Mi Carmen

Me enamoré de ella al instante. Sentí un rayo y un clavel atravesándome el pecho aún imberbe. Por fin, aquí, en este país, el mío, pequeño y para adultos, había una estrella inalcanzable, de Hollywood, pero con acento sevillano y sonrisa universal. Daba un poco igual cómo cantara, cómo actuara en películas llenas de migas de pan y amor cutre, con fierecillas y un balcón bajo la luna. Ella movía el cuello, decía algo, cualquier cosa, y veías cine. El blanco y negro no podía oscurecer esa sonrisa, sus pestañas, sus huesos de Taylor, de Loren, de Hayworth. Me gustaba tanto que yo abría los ojos para seguir sonándola. Carmen era la más grande de las Cármenes.

Ya de señora con traje y ovejitas domaba a los espectadores por televisión. Mantuvo siempre una belleza antigua, que no es más que el encanto recogido con un esparadrapo alrededor del cuello, una belleza de peluquería que ni se crea ni se destruye al ser mirada. Poco o nada puede la muerte contra ella. Hoy, mi Carmen está muerta. Quizás por eso sueño que sonríe y detiene el tiempo en los ojos de un niño ahora más viejo que cree, por encima de todas las cosas, que ser bella no debe ser nunca una obligación, que la belleza es inmortal y que si la echamos de menos estando viva qué le ocurrirá a la belleza con ella bajo una lápida.

Esta noche no podremos descansar en paz. Y nadie culpará al calor.

Deja un comentario