Lo que nos dice la ropa tendida

«Se sabe mucho de la gente tan solo mirando la ropa tendida». Escuché el comentario en voz baja de madre, se levantó una ráfaga de viento. En mitad del verano, al fondo del jardín, entre hortensias, azaleas y un muro envejecido por el mar, se agitaba la colada todavía húmeda. Las camisas parecían barcos, las bragas palomas y el aire se llenaba del olor a bañadores limpios. Entonces comprendí a qué se refería. En esa casa habría al menos dos niños de siete u ocho años, dos mayores, alguien encargado de doblar la ropa, de colocar una pinza por el borde interior de las costuras, para no dejar marca, para prolongar la vida útil de aquello que nos cubre. Madre desnudaba el mundo, un mundo invisible ahora suspendido.

Desde entonces me fijo en la ropa tendida en el patio de vecinos, la misma que da sombra a los del bajo. También inspecciono las terrazas que rodean mi ventana. Porque los tejados están llenos de historias de gente que no está y en cambio vive cerca, que descuenta el tiempo por la ropa que mancharon. En aquel edificio tiene que haber un oficinista, en el otro una corredora y un fanático del rock. La ropa que cuelgan normalmente es blanca, de ahí que el negro aporte notas de color. Cualquier ciudad es una bandera por la tarde. Lo único que se necesita es agua, jabón y algo de viento.

Observo la ropa todavía húmeda, el poco esmero con el que doblo calcetines y camisas caras. Si alguien me viera pensaría en un vecino solo, fascinado por los colores de tobillo para abajo, con una tendencia suicida por las sábanas recién lavadas. El recuerdo de la voz de madre vuelve, de pie frente a la colada del jardín, bajo un sol jugando a hacernos viejos. «Debemos seguir sorprendiéndonos por los detalles más pequeños, ¿verdad, madre?», me digo. Pronto tendremos que secar la ropa dentro de las casas y algunos seguirán buscando un sueño. Otros, en cambio, seguiremos a lo nuestro, mirando tendederos y señales lejos de la nieve y el invierno.

Ilustración: Jeffrey T Larson

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