La teoría del olor

El mejor olor del mundo es el de la persona que te gusta. Luego están las flores, la infancia del verano y los perfumes de la gente con prisa. Sin embargo, nada comparable al rastro dentro de su ropa o el aire prisionero. Ella se va, tú nunca te quedas solo. Basta con inspirar las sábanas donde apoyó su espalda y la soledad parece una mentira. Ese olor está hecho de retales de piel y movimiento, como si, de pronto, fuera posible aplicar sin fórmulas la teoría cuántica. Y es que el olor nos rompe y nos conmueve, emborracha, anula el poder de un lápiz de madera al que sacamos punta. El mundo sin olor sería el de un mundo sin bosques que se queman, el de un mundo que gira hacia ninguna parte.

A veces, la memoria de su olor regresa. También el del olor de aquel que dejó de gustarte. No fue culpa suya, era ese olor a tristeza y a toalla a medio secar, un poco a mierda. La ausencia tiene un olor característico porque recupera a alguien, alguien que está frente a ti, pero ya no huele como tú quieres que huela, alguien que estuvo contigo y ahora mancha en otra casa. El olor de su axila, el olor de su sexo, un olor que tiene que ser amor del bueno. Olores del pasado hechos presente. Del futuro nadie sabe nada porque carece de olor. Será la muerte.

Si uno lo piensa, el único sentido necesario es el del olfato. Cierras los ojos, te tapas los oídos, cierras la boca y los puños: todavía sigues vivo. Nada como volver a los olores para entender de qué va esto. Sin embargo, uno no sabe a qué huele uno. Tiene que ser percibido. Así, dos olores se entremezclan, dicen te quiero, se compran una casa y embotellan el olor de la abuela, el mar y los descampados regados por la lluvia. Todo es un no lugar. El único lugar que existe de verdad es el del olor del otro, ese que nos entregan sin saber que la piel es un pétalo del alma. Y no, no se compra, no se vende, no se desvanece nunca.

Ilustración: David Shrigley

Deja un comentario