El sacrificio

Toda relación amorosa implica una forma de humillación. Nada de gloria o recompensa, más bien un ir haciéndose que, a veces, da sentido a todo. Otras, las menos, conduce a placentas oscuras, cristales cóncavos, ángulos muertos. Es precisamente ahí cuando surge el sacrificio, pero no el de la atadura de Isaac y los gimnasios, sino una vida que implica la supervivencia de la pareja, también la ruina con vistas a cargar agua entre las manos del otro. El caso es que siempre podemos soportar más y un poco más, incluso ir a favor de la primera ley de la conservación de la materia sin tener carrera: «La masa consumida de los reactivos nunca es igual a la masa de los productos obtenidos». Química humana toda ella.

Entonces llega el miedo a querer, a dejar de ser amado o a una equis de combinaciones por pares, variable de carne y zonas comunes con forma de desgaste. Y llega el deterioro. Sorprende comprobar que surge de repente, ¡entra!, con algún indicio previo entre los más cercanos. Es cierto, saben más ellos de nuestra relación que nosotros mismos, precisamente porque la pareja se percibe desde fuera como un accidente. Dentro todo sucede tan deprisa que ese movimiento se intuye al correr, nunca pasa por delante del escaparate. Ese es el miedo del que hablo, lo llaman soledad y los otros la ponen a la venta.

Sufrir o no sufrir, sacrificarse, ponerse en lo más alto de una cruz tallada por si acaso, que decore solamente. ¿Hasta dónde llegar en el empeño? Solo espinas y una herida en el costado, venga. Y sudas, y como esto no va de éxito tampoco sabes si el límite lo marcas tú o el tiempo. La duda de saber si el otro haría lo mismo acecha en sueños y con el café de la mañana. Resulta que da igual. Insistes por amor, oxígeno que enciende el aire de las noches cálidas, la única razón por la que vivir ardiendo.

Ilustración: Guy Billout

Juan Diego, el maestro sin apellidos

Nadie tiene muy claro quién es. Tampoco el papel que le ha tocado interpretar, ni en el proscenio ni en la placenta de los días. Por eso, Juan Diego, un sevillano de voz de yunque a punto de fundirse decía que «dentro de mí está ese hijo de puta y ese homosexual y ese nudista y ese comunista y ese tipo amable y ese violador. Dentro de nosotros está todo lo bello y lo hermoso, todo lo horrible y despreciable».

Quizás por esa razón su ausencia pesa tanto, moja, porque, a veces, los actores se olvidan de la vanidad y transmiten historias, nos cuentan en ellas siendo otros, interpretan el difícil arte de comunicarse sin intermediarios. Después hay un director cansado que grita «¡corten!» y un actor sin apellidos, con carnet y una pistola lanza un obituario al aire: en Rusia nieva y borracho se está mejor que sobrio.

Resulta que Juan Diego era su nombre, de ahí que los apellidos los aporten Landa, Fernán Gómez, Pávez, González, Rabal y el resto de una estirpe que, poco a poco, va dejándonos un poco más solos, un poco más perdidos. No puede haber gente más triste que nosotros hoy, eso seguro. Descansa en paz, Juanito, te llevas a la tumba una parte del cine que nos queda en la retina y tu memoria.

¿Y qué hacemos ahora sin Mark Lanegan?

Mark Lanegan se murió mientras yo observaba mi sombra en la pared. Curiosa forma de irse hacia la luz. Porque con él se rompían casi todas las reglas menos las de la belleza, una tela que tejía con un micro, siempre diciendo adiós con la certeza de volver a verlo. Pestañeas y el mundo anochece. Hemos y he perdido la voz de todas las generaciones extraviadas y, en cambio, nada más fácil que reencontrarse en sus canciones de sierra, repletas de un dolor tan extraño que apacigua. Así cantaba, como si perdiera el aliento. Será por eso que yace a los cincuenta y siete años entre montes verdes, convertido en memorias de vaqueros rotos por las rodillas, camisas de leñador y el pelo por los hombros, una parte de nosotros que aún palpita.

Nunca quiso destacar entre tanto saltinbanqui y ha terminado sus días encerrado en discos tan espinosos como únicos. Algo tenía que ver su voz, siempre al rescate, de la misma forma que un padre sujeta la cabeza de su hijo al vomitar. Y ahí nos quedábamos, estáticos, mudos y mirando hacia nosotros, que es todo lo que hay que hacer cuando uno escucha bien. Así se hizo compañero de día y leyenda de un tiempo que se acaba, coche fúnebre y fanfarria, uno de los nuestros por su resistencia a olas y tendencias.

Pronto se van los mejores, extraña forma de justicia en la Tierra. Esta noche, mientras todo resuena menos y la oscuridad se dobla hacia fuera, escucharé su música hasta quedarme dormido. Ahí, en una cama sin testigos ni estrellas, Mark construirá de nuevo ese lugar a salvo de los demás bajo la sombra del lugar más bonito del mundo. Descansa, querido Mark. Todo esta tristeza nos recuerda lo felices que nos hiciste.

Silencio… suicidio

Hallan muerta a … ; encuentran en su casa el cuerpo sin vida de…; falleció la actriz… Los titulares fomentan el misterio, lo que equivale a silenciar la causa de la muerte: 800.000 personas al año, una cada cuarenta segundos. Por supuesto, las tentativas no valen ni para un tweet y, en el caso de Verónica Forqué, la necesaria normalización del suicidio —primera causa de muerte en España— brilla por su ausencia… de pulso. Porque estar mal no es una opción. ¡Desterremos las emociones negativas que emborronan las cenas de empresa! El malestar ajeno… ¡fuera del hemiciclo! ¡Los niños no lloran! Entonces el daño en la sociedad es permanente. Y Verónica sonríe sin latido.

A pesar de tratarse de un grave problema de salud mental, esta torpeza periodística resulta macabra. La redacción bordea el suicidio, quizás por evitar un efecto llamada que no es tal, quizás por ignorar que los datos informan cuando vienen avalados por expertos. Mejor simplificar las causas —Masterchef le hizo mucho daño—, prescindir de los factores de riesgo —venden poco— e ignorar las circunstancias en torno a un hecho tan trágico como común.

La familia y los amigos echarán mucho de menos a Verónica Forqué, mujer que hacía reír sin intentarlo apenas. Sucede siempre con los cómicos, que llevan dentro la pena que no cabe ahí fuera. Tampoco hubo espacio en su obituario para las organizaciones que previenen el suicidio, tan necesarias, tan ignoradas. Ya lo dijo ella estando aún viva:«El secreto de la vida está en encontrar la fuerza, la energía o el amor necesarios para que la vida sea a la vez algo muy doloroso y muy pleno». Y se mató.

Ilustración: Paco Junquera

Siempre Stephen Sondheim

There’s a place for us, Somewhere a place for us. Peace and quiet and open air wait for us somewhere. There’s a time for us, some day a time for us, time together with time spare, time to learn, time to care, some day, somewhere

Stephen Sondheim llevó las letras de las canciones allí donde música y esa extraña forma de literatura al compás comparten espacio, emoción y por lo tanto vida. Siempre a la sombra del tintero, encarnaba al artista que se desvela por el verso, en los puzzles a los que era aficionado y en el hombre que decide solo consciente de no estar solo en el mundo. Cierto, fue incapaz de volar, pero nosotros lo hicimos con sus canciones. Nos veremos algún día, en algún lugar, sí, en algún lugar, maestro.

Ilustración: Uchida Masayasu

A Antonio Escohotado

Pensar nunca estuvo ni estará de moda. Implica riegos para la salud, dudas, posicionarse en el latido y, por tanto luchar, muchas veces en solitario, contra el numeroso ejército de la ignorancia. En esas coordenadas aspiraba el humo Antonio Escohotado, curioso irrefrenable de este y el más acá, capaz de escribir una obra cumbre en la cárcel y seguir revisándola cada cierto tiempo, consciente de que el conocimiento va a la fuga, de ahí que exija un retoque semanal cuando uno vive con libertad de palabra y obra. Y he aquí el problema: la libertad de pensar pesa, pero empequeñece el miedo.

Por eso tuteaba a Thomas Jefferson, traducía a Newton o tiraba de Hobbes cuando departía, en su caso una forma rara de reflexión. También se drogó, mucho y de calidad, particular manera de demostrar en sus carnes que no hay mayor ficción generalmente admitida que la erigida en torno a las sustancias prescritas por camellos. Eso sí, el alcohol, el diacepam y el tabaco siempre de curso legal, al alcance de cualquiera y anestesiando en nombre de una civilización miope.

Ahora que está muerto parece más cercano, incluso algo más viejo de lo que nunca fue. Vivió deprisa y se va tarde y en Ibiza, aunque mucho antes de que se le acabara la razón. Me quedo este párrafo de su «Historia general de las drogas» y aplicable al día a día: «La pretensión de esta historia ha sido ofrecer un conjunto de materiales para que el escuchante forme su propio juicio. No me siento imparcial, aunque he tratado de ser objetivo. En su fuero interno, cada cual llegará a conclusiones tanto más ecuánimes cuanto más tomen en cuenta el contraste entre el esfuerzo por lograr influencia y el esfuerzo por comprender». Pues eso, habrá que pensar, osar y de paso recordarle. Gracias, maestro.

Sólo vivimos 26.000 días

Cinco guarismos. Nuestra existencia y sus raíces sometidas a la aritmética. De media tardamos 26.000 días en salir, subestimar al mono y apagarnos. Al aplicar el día como medida de pasatiempo conseguimos reducir el intermedio a un puñado de satélites y sorbos, de ganas y deseos. No sucede lo mismo con los años, quizás por abarcar más en nuestro intento de alargarlos. En cuanto a las semanas, bien, gracias. Pocos cuentan en ellas; tampoco en estaciones. Quizás la gente de campo, esos de país y biografía. Si recuperamos la medida de los días, variable del afán y sus desgracias, somos conscientes de lo poco que vivimos, de lo mucho a lo que aspiramos de lunes a domingo. Más el viernes en un baile. Estuvimos en ellos; y ellos siempre en nosotros siendo otros.

No quiero descontarme ni añadir si el resultado da una vida. Una vez vi deshacerse el mundo o hacerse en contra. En un espejo y un plato sopero. Lo más extraño resulta comprobar que empleamos menos de 26.000 días en llegar a 26.000. Nos basta con unas horas. Sin embargo, queremos extenderlas, díashorassemanasaños, volver a ser habiendo sido en un tiempo de arrastre. Extraña forma de avanzar restando. Porque el que arde deja una estela de carne, y del calendario se alimentan los gusanos.

25.521, 25.522… Todos podemos hacerlo aún siendo de letras. Porque en ellas encontramos un abrazo largo. Cierto que la calculadora nunca miente y uno destaca por su inexactitud, pero el cuchillo en toda cifra revela lo peor de todo ser humano y toda máquina. Daría igual empezar por el final, veintiséis mil, ir bajando en unidades hasta alcanzar la sombra del cero. Resulta que el antes de la vida nada tiene que ver con la muerte. Equivocarme, a eso aspiro; por el amor a las palabras y el lenguaje, por el desprecio de limitar lo vivido a una cuenta que además no sale. Nunca.

Ilustración: Hiroshi Nagai

Somos expertos en crearnos problemas

Su efecto duró varios meses. Cuatro o cinco. Los números importan poco o no cuentan. Con la muerte de padre se derribaba esa muralla levantada durante mi vida, obra de contención ante el dolor. El seísmo de la pérdida fue tan grande que vi caer grandes pedazos de miedo, sillares de incertidumbre del cielo a mis zapatos. Y un nuevo paisaje apareció. Pero uno de planicie y sol oblicuo, sin interrupciones, envuelto en la certidumbre de que, a pesar de los intentos, los días son mucho más sencillos de lo que nos proponemos al despertarlos. Y es que somos arquitectos de problemas, siempre empeñados en construir y diseñar un nuevo recelo, un poco más de cobardía, quizás esa enfermedad inexistente en un ahora que simplemente pasa al pensarlo. Luego nada.

Aquellos meses —bien pudieron llegar al año—, la ausencia de padre y su guitarra servían para reforzar una certidumbre sólida, líquida y de colores. Caminaba como vuela un colibrí —menos cromático—, sin la responsabilidad del que conserva y apuntala su muralla convertida en hortensia. Y el temor a ser como los demás se disipaba porque el hombre que teme al temor sólo necesita agua, alimento y lecho compartido. El cobijo lo ponen los amigos, el amor, el mar. En cuanto a los problemas… van menguando porque dependen de nuestra mirada. ¿Y si oteas el horizonte limpio? Ya no están.

Como siempre, el efecto dura menos de lo deseable. Más por culpa nuestra que de él. Así somos. Superado el trance —algo tiene el duelo de magia blanca–, comienzas a juntar guijarros, arena de playa, piedras, planes. Poco a poco el terreno baldío da paso a la huerta, después la zanja, luego las paredes, hay hueco para una piscina. Al tratarse de una propiedad mental se expande más allá de la razón. La voluntad mengua a medida que el tabique coge vuelo. Y así vivimos, atrapados fuera del mundo.

Ilustración: Guy Billout

La pregunta que nos deberíamos hacer

Su cuerpo forma parte del subsuelo y los gusanos y, sin embargo, Michael K. Williams sobrevive en la memoria. Porque algunos dejan cicatriz, y son a esos a los que volvemos cuando la duda se hace costra. De alguna manera un poco extraña sabía que escribir sobre su muerte el día del deceso no le hubiera hecho justicia. Eso hubiera supuesto añadir una esquela más en la lista de este mundo-cementerio siempre en búsqueda del titular que intercambia verdad por oportunismo. Hay que dejar a la gente marchar en paz, sin palabras que sólo hacen ruido y entierran el silencio. Precisamente, gracias a ese tiempo prudencial, ahora descubro la pregunta que Michael hacía al inicio de cada temporada de «The Wire». Así se desvela a la persona cuando el personaje muere.

¿Por qué hacemos esto?, espetó a un perplejo David Simon, responsable de la serie. Podría parecer que simplemente respondía al interés del actor por acaparar líneas para Omar Little, el maleante que robaba a otros maleantes que robaban a personas decentes. «Corre la voz, querida. Omar ha vuelto», decía antes de desaparecer entre las sombras. A medida que el hilo de la conversación se estiraba, Simon se dio cuenta de las verdaderas intenciones de Williams: pensaba en la historia en su conjunto, en la generosidad como ofrenda que uno se hace a sí mismo olvidándose de uno.

Es curioso que la pregunta que todos deberíamos hacernos (en algún momento) parezca condenada a un olvido consciente. Será porque tendemos a apartar del camino todo eso que cuesta, será porque la vida es «la mierda que ocurre mientras esperamos momentos que nunca llegan». Es verdad, da miedo descubrir que lo que hacemos carece de sentido. Levanto la mirada. Dejo de escribir. Miro dentro de los ojos de Michael. Regreso de las profundidades para apuntalar el último párrafo. Desconozco por qué hago lo que hago, pero ando cerca, lo intuyo. Y sonrío bajo un cielo plomizo que anticipa el fin del verano, el fin del mundo tal y como lo conocimos.

Fotografía: Jesse Dittmar

La vida es buena

Desde hace dos años muchos hablan de pesadilla interminable, una forma de convertir la vigilia en deshecho, restos de tiempo quemado. Y como siempre, los malos sueños duran más de lo necesario, precisamente porque la felicidad se descuenta por instantes en los que uno quiere lo que hace, ama lo que ve e incluso lo moldea. Los minutos, y por lo tanto las horas, corresponden a días cualquiera que discurren sin que suceda algo relevante, una sucesión de momentos que, con suerte, conforman una historia escondida, la nuestra. Así arrastramos los pies, pendientes de lo que ya vino y el pronóstico del tiempo, porque de alguna forma el aquí y ahora sólo queda al alcance del puto budismo zen.

Es cierto. A veces, respirar duele. Percibimos el pinchazo, la banalidad del mal en portadas y audios, también en los bordillos, en una isla perdida en el Atlántico y las almohadas. Sin embargo, todavía podemos disfrutar del dios de las pequeñas cosas, de sus mariposas nocturnas y la brisa del mar enredándose en el cuello de los adolescentes. Quizás cueste, pero la vida continúa imaginando, incluso al señalar con su garra suave a los que amamos sin esfuerzo. Perdemos, sí; también podemos contar que lo perdimos.

Mejor dejarse de juicios, asumir las consecuencias de nuestros actos y los del mundo que los desgasta. Más que nada porque encontrarle sentido a todo esto se considera el primer estadio hacia la locura. Ocupamos una plaza por defecto y resulta gratificante saber que el presente alcanzará el futuro sabiendo que hicimos todo lo necesario para convivir con lo inaceptable. Ahí reside la belleza de las cosas. Desde el borde de tus ojos puedes mirarte correr bajo las estrellas. No lo soñé; la vida es buena.

Ilustración: Caitlyn Murphy