Cuidar como forma de querer

Todos somos personas dependientes. Caemos en la cuenta el día en que alguien se pone malo. Los días dejan de ser una sucesión de entregas, el ruido se diluye, la noche como fosa. Queda un cuerpo boca arriba, quizás en un sillón, unas zapatillas de andar por casa a los pies de la cama. Si no sabemos cuidar de nosotros mismos, ¿cómo cuidar de los demás? Esa fue la pregunta que me hice hace años. La respuesta la tenía madre. Se limitó a estar, un verbo inabarcable junto a padre. Después de un tiempo muerto lleno de vida, madre ha vuelto para entregarse a otra tarea. Amarás a tu padre y a tu madre, sí, pero también a tus hermanas, a tus amigos, a todo aquello que conserve un hálito de vida.

Al cuidar a alguien nos preocupamos de lo que no existe, también del pastillero, del mullido de la almohada, de la temperatura del agua y de mirar por la ventana. Solamente lo pequeño cuenta, los gestos grandilocuentes estorban. Nada es costumbre, precisamente porque todos los días se parecen. Un poste, un poste, un poste, un yogur. Si el paso del tiempo traía un ritmo, ahora el cuidador se adapta al movimiento del enfermo, la cadencia del mundo se mide por las horas de sueño y la necesidad de volver a abrir los ojos y mirarse. Sí, volver a mirarse.

Desde el verano hablo menos con madre. No es un reproche. Ella está donde quiere estar, un lugar al que nadie quiere ir. Su voz suena cansada, un hilo dentro del móvil. Madre tiene dos manos. Una para dar de comer. La otra para ayudar sin pedir nada. Las mías están sobre un teclado. El amor es generosidad. Implica renunciar a lo que nos apetece y abrazar el tiempo y el espacio de otros que nos necesitan. La generosidad implica dar en el momento oportuno. Y el amor tiene que ver con una madre.

Ilustración: Vivian Greven

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