Quiero una presidenta negra. Quiero una mujer, hija de emigrantes, de padre jamaicano y madre india, a la que insultaran por ser negra y no serlo, una mulata en un país de extranjeros. Y quiero una presidenta de padres separados, que haya sufrido la ausencia y rezado en un templo hinduista y pisado mierda de vaca sagrada, que emigrara a otro país y hablara en francés con acento canadiense. Quiero una presidenta que estudiaba por las noches, mientras cuidaba de la hija de su hermana, otra mierda.
Quiero a alguien al que le hayan roto el corazón en mil pedazos, quiero una presidenta que conozca las leyes de memoria, que haya visto mujeres reducidas a amasijos de carne y moratones, que quiera cambiar el sistema desde dentro, sin golpes, sin discursos. Quiero una presidenta que haya combatido la prostitución infantil, que haya perdido varias elecciones, que compre vinilos de Charles Mingus, de Roy Ayers, de Ella Fitzgerald y Louis Armstrong.
Quiero una mujer con buenos dientes y mejor actitud, que haya comido en el restaurante de un hospital y dejado a medias el café de los juzgados, que corra en la elíptica todas las mañanas. Al igual que Zoe Leonard, yo también quiero saber por qué esto no es posible, por qué creemos que un presidente siempre es una marioneta, un jefe y no un trabajador, un ladrón al que nunca sorprenden en el acto. Quiero que Kamala salga frente a Donald, que esta niña sea la persona más poderosa de este mundo raro.
