Música Morricone

Hoy ha muerto Ennio Morricone y con él desaparece un músico eterno. Lo que en principio podría parecer el acto lógico de un viejo de 91 años, se convierte en tragedia, precisamente porque solo unos pocos son capaces de congregar en torno a su legado algo parecido a la sombra de la unanimidad. Y es que es posible encontrarse con críticos de la obra magnética de este hombre inclasificable, pero lo hacen para dentro, negándose a aceptar que sus bandas sonoras representan algunos de los destellos más brillantes del siglo XX.

Así es como en su oído los fotogramas se convierten en algo parecido al amor o el miedo, la fe o la cercanía de la muerte, y un páramo en Almería se erige en el centro de la huella de Clint Eastwood y América es el patio de recreo de unos gánsters con acento siciliano. Porque, ¿qué cuentan sus partituras? La historia personal e intransferible de un romano al ritmo del ventrículo de millones de personas.

No recuerdo quien fue el que dijo aquello de que, en realidad, no nos importa la música, sino que nos sentimos vinculados a determinados momentos de nuestra vida asociados a una canción en particular, intercambiable en función de cada uno. En el caso de Ennio Morricone sucede todo lo contrario. Gracias a él por fin el sonido de la música importa. Y el mundo llora su pérdida en silencio.

Distanciamiento social de por vida

A veces, la vida se interpone y otras nos da la clave. El caso es que ahora que el distanciamiento social es necesario y parece integrado en el sentido común de la mayoría hay una conversación que se multiplica en mis escasas interacciones diarias con la mal llamada ciudadanía: ¿y si mantenemos ese alejamiento para siempre? En realidad, tampoco perderíamos tanto porque, mal que nos pese, desde el momento en que nacemos, comenzamos a tomar distancias, a enrocarnos en nuestros prejuicios, a ser, en definitiva, más nosotros sin rastro del resto.

Por supuesto, nada de lo expuesto anteriormente va en contra de seguir cuidando de amigos, novios y parientes, de las plantas que florecen en los balcones, del podenco y la hormiga, pero siendo más conscientes de que necesitamos menos contactos y más personas. Al fin y al cabo, ¿era necesaria una pandemia para llegar a esta conclusión tan líquida?

La respuesta varía en función de cada uno. Sin embargo, teniendo en cuenta que vivimos una media de 78 años e interactuamos con 3 nuevos seres humanos cada día, y un año equivale a 365 días —a excepción del 2020 que viene de bajón—, obtendremos un total de 80.000 encuentros. Pueden parecer muchos. Otra cosa es cuántos de ellos dejan huella en nosotros. O mejor aún; ¿qué es lo que dejamos nosotros? Historia. Escoria.

Ilustración: https://www.quintbuchholz.de/

No puedo respirar

George Floyd murió en el asfalto de Minneapolis con la rodilla de un policía en la cabeza. Le detuvieron por ser negro y parecer sospechoso. Después le esposaron, fue reducido y, delante de varios testigos, su corazón se paró. Bueno, más bien lo pararon entre un «no puedo respirar» y varios «por favor, por favor». Ocho minutos, ese es el tiempo necesario para que un gigante se convierta en cuerpo inerte. Ahora la ciudad arde porque la muerte en estos casos no se puede digerir. Aunque tampoco sea digerible en otra circunstancia.

George Floyd ni siquiera levantó la voz. Incluso mantuvo las formas a medida que perdía el conocimiento, como si de alguna manera supiera que no serviría de nada. O incluso algo peor. Si se hubiera resistido habría muerto antes, fruto de un disparo y un número de placa, siempre bajo la sombra de una ley que parece ir en contra de los que menos tienen. This is America.

George Floyd no era Christian Cooper, el hombre al que la policía buscaba por amenazar a Amy Cooper, una mujer blanca con un perro. El video es aterrador y, sin embargo, habitual, profundamente doloroso y al mismo tiempo incluye un gesto dulce, como si despedirse de la vida fuera ese párpado cerrándose para siempre. Ahora sí, ahora no. La muerte roza la perfección cuando no se hace justicia. Descansa en paz, George; vivimos en guerra.

Ilustración: Hippy Potter

Se va Anguita, nos deja a los mediocres

Y por fin, en pleno disenso patrio, pijos y desempleados, magnates del petróleo y antisistemas, comuneros y liberales a ultranza, tú, tu vecino patrocinado por Tefal, mamá, Aznar, Carrillo hijo, el panadero y el especulador de VOX, la hoz de Córdoba y el martillo malagueño, Felipe González y sus bonsáis tristes, todos, sin distinción de carne e ideas se despiden de un hombre que hizo de la coherencia y la humildad material un modo de estar en el mundo. Sus enemigos callan, el pueblo lamenta su pérdida y el sábado se rinde ante la más absurda de las evidencias: se va Anguita, nos deja a los mediocres. Así es, murió como vivió; con dignidad.

Ilustración: http://www.tutticonfetti.com

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El límite

La crueldad del hombre es un enigma. No tanto por el daño que es capaz de infligir en la carne y la memoria, sino porque empequeñece los logros del presente… y los que están por llegar. Es por esta razón que cuando un partido político — su sola mención equivaldría a abrir los ataúdes de la discordia— entierra la razón utilizando la supuesta unidad de un pueblo en la UCI como atajo para la gloria en las urnas, quizás nos esté brindando —de manera macabra— una posibilidad de progreso social.

Y entiendo el descontento de sus votantes, y el discurso de esos machos apelando al miedo, a las lanzas en el pecho y a la furia. Incluso su intensa labor por mantener costumbres del terruño, la sangre del toro, el destierro de la cultura y su aversión al cambio, la vuelta al NODO, las bocas llenas de patria, el corazón teñido de azul, el odio al rojo. Pero lo que no logro concebir es dónde está el límite. Porque no lo tienen.

Si la Gran Vía sorda y muda es ahora la norma, si su simple contemplación nos arrastra indefectiblemente a aquellas mañanas en las que la cocaína se mezclaba con los churros y el carajillo, al amarillo de las tardes en el que la gente desvalijaba el Primarck, a los hermanos ‘jevis’, universos urbanos en los que se encontraba cualquier cosa excepto un féretro, entonces el futuro pasa por borrar al fascismo de la fotografía. Los muertos ya los pone la realidad.

Qué terriblemente absurdo

Dicen que los que más te quieren son los primeros que van a visitarte al caer enfermo. En el caso de Luis Eduardo Aute desconozco si estuvo solo o acompañado en los momentos previos al último aliento, a la noche más larga. Tampoco sé si sus restos, cenizas, historia y flores, han tenido que hacer cola en alguno de los tanatorios de la capital, como también se me escapa si el poeta de la voz suave y el alquitrán pudo mirar por la ventana una última vez antes de cerrar los ojos.

Tampoco importa si digo que yo no escuchaba sus canciones, sino que las leía, y al mismo tiempo trataba de entender por qué el gineceo al completo —mi madre la primera— suspiraba al verle fumar, al pintar palabras con forma de caricia, como el que vierte una llama en el interior de un cuerpo tibio y escucha el nacimiento de un muerto. Y claro, el sueño se teñía de cine y la vida, de pronto, se parecía más a James Dean tirando piedras a una casa blanca y menos a lo absurdo de seguir respirando en los tiempos del virus.

Nunca le vi tocar. No creo que nadie pudiera conocerle del todo. Tampoco me consuela saber que nos quedan sus canciones, sus cuadros, el recuerdo de un pecho superlativo cubierto de vello, precisamente ahora que escuchar música es un acto suicida, la mejor manera de derramar lágrimas por una pérdida que es más de todos, menos carne. Se llamaba Aute; y ayer pasó.

El último punto de Kobe

No se sabe muy bien de qué depende, pero cada cierto tiempo —dimensión que representa la sucesión de estados por los que pasa la materia— surge un hombre que cambia las reglas de la física dentro y fuera de una cancha. A veces por su capacidad para flotar. Otras por convertir lo imposible en algo trivial, repetitivo, un gesto que, a cámara lenta, permite a los espectadores mejorar el curso de sus vidas, sonreír, tal vez soñar, olvidarse del (dudoso) honor genético de una talla S, de una vida M.

Porque ayer, tarde plomiza en Los Ángeles y noche en Madrid, acompañado de su hija pequeña y siete personas más, el corazón Spalding de Kobe Bryant se paró en un accidente de helicóptero. Así es como un jugador de baloncesto deja el mundo, por los aires, a varios metros por encima de la fuerza de la gravedad, la única capaz de arrastrarlo permanentemente hacia la tierra. Y el mundo en el suelo lo llora a pesar de no conocerle en persona, al (ad)mirar sus vídeos en Youtube y esas dos camisetas con el 8 y el 24 ondeando en lo más alto del Staples Center.

Lo mejor de alguien como Kobe fue demostrar que la vida late más allá de los cuatro cuartos, que ahí fuera los idiomas se descifran, los partidos de fútbol los pierde el que no aprende, los viajes perduran sin fotos, que los discos de Jay-Z son acojonantes y es posible amar la trama más que el desenlace porque el final es siempre el mismo para todos. Quizás ahora que ya no estás nos resulte más fácil entenderlo. Gracias, rey; nunca fuiste un jugador de baloncesto, eres leyenda.

Manos

Las manos nos representan. En realidad, son el único pasaporte de los hombres, una boca (70248056-Z) que en realidad es un dorso y una palma; espuma; noche sobre la que se despliegan la línea de la vida, el corazón y a veces la suerte; quizás la muerte. Ya lo decía Miguel Hernández: «La mano es la herramienta del alma, su mensaje, y el cuerpo tiene en ella su rama combatiente». Y así es, porque pueden ser pálidas como las del oficinista, venosas como las del abuelo, suaves como las de aquellos que las tienden sin saber el efecto que provocan, mezcla de envidia y grima… por no haber cavado una zanja en el otoño.

Algunos se fijan en ellas sin querer, y de alguna manera —un tanto extraña— primero es la mano y luego el resto, con sus uñas rotas, los dedos largos y afilados, en ocasiones chatos y peludos… ¡un bajón! Y es que al asesino siempre se le reconoce por llevarlas ocultas dentro de unos guantes de cuero, y las de las adolescentes terminan en punta, convirtiendo el tacto en cuchilla de afeitar. De hecho, puedes adivinar la edad del portador preguntándole a los dedos, y mientras el mundo calla sabrás si está casada, si anda bien de vitamina C o si en otra vida fue alfarera como Demi Moore en Ghost.

¡Y qué decir de esas manos que te tocan, rodeando el cuello, aplicando la presión exacta, ahí, justo ahí, juego de dos más veinte en el que el dolor se transforma en recuerdo y el placer es una piscina sin cloro! Después te quedas dormido y en el sueño ya no hay cara, ni cuerpo ni metralla. Al despertar, lo único que recuerdas es que alguien te sujetaba firmemente por las muñecas antes de dejarte caer en el abismo. Abres los ojos y su mano roza tu hombro. La vida.

El día que mueran los Rolling Stones

El día que mueran los Rolling Stones —da igual si son Keith, Mick, Ronnie o Charlie por separado o todos a la vez — sucederá algo impensable. El seísmo emocional será de unas proporciones tan inimaginables que todas las ciudades se quedarán a oscuras durante un día, los océanos perderán su reflejo rojo sangre bajo el crepúsculo y en su lugar, una enorme ola con la forma de los labios del cantante barrerá en silencio la superficie helada de un planeta a la deriva.

Da igual si desde Bridges to Babylon no han vuelto a editar ninguna canción memorable…, después de más de cincuenta años de carrera, ¿qué más se les puede pedir? Porque esos cuatro viejos (solos) representan mejor que nadie ni nada que algunas cosas son para siempre, y que incluso las cosas eternas terminan por desaparecer.

También da igual que lo único que se mantenga con brillo en el cuerpo atrofiado y senil de Keith sean esos dos ojos de niño entre surcos y arrugas, las mismas del que lo ha visto, lo ha probado y hasta duda de todo. Y el corazón de Mick, ¿hasta cuando podrá aguantar latiendo a la velocidad de un adolescente con acné?

El día que mueran los Rolling Stones ya nada será lo mismo y al mismo tiempo todo será igual. Su obra será reeditada y sus rubios descendientes disfrutarán de la fortuna familiar sin darse cuenta de que la vida tiene una manera muy particular de imitar la inmortalidad: será con el estribillo de Dead Flowers convertido ahora en una canción de alegría y redención.

Que su música y su memoria sean la mayor celebración del tiempo que pasa y olvida.

Karl Lagerfeld, una vida dedicada a acabar con el chandal

Y sucedió lo peor. Justo ahora que el chandal se extiende como la gangrena entre los jóvenes y los no tan jóvenes —pasando del patio del talego a los gimnasios y de ahí a la sala de reuniones de las empresas del IBEX-35 —, se muere Karl Lagerfeld, el exgordo que odiaba a las gordas, el único capaz de mojar un macaron en té sin quitarse los guantes de cuero, la quintaesencia de la persona hiperactiva que nadie,—ni siquiera él—, sabía a ciencia cierta a qué se dedicaba, mitad provocateur, mitad topo con puños de camisa dignos de Isabel I, y con la rara capacidad de pudrirse manteniendo el aspecto de un chulazo del Holiday Gym.

Y es que esa prenda, el chandal, independientemente de su comodidad, es uno de los signos que mejor expresa la decadencia del ser humano y esta sociedad de la (des)información. Da igual que uno la sienta libre a la ¡izquierda-derecha-izquierda-derecha-izquierda!, que cuando camines te abanique los huevos por detrás, que al hacer estiramientos sientas todo tu potencial rodeado de ese tejido Made in China que sirve de chaleco anti-balas a los dealers de pastis y crack: ¡no me jodas, que tienes cuarenta años y no estás para esas mierdas…, y mucho menos para ponerte gorra!

A los menores de veinticinco años les pido que visualicen este momento: “Atravesáis la ciudad en un moto eléctrica, un patinete o con un móvil entre vuestro cerebro y la acera y de pronto, salido a de ninguna parte pero tan real como que la moda no es arte, un coche se sale de la carretera y os arrolla, dejándoos tendidos en el suelo, vivos pero gravemente heridos. ¿Acaso es esa la imagen que queréis que tengan de vosotros los del SAMUR y los testigos del accidente?¿La de un mocoso sanguinolento y vestido con un chandal-peto de Puma o el último modelito de Rosalía, esa monstruosidad fabricada con el mismo material que mi traje de submarinismo?

Karl, dijiste muchas estupideces, —en eso nos parecemos mucho—, sin embargo y para mi epitafio me adueño de tus palabras providenciales:

“El chandal es la prenda que una persona usa cuando pierde el control sobre su propia vida”.