Yo te quiero por los dos

La gente habla y las personas se dicen cosas. Entonces, ahí, en ese cortocircuito de la pareja en ciernes, a uno le surgen las dudas. «No me importa. Yo te quiero por los dos». El receptor se bloquea. ¡Joder!, ¿cómo salgo de aquí? ¿Corro sin moverme del sitio? El emisor lo tiene claro. Le basta con sentir lo que siente por los dos. El otro, en cambio, preso entre las garras de una mantis amorosa, espera el siguiente movimiento. Seguirán viéndose. Y nadie le come la cabeza.

El amor no correspondido vale mucho. De alguna forma, compensa los días que uno se detesta, que son muchos. Se trata de una posesión donde el objeto de la posesión es libre. Lo tiene claro, no siente lo mismo o no siente nada y, a pesar de todo, los días pasan y siguen follando cada vez mejor. El sexo como construcción de la pérdida, pura asimetría. Uno lo vive como un romance infinito. El de al lado con incredulidad. «Quizás me quiere tanto al invitarme a saltar y no saltar», dice, «al saber que nunca seré suyo», piensa. Todos somos unos guarros. «Yo te quiero por los dos». Pues arreglado.

Esa es una respuesta recurrente. «¿En serio que te ha dicho eso?», pregunto. Varias personas en varios países lo afirmaron y pidieron otro vino para explicarme un fenómeno idéntico con distintos protagonistas. Ahí siguen, tienen una relación con alguien al que no quieren, pero como ese alguien quiere todo lo que no recibe… En el fondo, verbalizarlo ayuda. A veces, el centro del amor coincide con la palabra no. Cortamos el hilo para empezar de nuevo. Cuando te das cuenta, el hilo te ha enredado. Sucede también con la luz de la mesilla. Al apagarla, nos deslumbra más que al encenderla.

Ilustración: Manchen Lo

Deja un comentario