Y, de repente, después de tantos años, la amistad se rompe. Aún lo recuerdas. Os entendíais con iniciales grabadas en el tronco de un árbol, sin palabras o en un idioma inventado. Ese amigo existía en todas partes, al otro lado del teléfono, de noche y para siempre. Él sabía quién eras tú, tú sabías dónde encontrarle a él. Ninguno de los dos podía imaginarse la vida sin el otro. Tan solo hacía falta una cosa: envejecer. Entonces, caíste en la cuenta de tu error. Ahora, los dos vivís en la misma ciudad a miles de años luz. Ya ni siquiera recuerdas la última vez que hablasteis. Fue hace tiempo, antes de la infancia y el ruido que hacen los adultos cuando hablan. Fue triste. Os mirasteis y no os reconocisteis.
Los dos tenéis la culpa. O mejor culpar al trabajo y al «no me da la vida». La muerte crece con los años. Los dos habéis perdido a un perro o un padre, renunciasteis a los sueños de dos niños que miraban las estrellas. Farolas, destellos, satélites. Y oscuridad. Un amigo intenta encontrar un hueco para ver a otro, quizás la última semana de noviembre. El otro amigo insiste, pero sus prioridades han cambiado. A veces, tres paradas de metro son un mundo o una bola de demolición. Los dos encontrareis algo más importante en que ocuparos. Si algo así puede llegar a suceder, ¿fuisteis amigos de verdad? De verdad lo fuisteis. El consuelo reside en una cosa: aún no estáis muertos.
Sucede que la amistad se rompe y dos siguen andando. Duele porque las cosas que importan son herida y cicatriz. Mejor parar la hemorragia. Puede que con otra gente más afín, puede que pintando soldaditos de plomo o alejándose de todo. El recuerdo del amigo permanece y vuelve en sueños. Quizás nunca volváis a veros; de hacerlo, quizás miréis para otro lado. Tú con tus cosas; tu amigo cada vez más lejos. «Una vez tuve un amigo que era todo», te repites al otro lado del espejo. Puede que perder a tu padre y a tu madre sea lo normal. Perder a un amigo va en contra del ciclo de la vida. Será porque no lo sepultó la tierra.

Ilustración: Lushuirou