Eran cuatro chicas en pantalones vaqueros por encima de la rodilla y camisetas negras. La bandera arcoíris alrededor del cuello. Una de ellas abandonó el grupo, cruzó el paso de cebra. Se giró agitando los brazos llenos de tatuajes, habló con todo el cuerpo, como si necesitara hacer visible la tinta por encima de la fiesta. No podía emitir sonidos por la boca, pero sí comunicarse. La multitud celebraba el derecho a ser lo que uno quiera. Las cuatro chicas volvieron a juntarse. Probablemente, en su cabeza había palabras hechas de silencio. Entonces entendí la diferencia. Puede dar miedo, por eso algunos quieren acabar con ella.
La uniformidad es un desfile de muerte. Contra ella debemos rebelarnos. Y es que la norma está para romperse, incluso por aquellos con temor a ser como los otros. Porque si uno es diferente a lo largo del día, ¿cómo no convertir lo que nos diferencia en motivos para estar contentos? Algunos quisimos ser diferentes desde niños. Ya de mayores comprobamos que algunas diferencias te llegan a costar la vida. Reconocer lo ajeno, verlo como una forma de riqueza. Para eso eso necesario dejarse atrás, darse cuenta de que ocupamos una esfera cuyo centro se encuentra en todas partes.
Orientación sexual, color, credo…, sirven para completar los huecos. La palabra diferencia no contiene a nadie dentro, ni en este lado ni al otro. De frente y en nuestra contra, los prejuicios y la cobardía. En realidad, no hay nadie diferente, somos nosotros distanciándonos. Entonces si todos somos especiales, ¿por qué las cuatro chicas lo eran más? Fue mi mirada. De lejos parecían diferentes, de cerca solamente eran ellas, y esa diferencia da sentido al mundo humano. Nos falta tiempo. Con tiempo para conocer al otro la diferencia es una fiesta de excepciones. Y hay que celebrarlo, hoy y siempre.

Ilustración: sargamgupta.com