El horror, la rabia y el Rey

Tragedia, forma literaria en la que sus protagonistas se ven enfrentados, de manera misteriosa e inevitable, por un error fatal. Su desenlace es irremediablemente triste, y así el héroe enloquece, nunca vuelve a ser héroe o muere. La tragedia que derriba la cuarta pared y fluye por las redes y los medios de comunicación desde el 29 de octubre no termina con el texto, sino que, a medida que desciende el barro y se retiran los cadáveres, emerge convertida en rabia. Se trata de una rabia contra cualquier presidente o político, contra la AEMET y la UME, contra Mercadona e Ikea, contra la DANA y la gota fría. Rabia por encima de la culpa. Rabia frente al puto horror.

Rabia, virus trasmitido por un mordisco o una riada. Síntomas: malestar, dolor de cabeza, ansiedad, confusión y miedo al agua. Cuando se pierde a un familiar en el salón de casa o en un parking aparecen las ganas de matar. Y todo son preguntas sin respuestas y falta de víveres y vida. Se suponía que el Estado había creado mecanismos de protección para sus ciudadanos y hoy, seis días después, los supervivientes se aferran a los voluntarios. «La rabia es una ráfaga de viento que apaga la lámpara de la inteligencia», escribió Robert G. Ingersoll, un célebre agnóstico. La rabia convertida en piedras. Palos ante la falta de fe. La culpa es de los otros siempre.

Ignorancia, no se sabe que no se sabe. No sabemos cómo funciona la democracia, ni a lo que se dedica el Rey, ni cuáles son las competencias de las Comunidades Autónomas en materia de catástrofes. Algunos dirán que sí sabemos, pero a los de arriba no les interesa difundirlo. De nuevo habla la rabia, ¿o es la ignorancia? Mientras unos intentan ayudar, los hijos de puta intentan sacar tajada a la desgracia. Así, el barro continúa su curso y va cubriendo este paisaje tan manchado. Tragedia, rabia e ignorancia. Eso es hoy España. Vuelva usted mañana.

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