Recuerda, tus hijos no son tuyos

Como viene siendo costumbre, la polémica regresa convertida (esta vez) en un tira y afloja entre la derecha más chusca y la izquierda progresista con ínfulas de sabelotodo. Entre ladridos de uno y otro bando y calladitos —que así están más guapos— los niños, futuros en construcción a los que nadie ha preguntado si les apetece llevar un pin en la solapa con el que protegerse del supuesto mal que se cierne sobre ellos: el mundo de los adultos. Ah, es cierto; los mayores siempre saben lo que más les conviene. Siempre.

Y es que la enésima politización del sistema educativo, ese baile con luces de colores que cambian con cada gobierno, ha demostrado el fracaso del tripartito formado por Estado, escuela y familia, empeñado en consolidar valores cada vez más difusos, dotar de orden y concierto a un mundo en 360º regido por las reglas de disenso, con sus banderas en contra del amor por los demás y el respeto de lo diferente, quizás el único poema obligatorio en cada paso de cebra, en cada aula, en cada reunión de los domingos.

No parece tarea fácil hacer entender a los padres que los hijos no son obra suya —quizás circunstancial—, tampoco propiedad aunque, si bien comparten su ADN también poseen esa ‘rara’ capacidad para tomar decisiones que bordean su control. Y pueden proporcionarles techo y plan de vuelo, prepararles la comida, subirles el cuello del abrigo cuando sopla norte, incluso diseñar su futuro y, sin embargo, pretender legislar su realidad no hace más que albergar dudas sobre los viejos, supuestos guías desconocedores de un secreto: vivir con miedo es la prueba de que el niño dentro de ellos se muere cada día un poco más.

Si Greta debería estar en el cole, ¿los demás dónde?

Nadie sabrá nunca a ciencia cierta cuándo sucedió. Simplemente ocurrió. De pronto, el medio ambiente dejó de ser preocupación vital, ese problema que afecta a 7.000 millones de personas —con algún miope de VOX quemando rueda— para convertirse en alineación ideológica y, por lo tanto, en política. Por un lado, la izquierda con sus mítines apocalípticos, esgrimiendo humos de superioridad moral. En la otra costa, lejísimos, la derecha y su mensaje de ruido y furia indiscriminada contra aquellos empeñados en dar visibilidad a la emergencia planetaria. En medio, Greta en un barco de papel, ejércitos de adultos con ojos abiertos y sus niños perdidos en un mar de plástico.

Y es que la niña enfadada ha aumentado la temperatura del debate —1,4 grados desde 1880—, y de la contaminación hemos pasado al trueque de palabras. Ahora el cambio climático es crisis, la misma que acecha nuestro bolsillo cada ocho años, quizás debido a que la mera posibilidad de llegar a desaparecer como especie es ahora una certeza (casi) ineludible. Sin embargo, los escépticos y negacionistas, ansiosos por escuchar crecer los márgenes antes que a la humanidad, no tienen ningún reparo en llamar inquisidora, puta loca o subnormal a una adolescente sueca. En ese sentido aquí no hay ni subterfugios ni eufemismos atmosféricos.

Lo mejor sería que todos esos ágrafos medioambientales regresaran a la escuela. Frente a la señorita Thunberg, desprovista de título y menor de edad, aprenderían a juntar las vocales y las consonantes, después las frases exclamativas y las oraciones subordinadas, para terminar escribiendo en la pizarra: «¡Todos quieren cambiar el mundo, pero nadie piensa en cambiarse a sí mismo!». Nos guste o no.

El meteorito y Javier Ortega Smith

Una tormenta cósmica se inició hace 4.600 millones de años y, tras escampar, pequeñas partículas suspendidas en el vacío y atraídas por la fuerza electrostática terminaron formando, de entre todas las combinaciones posibles, un grano de arena que, tras un largo proceso, se uniría a otros muchos hasta originar una roca de 510,1 millones de kilómetros cuadrados llamada Tierra.

4.533 millones de años después, en otra galaxia, más allá de la estrella Icarus y a infinitud de vidas y nebulosas de ese destello marcado en la memoria del tiempo, un meteorito viajando a 42 kilómetros por segundo impactó en una superficie esférica rotando sobre sí misma a 40.000 kilómetros por hora en la órbita del sol. El menhir en cuestión, una bestia pétrea muy cabreada, terminó en el Yucatán, arrasando con el mundo tal y como lo conocieron los dinosaurios, esculpiendo una tsunami de azufre que, tras evaporarse, sumió al planeta en un noche de luna, tan oscura que devoró todo, Tyrannosaurus Rex y ancestros de Jordi Hurtado incluidos. Unos metros más a la derecha, en Playa del Carmen o frente al chiringuito de Tulum y el ser humano hubiera sido un simple proyecto frustrado… con la excepción del presentador inmortal.

Después llegarían los homínidos, la rueda cuesta arriba, lluvias de cuchillos, los templarios, la peste bubónica y el chandal, varios ‘cracks’ bursátiles, dos guerras mundiales y muchas intestinas, y en una noche de lo más decepcionante, el espermatozoide vago de Victor Manuel Fernández-Arias, uno entre 15 millones repartidos en un milímetro de semen, atravesaría el óvulo mustio de Ana María Smith-Molina —originaria de Malos Aires—, “dando luz” a Javier Ortega Smith, antepasado (¡español!) del ‘Australopithecus facha‘ y probablemente el mayor accidente (por probabilidades) en la historia de la humanidad. Y además calva por detrás. ¿Dónde está el meteorito cuando se le necesita?

Fuck Vox, trátrá

Con estos dos palabros —un acrónimo anglosajón seguido de un eructo— Rosalía no solo ha conseguido irritar a las milicias del tercer partido más votado en las elecciones, sino que de manera diáfana vuelve a blandir sus uñas de grizzly en un momento en que la mayoría de músicos prefiere guardar silencio, quizás por precaución, quizás porque eso les impediría firmar contratos veraniegos en los ayuntamientos más fachas del país.

Porque ahora, y de una vez por todas, es necesario cerrar filas contra la intolerancia, tarea titánica para un colectivo con el individualismo como bandera, antítesis de un modelo a seguir —reconozcamos que los músicos, y por ende la música, importan más bien poco— pero al que se presupone una mayor sensibilidad, ciertos valores inclusivos rubricados en estrofas de tonalidades mayores, estribillos que riman con algo parecido al amor, puentes “da capo al coda”, y esa necesidad de compartir con muchos el fruto nacido en soledad, pequeño fuego, chispa brillante, la única casa del barrio con las puertas abiertas de par en par.

Repite conmigo; Fuck Vox por seguiriyas y al “traptrán”. Y de pronto uno se queda más tranquilo. Escríbelo en tu muro acompañado de una sonrisa, con la seguridad que confieren las palabras cuando sirven de muralla frente al odio; píntalo en los pasos de cebra, justo al lado de esos poemas tan chungos a lo Elvira Sastre; propaga el “whatsapp” que sofoca el incendio; disipa el humo negro soplando contra el viento. Y recuerda: las palabras curan el miedo, la música y la razón fueron, son y serán la muerte del fascismo.

Tranquilo, por fin es viernes

Es inevitable ser español, español, español y no sentir cada mañana un ladrido entre las tripas, mezcla de desgarro y grito que te obliga a desdoblarte —cuando consigues echar a andar— en direcciones contrarias. Por un lado, vivir más fácilmente con ojos cerrados, entre campos de cerezas y dosis de 80 miligramos de inopia, quizás cerca del mar. Por el otro, hacer caso a tu instinto más primitivo y participar en la pelea.

Entre insultos, provocaciones y un intenso olor a podrido serás consciente de que todo se ha complicado, y el dinero ya no es un pedazo de papel, sino que hay depósitos CIALP y ventas al descubierto, un hombre calvo que ha ahorrado 112.000 millones de dólares y más de 2000 “héroes” apilando billones invisibles en el banco, gráficos Heikin Ashi, algoritmos y petabytes, métricas de vanidad, RSS, conciertos inolvidables en la memoria eufórica de Zahara y Nacho Cano, desfiles, procesiones, protestas pacíficas convertidas en atentados contra la democracia, sueños y pelotas de goma.

Mientras tanto, un general marchito y enterrado sobrevuela el cielo de Madrid al tiempo que Coque Malla canta aquello de «calles que susurran libertad», y te das cuenta que fue una gilipollez hacerte un selfie por el simple hecho de dar de comer a tus seguidores de Instagram, o que Vox desviara las subvenciones municipales que reciben sus grupos a cuentas del partido controladas por Ortega Smith, o la inminente crisis, la misma de siempre pero peor todavía, o la cicatriz de Joaquin Phoenix… Tranquilo; respira. Porque ahora España está en guerra consigo misma y América es el rehén de nuestras frases, y todos contra el mundo y los más listos creen que en Marte está la solución, en Marte… precisamente el dios de la guerra. Tranquilo, nada de eso importa porque por fin es viernes.

Pies

La palabra pies es monosílaba, nunca se acentúa, tiene la particularidad de ser única habiendo tantos pies como seres humanos pueblan la tierra y, en el mejor de los casos, son dos: egipcios, cuadrados, con el digitus secundus pedis más largo que el resto de dedos, curvos como las caderas de Beyoncé, apestosos como una abubilla, alargados, sublimes y con la forma de los labios de Jimena. De hecho, generan tanta pasión como odio entre sus propietarios, generalmente mujeres, que no pueden evitar pensar en pedofilia cuando ellos practican la podofilia, es decir, el “parcialismo” con el que reducimos el cuerpo humano a una sola parte —en este caso tándem—; aunque el izquierdo sabe mejor.

Y es que a los hombres les encanta olerlos, tocarlos al estilo del afilador soplando el chiflo, hacerles cosquillas con una pluma, morderlos, ¡Dios, cómo me gustan!, elevarlos al pódium del culo y las tetas, sagrada Trinidad del sexo cosificado y por pares.

Es raro porque casi siempre están ocultos en el interior de un zapato feo, lo que nos conduce, inexorablemente, a la lucha fratricida entre aquellos que alcanzan el éxtasis al introducírselos en la boca y la cara de grima del receptor que no llega a comprender qué coño hace ese tío con la lengua llena de uñas.

Los pies son el símbolo del alma, o al menos el espacio en el que ésta cae, el ingrediente clave en la repostería —combinan a la perfección con nata, chocolate o miel—, y ni siquiera la hipnosis se plantea como una solución eficiente ante la duda, porque comerte un culo, vale, pero chupar pies es de degenerados.

Al final resulta más fácil reconocer en una boda tu predilección por Vox o José Tomás que cantarle a la novia la canción de Crowed House, aquella que decía lo de «and whenever I fall at your feet». Guarro, asqueroso.

La cara de las embarazas

Me resulta muy difícil distinguir a una coreana de una japonesa. Tampoco podría adivinar —aunque quisiera— si el chico que acaba de entrar en el metro, con una camisa vaquera abierta y el pelo revuelto sobre las pestañas —ocultas detrás de unas Rayban—, es un músico o un idiota. Y por supuesto: imposible determinar si mi portero (rumano) vota a Vox o justo lo contrario. Sin embargo, puedo garantizar ante cualquier jurado que en un muestrario de cabezas sabría reconocer la de una embarazada entre las demás. Y la razón se encuentra en sus ojos. El color varía pero todos se asemejan a faros que resplandecen, que vibran, que sollozan sin derramar lágrimas, planetas destinados a salirse de sus órbitas, guardias de seguridad sin días libres.

La cuestión que se esconde detrás de esa mirada en la que el tiempo se detiene en seco podría deberse a la preocupación que las embarga. Es un momento de nueves meses único —al fin y al cabo de ellas depende el presente y el futuro de la raza humana— en el que su percepción del mundo se altera, conectándose con la vida en su dimensión milagrosa. Porque ¿acaso hay algo más extremo que estar conectado por un cordón a un ser vivo que siente todo lo que le rodea en el interior de un jacuzzi de líquido amniótico? Solo de pensarlo me mareo.

Y ese cambio afecta a su cuerpo… y a sus pensamientos. Ahora los interrogantes son otros. ¿Seré una buena madre?¿Vendrá bien?¿Vivirá en un entorno estable con el mar lleno de plástico?¿Por qué coño tuve que buscar sietemesinos en Google?¿De dónde nacen estas ganas de llorar?¿Y mi pareja?

Tal vez sea el momento de dejar lo de los nombres del bebé para otro momento y hablar de la importancia de las madres embarazadas. Sin articular palabra. Tan solo hay que mirarlas; lo llevan escrito en los ojos.