Oda a Van Halen

Érase un hombre a una guitarra pegado. O tal vez al contrario y viceversa. Porque en Eddie Van Halen, o directamente Van Halen, no era posible establecer los límites entre las yemas de los dedos y su Frankenstrat, guitarra abortada por él mismo y que combinaba el terciopelo de la Stratocaster y la furia de la Gibson. Todo con un propósito claro: invocar a Satanás cada vez que la enchufaba a la red eléctrica. Así se pasó toda la vida, entre tappings a dos manos, armónicos artificiales, el abuso de puente flotante y un montón de técnicas impronunciables… al servicio de las canciones. Lo de los solos era algo inefable, como mirar al cielo desde el fondo del mar mientras arañamos una mesa de cristal de bohemia.

Y es que mientras el chico de la sonrisa perpetua y el peto hacía pasar a Jimi Hendrix por un carroza manco, los demás no sabíamos qué hacer para emularlo. Más que nada porque éramos incapaces de racionalizar lo que tocaba, como si un mismo instrumento se transmutara en una voz marciana que el paso del tiempo no ha hecho más que amplificar en la memoria.

Este 2020 continúa en racha y se lleva por delante al que ha sido, sin lugar a dudas, el instrumentista de rock más influyente de la historia. Por supuesto, esta es una apreciación absolutamente objetiva, para nada una apreciación personal. A los escépticos, terraplanistas y conspiranoicos les recomiendo empezar el día con la intro de “Mean Street”. En esa intersección de café y groove sobran las palabras. Y hasta el silencio. Gracias por el viaje, VH.

Ilustración: Troy Mueller

Mafalda se queda muda

La viñeta, adherida a la nevera con la ayuda de un imán, fue testigo de excepción de un crecimiento que, aunque más escaso de lo deseable, establecía centímetro a centímetro mi paso, y el de mis hermanas, de querubines blondos a adolescentes con acné. Años después, el color del papel terminaría adquiriendo tonalidades amarillentas, más propias de una edad adulta que no convence a nadie, hasta desaparecer entre restos de basura orgánica. En ella, Mafalda, esa cría con preocupaciones de mayores y cuerpo de maceta, consolaba a su hermano pequeño, abroncado por su madre tras disfrazarse de fantasma con una sábana recién lavada. «Los fantasmas, no se sabe, pero las madres existen… ¡existen, Guille, existen!» le decía con ese tono entre condescendiente y lastimoso.

Y es que de alguna manera, Mafalda somos todos, porque a todos nos gustan los Beatles, los crepes dulces o salados y nos cuesta cada día más trabajo comprender a la humanidad. Si no es así, por lo menos tendremos algún amigo que se llama Manolo, soñamos en invierno con Brigitte Bardot en la playa y nos preguntamos por cómo hará el tiempo para doblar las esquinas en los relojes cuadrados. Lo que está más claro que el agua es que Quino solo hubo uno, y además hizo tanto por nosotros que al morirse los bocadillos de sus viñetas cobran una nueva vida.

Es muy probable que en el futuro no se prohíba la sopa, ni que llegue la bondad a la política. Tampoco mandarán los jóvenes a pesar de superar en número a los viejos. Sin embargo, podremos decir que el 30 de septiembre de ese 2020 cabrón descubrimos cuál era el verdadero apellido de un dibujo animado convertido en mito. Sólo hace falta mirar nuestro carné de identidad. Gracias, maestro. Por todo.

Ilustración: Quino

Un millón de muertes

1.000.000. Así se anuncia, sobreimpresionado y a todo color en las pantallas de los telediarios. Podría confundirse con el primer premio de la lotería de Navidad o el bote de Pasapalabra. Pero no. Esta sucesión de un lánguido uno y seis ceros, equivalente a la población de ciudades tan dispares como Valparaiso, Ámsterdam o la suma de todos los vecinos de Puente de Vallecas, Chamberí, Tetuán, Fuencarral-El Pardo y Moratalaz, corresponde al número de muertes por coronavirus. En el mundo, claro. Porque si Europa es ahora un país en ruinas y América un sueño dislocado con Asia en medio, la salud y la enfermedad se han encargado de conectarlos. Y de la peor manera.

Resulta terrorífico comprobar que este mar de cuerpos se contabiliza desde finales del 2019. Y acabamos de despedir este veran20. Así, se supera por un amplio margen los 650.000 fallecidos anuales por gripe, sida o suicidio, y entramos en liza con la tuberculosis, los accidentes de tráfico y la diabetes. Resulta que sí, que es real y está sucediendo, a pesar de los esfuerzos de algunos por negar la evidencia. En Auschwitz se enfriaron un millón de cuerpos. Y la historia se congela 60 años después.

La ley de los grandes números nos cuenta que si repetimos muchas veces un experimento —un millón de veces se acerca sigilosamente a un infinito—, la frecuencia de que suceda un determinado evento tiende a una constante. De momento, no hemos sido capaces de interpretar correctamente esta pandemia ni cuando era un fuerte resfriado. Sin embargo, la ola de vida continúa su curso, impasible, fieramente humana, frágil pero no vencida.

Ilustración: http://www.davidebonazzi.com/

Mal de muchos, consuelo es

Pocos hijos son conscientes de que una de las razones por las que la gran mayoría termina superando la muerte de sus padres es que su ausencia, en realidad, aligera la responsabilidad de tener que prosperar, nos ahorra el deber de convertirnos a todo precio en el vástago modelo o en la imagen cocinada en la cabeza de nuestros mayores estando aún vivos. Así, en esa soledad del corredor de fondo, el recuerdo antes de la pérdida siempre acompaña y, sin embargo, aligera el trayecto, mitiga, nos sacude para ser capaces de rendir cuentas con nosotros mismos. Y sólo con nosotros.

En periodos de pandemia sucede algo parecido e inversamente proporcional. El simple hecho de saber que se trata de un mal de todos —aunque afecte con particular virulencia a los más pobres— provoca en nosotros una cierta sensación de alivio, como si saber que el planeta tierra anda jodido a tiempo real y en cualquier uso horario actuara como bálsamo tras un exceso de exposición vital al peor de los escenarios posibles. Somos así, sensibles a la desgracia. Sobre todo cuando nos fuerza a regresar a una situación que creíamos superada hace tiempo.

Poco a poco, a medida que la mascarilla y el gel se emparentan con las llaves de casa y el Prozac, dejamos de exigirle frutos al avenir, precisamente porque si por definición no existe, ahora menos. El Antonio Machado menos tópico decía aquello de «¡Hombres de España, ni el pasado ha muerto ni está el mañana —ni el ayer— escrito». Nunca el infinito había sonado tan actual en boca de un poeta muerto. Y así nos consolamos un poco.

Ilustración: Geoff McFetridge

Música Morricone

Hoy ha muerto Ennio Morricone y con él desaparece un músico eterno. Lo que en principio podría parecer el acto lógico de un viejo de 91 años, se convierte en tragedia, precisamente porque solo unos pocos son capaces de congregar en torno a su legado algo parecido a la sombra de la unanimidad. Y es que es posible encontrarse con críticos de la obra magnética de este hombre inclasificable, pero lo hacen para dentro, negándose a aceptar que sus bandas sonoras representan algunos de los destellos más brillantes del siglo XX.

Así es como en su oído los fotogramas se convierten en algo parecido al amor o el miedo, la fe o la cercanía de la muerte, y un páramo en Almería se erige en el centro de la huella de Clint Eastwood y América es el patio de recreo de unos gánsters con acento siciliano. Porque, ¿qué cuentan sus partituras? La historia personal e intransferible de un romano al ritmo del ventrículo de millones de personas.

No recuerdo quien fue el que dijo aquello de que, en realidad, no nos importa la música, sino que nos sentimos vinculados a determinados momentos de nuestra vida asociados a una canción en particular, intercambiable en función de cada uno. En el caso de Ennio Morricone sucede todo lo contrario. Gracias a él por fin el sonido de la música importa. Y el mundo llora su pérdida en silencio.

Distanciamiento social de por vida

A veces, la vida se interpone y otras nos da la clave. El caso es que ahora que el distanciamiento social es necesario y parece integrado en el sentido común de la mayoría hay una conversación que se multiplica en mis escasas interacciones diarias con la mal llamada ciudadanía: ¿y si mantenemos ese alejamiento para siempre? En realidad, tampoco perderíamos tanto porque, mal que nos pese, desde el momento en que nacemos, comenzamos a tomar distancias, a enrocarnos en nuestros prejuicios, a ser, en definitiva, más nosotros sin rastro del resto.

Por supuesto, nada de lo expuesto anteriormente va en contra de seguir cuidando de amigos, novios y parientes, de las plantas que florecen en los balcones, del podenco y la hormiga, pero siendo más conscientes de que necesitamos menos contactos y más personas. Al fin y al cabo, ¿era necesaria una pandemia para llegar a esta conclusión tan líquida?

La respuesta varía en función de cada uno. Sin embargo, teniendo en cuenta que vivimos una media de 78 años e interactuamos con 3 nuevos seres humanos cada día, y un año equivale a 365 días —a excepción del 2020 que viene de bajón—, obtendremos un total de 80.000 encuentros. Pueden parecer muchos. Otra cosa es cuántos de ellos dejan huella en nosotros. O mejor aún; ¿qué es lo que dejamos nosotros? Historia. Escoria.

Ilustración: https://www.quintbuchholz.de/

No puedo respirar

George Floyd murió en el asfalto de Minneapolis con la rodilla de un policía en la cabeza. Le detuvieron por ser negro y parecer sospechoso. Después le esposaron, fue reducido y, delante de varios testigos, su corazón se paró. Bueno, más bien lo pararon entre un «no puedo respirar» y varios «por favor, por favor». Ocho minutos, ese es el tiempo necesario para que un gigante se convierta en cuerpo inerte. Ahora la ciudad arde porque la muerte en estos casos no se puede digerir. Aunque tampoco sea digerible en otra circunstancia.

George Floyd ni siquiera levantó la voz. Incluso mantuvo las formas a medida que perdía el conocimiento, como si de alguna manera supiera que no serviría de nada. O incluso algo peor. Si se hubiera resistido habría muerto antes, fruto de un disparo y un número de placa, siempre bajo la sombra de una ley que parece ir en contra de los que menos tienen. This is America.

George Floyd no era Christian Cooper, el hombre al que la policía buscaba por amenazar a Amy Cooper, una mujer blanca con un perro. El video es aterrador y, sin embargo, habitual, profundamente doloroso y al mismo tiempo incluye un gesto dulce, como si despedirse de la vida fuera ese párpado cerrándose para siempre. Ahora sí, ahora no. La muerte roza la perfección cuando no se hace justicia. Descansa en paz, George; vivimos en guerra.

Ilustración: Hippy Potter

Se va Anguita, nos deja a los mediocres

Y por fin, en pleno disenso patrio, pijos y desempleados, magnates del petróleo y antisistemas, comuneros y liberales a ultranza, tú, tu vecino patrocinado por Tefal, mamá, Aznar, Carrillo hijo, el panadero y el especulador de VOX, la hoz de Córdoba y el martillo malagueño, Felipe González y sus bonsáis tristes, todos, sin distinción de carne e ideas se despiden de un hombre que hizo de la coherencia y la humildad material un modo de estar en el mundo. Sus enemigos callan, el pueblo lamenta su pérdida y el sábado se rinde ante la más absurda de las evidencias: se va Anguita, nos deja a los mediocres. Así es, murió como vivió; con dignidad.

Ilustración: http://www.tutticonfetti.com

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El límite

La crueldad del hombre es un enigma. No tanto por el daño que es capaz de infligir en la carne y la memoria, sino porque empequeñece los logros del presente… y los que están por llegar. Es por esta razón que cuando un partido político — su sola mención equivaldría a abrir los ataúdes de la discordia— entierra la razón utilizando la supuesta unidad de un pueblo en la UCI como atajo para la gloria en las urnas, quizás nos esté brindando —de manera macabra— una posibilidad de progreso social.

Y entiendo el descontento de sus votantes, y el discurso de esos machos apelando al miedo, a las lanzas en el pecho y a la furia. Incluso su intensa labor por mantener costumbres del terruño, la sangre del toro, el destierro de la cultura y su aversión al cambio, la vuelta al NODO, las bocas llenas de patria, el corazón teñido de azul, el odio al rojo. Pero lo que no logro concebir es dónde está el límite. Porque no lo tienen.

Si la Gran Vía sorda y muda es ahora la norma, si su simple contemplación nos arrastra indefectiblemente a aquellas mañanas en las que la cocaína se mezclaba con los churros y el carajillo, al amarillo de las tardes en el que la gente desvalijaba el Primarck, a los hermanos ‘jevis’, universos urbanos en los que se encontraba cualquier cosa excepto un féretro, entonces el futuro pasa por borrar al fascismo de la fotografía. Los muertos ya los pone la realidad.

Qué terriblemente absurdo

Dicen que los que más te quieren son los primeros que van a visitarte al caer enfermo. En el caso de Luis Eduardo Aute desconozco si estuvo solo o acompañado en los momentos previos al último aliento, a la noche más larga. Tampoco sé si sus restos, cenizas, historia y flores, han tenido que hacer cola en alguno de los tanatorios de la capital, como también se me escapa si el poeta de la voz suave y el alquitrán pudo mirar por la ventana una última vez antes de cerrar los ojos.

Tampoco importa si digo que yo no escuchaba sus canciones, sino que las leía, y al mismo tiempo trataba de entender por qué el gineceo al completo —mi madre la primera— suspiraba al verle fumar, al pintar palabras con forma de caricia, como el que vierte una llama en el interior de un cuerpo tibio y escucha el nacimiento de un muerto. Y claro, el sueño se teñía de cine y la vida, de pronto, se parecía más a James Dean tirando piedras a una casa blanca y menos a lo absurdo de seguir respirando en los tiempos del virus.

Nunca le vi tocar. No creo que nadie pudiera conocerle del todo. Tampoco me consuela saber que nos quedan sus canciones, sus cuadros, el recuerdo de un pecho superlativo cubierto de vello, precisamente ahora que escuchar música es un acto suicida, la mejor manera de derramar lágrimas por una pérdida que es más de todos, menos carne. Se llamaba Aute; y ayer pasó.