Todos recordamos las primeras veces. Es más, casi todas esas primeras veces conforman el cuerpo de una felicidad encubierta, una casa que el tiempo intenta derribar. La casa, la nuestra, se levanta sin puertas ni ventanas, y nosotros, desde dentro, abrimos huecos por los que se filtra una luz blanca: aquella primera vez en bicicleta, la primera vez que te cortaste el pelo muy corto, la primera vez que escuchaste la canción más bonita del mundo. A esas primeras veces uno llega sin querer, como si ir creciendo consistiera en prepararse para algo que sucede de forma esperada… siempre por primera vez. A esos lugares vuelves estando feliz o muy jodido. Y nunca te cansas, como nunca se pierde el rastro de las primeras veces. Hacerlo implicaría perderse mal y para siempre.
El sexo acapara muchas primeras veces. El primer tacto como motor de la convivencia. El primer olor, misterio materializado en droga. La primera vez de una primera vez hecha de amor no puede compararse con nada, como tampoco podemos comparar con nadie a la persona que nos descubre por primera vez lo conocido. Entonces comer es otra cosa, caminar por el centro de Madrid tiene su encanto. Hasta levantarse un lunes, hacer pis e ir a la ducha deja de ser cotidiano. Sí, hay un milagro en las primeras veces, precisamente porque son cosa de dos. Milagro es aquello que se repite cada día por primera vez.
Los viejos creen que las primeras veces disminuyen con el paso de los años, que faltan sorpresas, que lo vivieron todo. «¿Te acuerdas?». Se equivocan esos viejos. ¿Cómo ver las cosas por primera vez si la vista está cansada? Con ojos nuevos de viejo. Los niños lo hacen desde abajo. Arriba hay humo y cenizas, las vistas son mejores, precisamente porque muestran la crueldad del que pierde la sorpresa. Siempre recordaré la primera vez que vi un muerto. Parecía dormido. Ese primer muerto era mi padre. Gracias a su muerte pude ver a madre por primera vez. La sigo viendo. Cada vez más mayor, cada vez más niña. Ver las cosas por primera vez implica no salir ileso. Su primer grito, mi primer suspiro. Y nuestro amor nunca termina, como la primera vez, como la última.

Ilustración: David Shrigley
Cierto, Javier.
El secreto de la felicidad, o simplemente el de una vida satisfactoria, es intentar verlo todo como la primera vez.
Como esto es, tal vez, demasiado difícil, ¿por qué no reinventarnos esa primera vez? Cambiar el ángulo, el modo, la expectativa, los ojos, la luz, la compañía. Cualquier pequeño cambio, también cambiará nuestra percepción.
Difícil, pero qué no lo es.
Bella entrada, Felicidades.
Un Abrazo.
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Si es difícil entonces merecerá la pena… y la alegría. Un abrazo enorme, querido
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