Esa persona especial

Llega esa persona. En realidad, la encuentras. Un poco en contra de lo que querías, un poco a favor del cambio. Esa persona sonríe al verte y posee una capacidad extraña para ampliar tu vida. Porque la gente sola está bien adaptada a estarlo, conoce bien sus usos y su talla, quizás tiene un gato o una planta como sola compañía. Su realidad solitaria se limita a abrir el buzón cada mañana, a estar a gusto con sus cosas sin intervenir en otros mundos. En cambio, esa persona especial te enseña a traicionarte, a apreciar un sandwich o el mar desde una orilla que parece nueva siendo la de las viejas fotografías. ¿Sabes lo mejor de todo? Que ni siquiera lo intenta. A esa sinrazón te aferras.

Podría ser que todas las personas que conocemos fueran especiales. A veces hace falta tiempo para darse cuenta, persistir en el error. La experiencia dice que hay pocas personas por las que darías un tiempo que entregas a otros que te importan menos. Casi todo está dentro de esa persona especial, tus miedos y tus espinas, tus defectos y una versión que sale a flote pocas veces, como si uno floreciera durante la estación fría. Todo es ternura, ganas de volver a verla, sexo como puente entre dos seres humanos que nunca pierden su condición de animales libres. «Juntos parecemos eternos», te dices; la eternidad no dura para siempre.

Esa persona especial nada tiene que ver con un error, aunque pudiera hacerte daño, aunque sepa que podrías hacérselo. Cuando estás mal te arrastra hacia el pasado o el futuro, desplaza el espacio hacia un viaje a Argelia o una tarde bajo la luz de la ventana. Una persona especial no tiene nada de extraordinario. Al fin y al cabo, todos tienen a alguien especial en sus vidas. Ella sola cumple la función de una obra de arte, que no cambia el curso de las cosas ni la muerte, pero que nos recuerda que seguimos vivos en esta aventura cotidiana, sencillamente extraordinaria.

Ilustración: Lushuirou

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