Eso que tú nos diste, Pau

Algo extraño sucede al hablar de la muerte. La mandíbula se tensa, la mirada se encoge. Lo siguiente, cambiar de tema. Poco importa que impregne el bol del desayuno o aceche cada respiración mal dada. Luego está lo del Pau. Decide pasar el inevitable tránsito con la familia, Fideos y ante las cámaras. Mira a Évole y de entre los surcos de un jirón de piel se destapan los ojos de un niño, los mismos que acompañan una conversación sobre cosas normales, corrientes. Algo más extraño sucede porque ante lo inevitable —ojalá pudiera vivir quince o veinte años más, dice— reivindica la vida bien usada, soporta el pensamiento de quedarse atrás, aunque no quiera. Y llora, y ríe y adrede despoja de drama los últimos momentos. Doce días después era un recuerdo.

Todos conocemos la antesala de la muerte. Algunos porque se lo contaron; otros porque les tocó. Normalmente lo que se hace es acompañar al paciente —la palabra enfermo es inexacta — y entender que muchas veces se hace mucho no haciendo nada, sólo estando. El tiempo deja de contarse con relojes y la vida queda en ese suspenso en el que dar un paseo por la montaña, pelar una naranja o atardecer adquieren su verdadero significado, el que tienen aquí y ahora.

Pau tiene frío y se coloca la gorra hacia atrás, igual que un adolescente de cincuenta y tres años. Da igual, llega a decir. Y en se momento uno entiende que algunos mueren muchas veces antes de morirse, y otros lo hacen tal y como vivieron, con la tranquilidad que otorga saber que es síntoma de vida. La entrevista termina y pasan los créditos. Las canciones adquieren aspecto de silencio después de verle susurrar desde el más acá. Ya por eso merece la pena amar, cantar, vivir. Eso nos diste, Pau, y eso es la hostia.

Ilustración: http://www.ellocodelpelorizo.com

La voz de Alfredo Matesanz

Hubo un tiempo en el que la radio era el único medio de alumbrar a una ciudad entre montañas y girasoles. A diferencia del resto de cuentos no había princesas ni brujas —quizás las hermanas Guadalupe— y el narrador se convertía en protagonista sin quererlo. Desde aquella máquina de amplitud y frecuencia modulada, Alfredo Matesanz contaba lo acontecido en Segovia y para los segovianos, sin olvidar las noticias de un mundo más pequeño en su garganta. Lo hacía tal y como se hace desde el principio de la tradición oral, con emoción pero sin prisa, con rigor y fuego de campamento, tanto que muchos críos nacidos en los ochenta se dormían con su voz de fondo. Así es como entró en muchas casas para nunca más abandonarlas, un padre presente e invisible… hasta que se le apagó la radio.

Sucede siempre. Los mejores se despiden antes, como si de alguna manera su legado quisiera tomar la palabra que dejan en suspenso, y más en este caso. Porque Alfredo Matesanz vivía intensamente su ciudad y la ciudad latía con el impulso de un hombre al que le brillaban los ojos detrás de un bigote y un micrófono con esponja.

Ese es el problema de vivir, que uno crece y aprende a asumir lo inaceptable, la pérdida y su silencio. Sin embargo, hubo alguien que se mantuvo joven hasta el último día porque en la radio el tiempo pasa de otra forma, al ritmo de los minutos y el presente. Hoy los segovianos andan perdidos porque falta el narrador de su historia. Encontrarán el camino en el viento, junto a los campos de trigo, entre las ondas. Gracias, Alfredo “Radio”.

Ilustración: Jose Luiz López Saura

Arrivederci, Battiato

Franco Battiato ya no late. Y es extraño, tanto como los recovecos de sus canciones, la electrónica de carne y hueso y esa mezcla de funcionario y dandi de “La gran belleza”. Porque sólo un músico enarbola la bandera blanca, define un centro de gravedad permanente y encuentra el alba dentro de las sombras. Pero las cosas son así, la gente viene y va sin acuse de recibo, y en medio de toda esta sinrazón casi todos recurrimos a la música para llorar la pena como los bailarines búlgaros pisan braseros ardientes, como cantaba él.

Siempre me fascinó su facilidad para convertir artefactos complejos en cajas de música para todos los públicos, algo que sucede muy de vez en cuando… y esas camisas. Al final todo se reduce al misterio, arca perdida de un tiempo en el que para trascender es necesario retransmitir la vida en directo, alimentar a la bestia de las plataformas. ¡Pero nada de nostalgia! Franco iba por delante del tiempo y Battiato deja unas pocas canciones —30 discos— y esa necesidad suya de vernos danzar con candelabros en la cabeza. Hoy la vela se ha apagado, pero volverá mañana, un poco cada día. Arrivederci, maestro.

De cómo la política nos separó

La gente nunca estuvo unida. Quizás contra el hambre o la pesca de ballenas, pero cuesta asegurar que camine tan junta como lo hacen los hinchas de un equipo. Tras las elecciones a la Comunidad de Madrid y el estado de alarma —ambos acontecimientos políticos y masivos— cristaliza un distanciamiento social distinto al preexistente: bloqueos en redes sociales, peleas con amigos de la infancia, el termómetro del asco disparado por culpa de los botellones… El caso es rechazar, ponerse cruces, seguir introduciendo variables que nos reafirmen en lo que pensamos frente a una estupidez generalizada que, paradójicamente, va hacia hacia la izquierda y la derecha.

Sucede que si —en el mejor de los casos— no tuvimos que despedirnos de nadie por culpa del virus, ahora comenzamos a socializar otro tipo de pérdida, esa que prescinde del señor Muerte y, sin embargo, entierra a los demás en vida. Y uno intenta explicar sus ideas, llegar a comprender de perfil qué piensan los que siguen yendo a garitos sin mascarilla, negando la utilidad de las vacunas o haciendo lo que les sale de los cojones porque ya es demasiado tarde para cambiar.

Decía Rosa Luxemburgo que hay que luchar por un mundo «donde seamos socialmente iguales, humanamente diferentes y totalmente libres». La realidad envía señales contradictorias: desigualdad exponencial, ciudadanos antagónicos e incapaces de reconocer a su propio hermano y libres según el padrón. Nada nuevo. Es tal la diversidad que la civilización se ha convertido en un zoo que ahora cierra a las dos de la mañana. ¿En qué momento intercambiamos nuestro granito de arena por ladrillos? A ver si lo arregla un poco la llegada del verano, pero pinta mal.

Ilustración: Kiyoshi Awazu

Para los que padecen ansiedad

La ansiedad puede llegar a convertirse en el tiburón blanco del dolor. Permanece oculta bajo la superficie, abarca el territorio infinito del cuerpo y la mente y algunos días muerde con saña. A pesar de la metáfora cetácea, ese fascinante animal es mucho menos peligroso que el trastorno en cuestión. Ahora que sólo podemos transitar ciertas aguas por cuestiones de distancia y caudal, vuelve a aparecer en muchos de nosotros. Sin embargo, y a diferencia de otras sensaciones anómalas, muta y se transforma, adquiere síntomas cambiantes: agitación o tensión un día, hormigueos en brazos y piernas otro, temblores, inseguridad, crisis de pánico y hasta pérdidas de memoria. Y claro, en el autodiagnóstico de Google aparecen docenas de enfermedades que incorporar a nuestra sombra, lo que amplifica una angustia que a veces deriva en depresión o, en el peor de los casos, en encefalograma plano.

El problema es que, tal y como están los hospitales, pedir cita con el especialista se complica. Más que nada porque atienden a meses vista —está claro que las prioridades son otras— y si lo hacen antes de verano es muy probable que te despachen en cinco minutos con un buen surtido de pastillas para ser medianamente feliz una parte del día. De la noche nadie dice nada porque se ve menos, pero soñar se hace bola cuando te despiertan las taquicardias y el rumor de una muerte próxima.

Ojalá tuviera la receta universal, al igual que ignoro las razones de mi estado. Cada uno lo gestiona a su manera, lejos de las drogas, cerca del deporte o sobre un diván de Maisons du Monde. Para mí lo ideal es una combinación de las tres y, pese al yoga y los pulmones como nubes, hay días en los que ni con con esas. Al menos si escribo sobre ello invento un clima de normalidad, una ficción clínica, ante un problema más grave que la inminente crisis económica. Aceptar la ansiedad y sus embistes es un gran paso. Y por cierto, aunque parezca imposible se supera. Palabra de ansioso.

Ilustración: http://www.nanlawson.com

Métete tu opinión por donde te quepa

Vengo del hospital. Pero estoy bien, al menos de salud. Solamente quería ver con mis propios ojos una realidad que se ha convertido en un juicio de valor en boca de todos. Incluso estas palabras, testimonio directo de una vivencia son, hasta cierto punto, una opinión. Porque si hubiera llegado antes o una hora más tarde a la clínica “La Milagrosa“, ese hecho, en principio superfluo, hubiera hecho brotar en mí otra idea, quizás menos lúgubre, quizás más esperanzadora. O tal vez la hubiera enterrado. Había taxis y muchos viejos, supongo que como un día cualquiera. Incluso una monja con la mascarilla a juego con el hábito. Tres ambulancias se detuvieron. Comparten sílabas con esperanza.

Es raro encontrarse al otro lado, en la acera de enfrente, fuera de esos fríos muros sabiendo que en el interior, y cada día, mueren dos de cada diez. Mientras sucede, los sanitarios nos lo imploran —olvidamos la solidaridad antes de las Navidades—, y el resto opina. Que si la libertad por aquí, que si la economía por allá, que si los culpables son los políticos, que cómo vamos a renunciar a los pequeños placeres cotidianos, que si nos están enterrando en vida… Si uno se detiene, prescinde del ruido y la rabia, nada de eso resuena en los pasillos. Puede que el ritmo acompasado de unas constantes vitales.

Quizás haya llegado el momento de callarse, de dejar de decir en voz alta lo que pensamos, últimamente algún tipo de queja, insulto o malestar. Hacerlo durante unos meses, por ver qué pasa. En esa inacción activa hay implícito un enorme respeto por los caídos, por los que no pudieron despedirse de los suyos y por los que, a todas sombras, se irán. Resulta que la opinión es «la enemiga directa de la verdad», pero en “La Milagrosa” se obran milagros todos los días. Qué silencio más extraño el de la muerte…

Ilustración: Giulia Rosa

Maradona arranca por la derecha

Para los ateos, la figura de Maradona, a veces Diego, es lo más parecido al Mesías, tan humano como cualquier niño del policlínico Evita y a la vez inalcanzable como la gloria del gol contra Inglaterra. Y lo es por la sencilla razón de que en una sola persona se congregan el comienzo del partido y la crucifixión, la hora de la Argentina en la muñeca derecha y la local en la buena, el balón como credo y el hombre que es más hombre por la gracia de sus múltiples Judas. Entre medias, un mundo a las bandas, expectante ante la próxima jugada dentro y fuera del estadio, ansioso por entrarle por detrás para admirar su resurrección en el noventa. Porque si algo tenemos claro es que Diego Maradona nunca muere, a pesar de que su corazón ya no nos lata. De ¡Santa Madonna! a Gennarmando pasando por el vicio del sábado noche. Y por eso su historia se cuenta por revanchas.

Gracias a él los perros y los niños llevaban pelucas, los escépticos poníamos la tele cuando hacía de una bola de papel el centro de todas las miradas, y por fin el Sur existía ante la maquinaria de los ricos, esos que le hacían vudú con el diez a la espalda y veneraban en privado, los mismos que sonreían aliviados al verle transfigurado en Maracoca un miércoles para después marcarles tres goles el sábado a la tarde. Y él no se callaba, ni dentro ni fuera. Será porque los genios tienen el don de la inoportunidad, incluso en los descansos.

Más allá de odas y panegíricos el mayor mérito del Barrilete Cósmico fue ser auténtico a todas horas, ante cualquier oferta o adversidad, algo que por otra parte resulta mucho más meritorio que interpretar a Jesucristo en su versión albiceleste. Si eso no es ser divino entonces que baje Maradona y lo vea; desde las alturas el mundo se parece menos a aquella pelota cosida a sus pies. A10s, Dieguito.

Ilustración: http://rinckscreative.com/

Siempre se van los mejores

Resulta macabro comprobar cómo la muerte de los mejores nos saca de este atocinamiento en bucle de cuyo nombre no queremos acordarnos. Así van cayendo, en fila india, y hoy, como no podía ser de otra manera, le ha tocado el turno a un tal Son o Sin o Sean Connery, probablemente el único calvo hirsuto con la consideración de estrella intergaláctica y transgeneracional. Da igual si no te gustan las películas de espías, las de aventuras o con rusos torpedeando el mundo, las de gánsters en franela y caballeros que comen con las manos, las de héroes tristes y curanderos en tratamiento, las de dragones sin hambre…, ahí estaba él a una voz pegado protagonizándolas todas, aunque solamente apareciera 007 segundos, tiempo más que suficiente para perdurar en el espacio-tiempo de una memoria que ansía regresar al futuro. Es extraño que los que forman parte del mundo de la cultura sean siempre los más llorados. Será porque sin Sean y todos los que cierran los ojos para siempre este mundo no estaría ni mezclado ni agitado, simplemente dejaría de hacer pie. ¡Slán leat, querido Sean! 

Ilustración: Robert McGinnis

Unidos por la pérdida

Últimamente resulta imposible esquivar el tema de marras, como si todos los caminos condujeran al virus, y el día a día, con sus consecuencias y a destiempo, orbitara alrededor de una enfermedad que, poco a poco, adopta múltiples formas. Y es que por un lado, proliferan aquellos que expresan su incapacidad para acatar del toque de queda, manifestando que muchos sufrimos un ataque de ceguera, ansiando declarar la insurgencia y salir a quemar la noche en nombre de la libertad individual. En frente y con mascarilla, otros más pacientes o quizás entumecidos por la manera con la que algunos reclaman ese derecho a vivir, un verbo que roza la supervivencia, pero que implica al conjunto de la sociedad. En definitiva; polos opuestos unidos por la pérdida.

Porque mientras nos enzarzamos en discusiones sin final cierran los cines y los bares, la tienda de instrumentos y el único restaurante con menú a precio de ciudad habitable, espacios y tiempos en los que solíamos jugar. Desprenderse de ellos y su recuerdo significaría borrar un pasado que perfila este presente gris, de igual manera que siempre guardamos el número de padres y amigos fallecidos por miedo a no poder llamarlos cuando nos hagan más falta, quizás en un futuro de espuma y playa.

Así estamos, entre el duelo y la memoria, un poco deshilachados, aunque con el dedal y la aguja preparados para tejer puentes y algún que otro acuerdo que nos aproxime un poco, al menos lo suficiente para evitar perderse de vista desde la otra orilla. Es en ese punto geográfico, con el viento despeinándonos y las orejas frías cuando seremos conscientes de que lo que se pierde nunca se va y, si se va, nunca termina de perderse.

Ilustración: https://robbailey.studio/

Oda a Van Halen

Érase un hombre a una guitarra pegado. O tal vez al contrario y viceversa. Porque en Eddie Van Halen, o directamente Van Halen, no era posible establecer los límites entre las yemas de los dedos y su Frankenstrat, guitarra abortada por él mismo y que combinaba el terciopelo de la Stratocaster y la furia de la Gibson. Todo con un propósito claro: invocar a Satanás cada vez que la enchufaba a la red eléctrica. Así se pasó toda la vida, entre tappings a dos manos, armónicos artificiales, el abuso de puente flotante y un montón de técnicas impronunciables… al servicio de las canciones. Lo de los solos era algo inefable, como mirar al cielo desde el fondo del mar mientras arañamos una mesa de cristal de bohemia.

Y es que mientras el chico de la sonrisa perpetua y el peto hacía pasar a Jimi Hendrix por un carroza manco, los demás no sabíamos qué hacer para emularlo. Más que nada porque éramos incapaces de racionalizar lo que tocaba, como si un mismo instrumento se transmutara en una voz marciana que el paso del tiempo no ha hecho más que amplificar en la memoria.

Este 2020 continúa en racha y se lleva por delante al que ha sido, sin lugar a dudas, el instrumentista de rock más influyente de la historia. Por supuesto, esta es una apreciación absolutamente objetiva, para nada una apreciación personal. A los escépticos, terraplanistas y conspiranoicos les recomiendo empezar el día con la intro de “Mean Street”. En esa intersección de café y groove sobran las palabras. Y hasta el silencio. Gracias por el viaje, VH.

Ilustración: Troy Mueller