El represor siempre se reprime a sí mismo. Ahora la derecha hace su teatrillo, pretende ganar terreno en cuestiones que conectan al medievo con los Teslas. Nada que ver con la realidad del móvil. Se trata de reconducir ciertas formas, convertir en transgresión las opiniones. La censura es la peor manifestación de un poder que hace tiempo dejó de estar en el filo de una espada. Y el poder silencia, se expresa en cancelaciones y actos. La izquierda también tiene lo suyo, aunque pasa más inadvertida al encarar asuntos en proceso de maduración. Prohibir «Orlando» en Valdemorillo, retirar «Lo que el viento se llevó»…, da igual. Hay una casposa aspiración que desea la homogeneidad del mundo. Pues bien, «donde hay poder, hay resistencia».
Debemos señalar a los de verde, sin duda. También mirar en nuestro iris. Son pocos los que airean su conciencia en libertad. Si te atreves, la pagas. O bien pierdes tu curro o te quedas en los márgenes por «bocas». Resulta muy complicado llegar a fin de mes manteniendo los principios intactos, también tu arte. Es más, el nuevo activismo permite a los listillos ocupar puestos políticos o escribir una columna de pago. Precisamente, ese mismo activismo lucha contra la censura. Las redes han derribado el panóptico y el carcelero duerme. Todos nos vigilan, todos.
Lo que decimos aquí y ahora puede ser censurado. Lo que tuiteamos hace años también. Lo que hoy genera aplausos puede reencarnar el mal mañana. Si algo define nuestra era es este poder para indignarnos todos al mismo tiempo. Eso también es censura compartida. Si eres un marginado gozas de un espacio; no tienes nada que perder. Si ejerces el poder, la sombra te acompaña; no arriesgas nada. Hay algo peor que la censura: firmar panfletos en contra de la censura presos de un impulso colectivo. Para luchar contra la censura hay que ser valiente, abrir la boca y tener miedo. El resto, un símbolo, restos, nada.

Ilustración: Guy Billout

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