La voz

Todos nos vamos a morir. Mimi Parker, en cambio, se calló. Silencio. Tocaba en un grupo venerado por sus melodías tristes, un poco de ninguna parte. Porque la música es aquello que sucede dentro, nada que ver con el confeti. Ella era Mimi, sí, pero también la voz de Low, un poco la nuestra. Porque los cantantes no pueden separarse del tono, de sus inflexiones y el énfasis en las palabras, al igual que es impensable escuchar al mismo grupo sin uno de sus miembros… excepto si es el bajista el que se muere. La voz, la suya, pronunciaba nuestro nombre en una escala, llamaba a filas por la paz, concentraba la personalidad de una mujer ahora ya muda. Quedará su eco.

No todos podemos ser cantantes. Otra cosa es cantar. La voz nos crece y en ella vamos creciendo, conociendo este mundo raro. De ahí que las cuerdas vocales se estiren. Agravarse; envejecer lo llaman. Así mantenemos a los monstruos a distancia, inspirando miedo. La de Mimi hacía todo lo contrario. Ella cantaba suave, casi un susurro, alejaba la garra y lo que duele. Ahora descansa bajo la tierra sin llegar al cielo. El olvido se encargará de que nadie recuerde su mirada con los años, su olor, esa mata de pelo. En cambio, su voz seguirá insuflando rumores de vida. La tristeza puede ser tan hermosa…

Resulta que, a pesar de la capacidad de hablar, muchos carecemos de voz propia. A esa misión diaria se encomendaron músicos y afinadores de pianos, escritores y cineastas. Casi todos fracasan porque esa voz no llena espacios, ventrículos, tiempo como trucos de magia. Mimi cantaba y una minoría prestaba atención. Me pregunto qué harán esos mismos ahora que calla. Ya lo dijo un gallego: «Sin voz no hay lágrimas». Y es mentira.

Ilustración: http://www.klauskremmerz.com

Cuando tu mundo desaparece

El mundo nunca fue uno, sino todos. Ni siquiera antes del primer destello. Desde entonces, los peces, las copas de los árboles y los seres silenciosos han visto desfilar universos infinitos, héroes. Creyeron que nada cambiaría. Porque ya se sabe que la juventud implica una mentira, como si lo que sucede no fuese más que un problema ajeno. Una mañana, ya adultos, reciben la noticia. Luego les invade la pena. De noche, se acercan a la ventana con el estómago vacío y observan los restos del primer destello. Orfandad siempre sin sol. Nada que ver con los vínculos de sangre. El ídolo ya no respira. El mundo es otro, suyo.

Ocurre en intervalos irregulares. La muerte tiene esas cosas, que insiste sin avasallar. Quizás por esa razón nos avergoncemos de haber pensado que Lanegan, Marías o Godard estarían siempre. Presentes desconocidos. Se dejaron escritos, también en imágenes y notas, y a ellos volvemos cuando queremos entender qué es esto que nos sucede y daña. Por su culpa supimos lo que no queríamos. Saber lo que queremos resulta inasumible. Entonces el cine, la música, los libros con arena de playa entre las páginas cumplen una promesa que nunca hicieron.

Necesitamos creer que nada cambiará, gran forma de engaño. Lo contrario implica adaptarnos a un espacio virgen, con el perfil del cuerpo, pero en una postura hecha de escorzos. Las transiciones están llenas de melancolía. De ahí que algunos opten por quedarse rezagados. La tarde, mientras, anticipa madrugadas. Después, los párpados se encargarán del resto. Sí, yo también soy copa de árbol, un pez, otro ser silencioso que añora el mundo que se va perdiendo. Por eso sigo, de otra manera sigo siendo. Y está bien.

Ilustración: Guy Billout

Una separación

Cuando murió mi padre pude entender el significado de la pérdida, realidad que lo consume todo. Su lado de la cama quedó intacto. Había fotos de él en nuestra casa, también la estela de una guitarra en el sofá y sus ojos verdes amarilleándose bajo el sol. Aquel silencio invadió las noches, las mías, también algunos sueños, fue extendiéndose como el cáncer que acabó con él. Asistí al entierro como los pájaros del tendido eléctrico, fui testigo del calor de los amigos y alguien de la funeraria me preguntó si quería despedirme. Apenas pude mantener la mirada. En el féretro había un rostro frío lleno de todo lo vivido, de todo lo que no pudo vivir. Pensé que no podía haber algo más triste. Estaba equivocado. Con la separación se reproducen los síntomas, misma ausencia. La diferencia se encuentra en el asombro.

Aceptarlo consuela más bien poco. Ella se ha ido, pero sigue respirando en otra parte. Y está bien, precisamente porque ya no está conmigo. Puedo intentar acabar con aquel rastro. Pelo, zapatos debajo de la cama, un trozo de jengibre que guardo en la nevera como si de un relicario se tratara. ¿Qué hay de los lugares que eran nuestros? El restaurante de la plaza del Descubridor Diego de Ordás, la acera de la izquierda, la mirada de sorpresa de los que te preguntan cómo está. «Pues mejor», respondo delante del espejo. Óscar, el peluquero, me está mirando como yo miraba a padre el día de su entierro.

Lo sé, todo lo que necesito es tiempo. De padre me acuerdo cada día y ella volverá como la lluvia. Será fugaz, luego mi mente pasará a otra cosa, aunque nunca deje de asombrarme: mismo dolor con resultados tan distintos… Donde hubo costumbre ahora hay anhelo, donde hubo amor una forma extraña de estar lejos. Mientras tanto, ando despidiéndome de Tokio, de sus calles llenas de gente sola y el gemido de los trenes. Ella se lo llevó todo en una maleta azul. Resulta que yo también estaba dentro.

Ilustración: Guy Billout

El sacrificio

Toda relación amorosa implica una forma de humillación. Nada de gloria o recompensa, más bien un ir haciéndose que, a veces, da sentido a todo. Otras, las menos, conduce a placentas oscuras, cristales cóncavos, ángulos muertos. Es precisamente ahí cuando surge el sacrificio, pero no el de la atadura de Isaac y los gimnasios, sino una vida que implica la supervivencia de la pareja, también la ruina con vistas a cargar agua entre las manos del otro. El caso es que siempre podemos soportar más y un poco más, incluso ir a favor de la primera ley de la conservación de la materia sin tener carrera: «La masa consumida de los reactivos nunca es igual a la masa de los productos obtenidos». Química humana toda ella.

Entonces llega el miedo a querer, a dejar de ser amado o a una equis de combinaciones por pares, variable de carne y zonas comunes con forma de desgaste. Y llega el deterioro. Sorprende comprobar que surge de repente, ¡entra!, con algún indicio previo entre los más cercanos. Es cierto, saben más ellos de nuestra relación que nosotros mismos, precisamente porque la pareja se percibe desde fuera como un accidente. Dentro todo sucede tan deprisa que ese movimiento se intuye al correr, nunca pasa por delante del escaparate. Ese es el miedo del que hablo, lo llaman soledad y los otros la ponen a la venta.

Sufrir o no sufrir, sacrificarse, ponerse en lo más alto de una cruz tallada por si acaso, que decore solamente. ¿Hasta dónde llegar en el empeño? Solo espinas y una herida en el costado, venga. Y sudas, y como esto no va de éxito tampoco sabes si el límite lo marcas tú o el tiempo. La duda de saber si el otro haría lo mismo acecha en sueños y con el café de la mañana. Resulta que da igual. Insistes por amor, oxígeno que enciende el aire de las noches cálidas, la única razón por la que vivir ardiendo.

Ilustración: Guy Billout

Juan Diego, el maestro sin apellidos

Nadie tiene muy claro quién es. Tampoco el papel que le ha tocado interpretar, ni en el proscenio ni en la placenta de los días. Por eso, Juan Diego, un sevillano de voz de yunque a punto de fundirse decía que «dentro de mí está ese hijo de puta y ese homosexual y ese nudista y ese comunista y ese tipo amable y ese violador. Dentro de nosotros está todo lo bello y lo hermoso, todo lo horrible y despreciable».

Quizás por esa razón su ausencia pesa tanto, moja, porque, a veces, los actores se olvidan de la vanidad y transmiten historias, nos cuentan en ellas siendo otros, interpretan el difícil arte de comunicarse sin intermediarios. Después hay un director cansado que grita «¡corten!» y un actor sin apellidos, con carnet y una pistola lanza un obituario al aire: en Rusia nieva y borracho se está mejor que sobrio.

Resulta que Juan Diego era su nombre, de ahí que los apellidos los aporten Landa, Fernán Gómez, Pávez, González, Rabal y el resto de una estirpe que, poco a poco, va dejándonos un poco más solos, un poco más perdidos. No puede haber gente más triste que nosotros hoy, eso seguro. Descansa en paz, Juanito, te llevas a la tumba una parte del cine que nos queda en la retina y tu memoria.

¿Y qué hacemos ahora sin Mark Lanegan?

Mark Lanegan se murió mientras yo observaba mi sombra en la pared. Curiosa forma de irse hacia la luz. Porque con él se rompían casi todas las reglas menos las de la belleza, una tela que tejía con un micro, siempre diciendo adiós con la certeza de volver a verlo. Pestañeas y el mundo anochece. Hemos y he perdido la voz de todas las generaciones extraviadas y, en cambio, nada más fácil que reencontrarse en sus canciones de sierra, repletas de un dolor tan extraño que apacigua. Así cantaba, como si perdiera el aliento. Será por eso que yace a los cincuenta y siete años entre montes verdes, convertido en memorias de vaqueros rotos por las rodillas, camisas de leñador y el pelo por los hombros, una parte de nosotros que aún palpita.

Nunca quiso destacar entre tanto saltinbanqui y ha terminado sus días encerrado en discos tan espinosos como únicos. Algo tenía que ver su voz, siempre al rescate, de la misma forma que un padre sujeta la cabeza de su hijo al vomitar. Y ahí nos quedábamos, estáticos, mudos y mirando hacia nosotros, que es todo lo que hay que hacer cuando uno escucha bien. Así se hizo compañero de día y leyenda de un tiempo que se acaba, coche fúnebre y fanfarria, uno de los nuestros por su resistencia a olas y tendencias.

Pronto se van los mejores, extraña forma de justicia en la Tierra. Esta noche, mientras todo resuena menos y la oscuridad se dobla hacia fuera, escucharé su música hasta quedarme dormido. Ahí, en una cama sin testigos ni estrellas, Mark construirá de nuevo ese lugar a salvo de los demás bajo la sombra del lugar más bonito del mundo. Descansa, querido Mark. Todo esta tristeza nos recuerda lo felices que nos hiciste.

Silencio… suicidio

Hallan muerta a … ; encuentran en su casa el cuerpo sin vida de…; falleció la actriz… Los titulares fomentan el misterio, lo que equivale a silenciar la causa de la muerte: 800.000 personas al año, una cada cuarenta segundos. Por supuesto, las tentativas no valen ni para un tweet y, en el caso de Verónica Forqué, la necesaria normalización del suicidio —primera causa de muerte en España— brilla por su ausencia… de pulso. Porque estar mal no es una opción. ¡Desterremos las emociones negativas que emborronan las cenas de empresa! El malestar ajeno… ¡fuera del hemiciclo! ¡Los niños no lloran! Entonces el daño en la sociedad es permanente. Y Verónica sonríe sin latido.

A pesar de tratarse de un grave problema de salud mental, esta torpeza periodística resulta macabra. La redacción bordea el suicidio, quizás por evitar un efecto llamada que no es tal, quizás por ignorar que los datos informan cuando vienen avalados por expertos. Mejor simplificar las causas —Masterchef le hizo mucho daño—, prescindir de los factores de riesgo —venden poco— e ignorar las circunstancias en torno a un hecho tan trágico como común.

La familia y los amigos echarán mucho de menos a Verónica Forqué, mujer que hacía reír sin intentarlo apenas. Sucede siempre con los cómicos, que llevan dentro la pena que no cabe ahí fuera. Tampoco hubo espacio en su obituario para las organizaciones que previenen el suicidio, tan necesarias, tan ignoradas. Ya lo dijo ella estando aún viva:«El secreto de la vida está en encontrar la fuerza, la energía o el amor necesarios para que la vida sea a la vez algo muy doloroso y muy pleno». Y se mató.

Ilustración: Paco Junquera

Siempre Stephen Sondheim

There’s a place for us, Somewhere a place for us. Peace and quiet and open air wait for us somewhere. There’s a time for us, some day a time for us, time together with time spare, time to learn, time to care, some day, somewhere

Stephen Sondheim llevó las letras de las canciones allí donde música y esa extraña forma de literatura al compás comparten espacio, emoción y por lo tanto vida. Siempre a la sombra del tintero, encarnaba al artista que se desvela por el verso, en los puzzles a los que era aficionado y en el hombre que decide solo consciente de no estar solo en el mundo. Cierto, fue incapaz de volar, pero nosotros lo hicimos con sus canciones. Nos veremos algún día, en algún lugar, sí, en algún lugar, maestro.

Ilustración: Uchida Masayasu

A Antonio Escohotado

Pensar nunca estuvo ni estará de moda. Implica riegos para la salud, dudas, posicionarse en el latido y, por tanto luchar, muchas veces en solitario, contra el numeroso ejército de la ignorancia. En esas coordenadas aspiraba el humo Antonio Escohotado, curioso irrefrenable de este y el más acá, capaz de escribir una obra cumbre en la cárcel y seguir revisándola cada cierto tiempo, consciente de que el conocimiento va a la fuga, de ahí que exija un retoque semanal cuando uno vive con libertad de palabra y obra. Y he aquí el problema: la libertad de pensar pesa, pero empequeñece el miedo.

Por eso tuteaba a Thomas Jefferson, traducía a Newton o tiraba de Hobbes cuando departía, en su caso una forma rara de reflexión. También se drogó, mucho y de calidad, particular manera de demostrar en sus carnes que no hay mayor ficción generalmente admitida que la erigida en torno a las sustancias prescritas por camellos. Eso sí, el alcohol, el diacepam y el tabaco siempre de curso legal, al alcance de cualquiera y anestesiando en nombre de una civilización miope.

Ahora que está muerto parece más cercano, incluso algo más viejo de lo que nunca fue. Vivió deprisa y se va tarde y en Ibiza, aunque mucho antes de que se le acabara la razón. Me quedo este párrafo de su «Historia general de las drogas» y aplicable al día a día: «La pretensión de esta historia ha sido ofrecer un conjunto de materiales para que el escuchante forme su propio juicio. No me siento imparcial, aunque he tratado de ser objetivo. En su fuero interno, cada cual llegará a conclusiones tanto más ecuánimes cuanto más tomen en cuenta el contraste entre el esfuerzo por lograr influencia y el esfuerzo por comprender». Pues eso, habrá que pensar, osar y de paso recordarle. Gracias, maestro.

Sólo vivimos 26.000 días

Cinco guarismos. Nuestra existencia y sus raíces sometidas a la aritmética. De media tardamos 26.000 días en salir, subestimar al mono y apagarnos. Al aplicar el día como medida de pasatiempo conseguimos reducir el intermedio a un puñado de satélites y sorbos, de ganas y deseos. No sucede lo mismo con los años, quizás por abarcar más en nuestro intento de alargarlos. En cuanto a las semanas, bien, gracias. Pocos cuentan en ellas; tampoco en estaciones. Quizás la gente de campo, esos de país y biografía. Si recuperamos la medida de los días, variable del afán y sus desgracias, somos conscientes de lo poco que vivimos, de lo mucho a lo que aspiramos de lunes a domingo. Más el viernes en un baile. Estuvimos en ellos; y ellos siempre en nosotros siendo otros.

No quiero descontarme ni añadir si el resultado da una vida. Una vez vi deshacerse el mundo o hacerse en contra. En un espejo y un plato sopero. Lo más extraño resulta comprobar que empleamos menos de 26.000 días en llegar a 26.000. Nos basta con unas horas. Sin embargo, queremos extenderlas, díashorassemanasaños, volver a ser habiendo sido en un tiempo de arrastre. Extraña forma de avanzar restando. Porque el que arde deja una estela de carne, y del calendario se alimentan los gusanos.

25.521, 25.522… Todos podemos hacerlo aún siendo de letras. Porque en ellas encontramos un abrazo largo. Cierto que la calculadora nunca miente y uno destaca por su inexactitud, pero el cuchillo en toda cifra revela lo peor de todo ser humano y toda máquina. Daría igual empezar por el final, veintiséis mil, ir bajando en unidades hasta alcanzar la sombra del cero. Resulta que el antes de la vida nada tiene que ver con la muerte. Equivocarme, a eso aspiro; por el amor a las palabras y el lenguaje, por el desprecio de limitar lo vivido a una cuenta que además no sale. Nunca.

Ilustración: Hiroshi Nagai