La nostalgia es una enfermedad

La nostalgia es una enfermedad. También un derecho. Lo sabía Johannes Hofer al resumirla en dos palabras: nostos (regreso) y algos (dolor). Desde 1688, la nostalgia asola las vidas de treintañeros y provectos empeñados en rememorar el pasado con los mimbres de un presente negro a todas luces. Esta mezcla de recuerdos inconexos, morriña y nubes místicas se hace viral con la vuelta de Oasis, un grupo de himnos y Adidas que convertía el aburrimiento de sus conciertos en bises. Eso sí, nadie lucía las parkas como ellos. Pues bien, ahora todos quieren verlos. ¿Por qué? Porque las tendencias van y vienen, pero la nostalgia lo petará siempre.

Somos los que hemos sido. De ahí el empeño por mantener en un lugar fresco y seco los recuerdos de aquella playa de Galicia con padre y madre de la mano, las tardes en la casa del pueblo, tu primer viaje por Europa en tren. Si no duele se olvida. El paso del tiempo también distorsiona hechos y espacios, dulcifica los sabores más amargos. Haciendo honor a la verdad, aquella playa de Galicia estaba sucia, al caer la tarde, el pueblo olía a los purines de las granjas cercanas y en Amsterdam te robaron el dinero para todo el mes. Sin embargo, intercambiarías la actualidad y tu presente por volver a esa vida quemada, por volver a casa.

La memoria y sus trampas. La música como máquina del tiempo. Oasis son una mentira en 2024, una ficción creada por la industria para intentar revivir lo que éramos, adolescentes llenos de futuro que, años después, dejan de mirar atrás. Es doloroso recordar los días felices. El precio del recuerdo sale a la venta en Ticketmaster mañana. Seres irremediablemente nostálgicos, un wonderwall de carne, cuentos y canciones, eso somos. Me quedo con lo próximo y la certeza de que «no hay nada más moderno que la nostalgia porque no hay nada más antiguo que el futuro». Vivir es echar de menos todo el rato, todo el puto rato.

Ilustración: David Hockney

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