La belleza tras las máscaras

Más allá de la obviedad de un mundo que imita el uso indiscriminado de mascarillas y la distancia existencial de los tokiotas, cabe destacar que, a medida que las integramos en la misma categoría que móvil y llaves, nos revelan detalles antes ocultos por la falta de práctica. Y es que si reparamos en el continente alrededor del contenido y a pesar del sombrero de Panamá, un par de gafas caras y ese trozo de tela con olor a encía cubriéndonos la cara seremos capaces de establecer sin temor a equivocarnos que la persona con la que nos cruzamos es bella o no. Solo hace falta saber mirar, de la misma forma que observamos un paisaje a la luz de una vela.

Así es como la cadencia de los pasos justos, el color de piel de sienes, brazos y piernas, el vaivén del pelo torneado por el sol, el rastro de perfume en el aire antes de desaparecer para siempre y las maneras típicas de los guapos —siempre acompañadas de material bucal de primera, nada de a 0,99— nos ayudan a componer los mimbres de la belleza estética cuando ésta no es una obligación, precisamente porque ahora arreglarse sirve de bien poco.

Con la llegada de la mascarilla creímos que la democracia real se instalaría en nuestras vidas de calle, que los feos, siempre sometidos por el látigo de la indiferencia, podrían competir en igualdad de condiciones frente aquellos que acaparan pupilas y suspiros, humedades y anhelos, pero toda esta nueva escena solo sirve para tener aún más presente que lo bello se completa a sí mismo y es tan grande que se esconde en los pequeños detalles.

Ilustración: Ito Shinsui

Tool, el triunfo de lo raro

Haz la prueba. Pídete una caña, dale un sorbo, toma aire y pronuncia —no en vano— el nombre de Tool entre las plúmbeas paredes de cualquier bar de la calle Corredera Baja. De pronto, los carlinos comenzarán a aullar en braille, el camarero levantará una ceja formando un letrero de neón y el silencio que antecede a una mala noticia desembocará en un torbellino con aspecto de agujero negro. En su interior, el tiempo y el espacio son variables que danzan a su ritmo, cerca del cinturón de Orión, ajenas al ciclo lunar y los incendios, tanto que las carreras de cientos de grupos de música se forjan y desvanecen en el plazo invertido por estos cuatro americanos en desgranar una sola canción. Ya no te digo si tardan trece años en sacar nuevo disco.

Lo que en principio es algo raro de por sí, lo es todavía más cuando compruebas que un grupo de música tan indescifrable como la Conjetura de Hodge es una de las formaciones más exitosas de todos los tiempos… y casi nadie habla de ellos, como si pertenecer a esa orden secreta exenta de popularidad “à la Justin Bieber” les concediera el privilegio de trascender estando vivos y en paradero desconocido, un día con pelucas, otro en un tuit, siempre amenizando nuestras vidas envueltas en una espesa oscuridad sonora.

Porque si hay algo que hemos perdido tú y yo en 2019 —músicos, melómanos y detractores de la música incluidos— es el misterio, no asistir por enésima vez a la retransmisión en directo de la grabación del disco de turno, con sus vídeos de adelanto y fechas debidamente publicitadas allanando el camino, facilitando la digestión de una canción-alpiste con video-letra-jaula, quizás dos, ¡ahora en todas las plataformas de streaming!, intentos fallidos en pos de un interés mediático que nunca llega. Piérdete en Forty Six & Two, mira el tercer ojo de “Lateralus“, sé abducido por “7empest“; así podrás odiarlos o amarlos, pensar, escupir, romper el cielo, admirar el milagro de la belleza de lo incomprensible.