de creencias, doctrinas, poderes y leyes. Los ejércitos son otra cosa y son algo semejante. El ahora destiñe poco a poco todo aquello y lo desgasta. Esta reina les duele como una despedida. Llegó un rey desteñido, desgastado y hasta odioso. Veremos poco a poco como estas monarquías quedarán para los jugadores en la barajas de los naipes.

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