Hay una vida debajo de la vida. Está hecha de piel de patata y tiempo muerto. A esta vida se llega por el camino de todo lo pequeño, que es casi todo. Porque vivir no se trata de conquistar este u otros mundos (excepto el de la imaginación), más bien va de conformarse con cosas invisibles a las que concedemos poco o ningún interés, cada uno las suyas, casi siempre las mismas: lavarse la cara y observar cambios alrededor de los ojos, criticar a gente con maletas que hace cola en un sitio de café escrito cofee, el mundo alejándose a toda hostia. Esas serían las malas, necesarias. Si levantas el velo y un poco de costra, aparecen los remedios, adiós las faltas, la vida en su versión más imperfecta y hermosa.
Esa vida subterránea tiene un nombre y su mano por dentro de la manga de tu camiseta, silencios sin peso, la ligereza de lo que no existe y nos desvela, un sábado en un sillón con una manta y dos cuerpos, un domingo moderadamente triste, hablar con madre de lo mismo siempre distinto porque es ella, echar de menos la promesa del verano, el ruido de los radiadores sin purgar, ese balcón lleno de flores de una casa en el centro de Madrid, las palabras que existen antes de mover los labios, la vejez de seguir mirándose, las grietas, un solo de Wayne Shorter, atisbar un comienzo en todos los finales.
Para apreciar la vida debajo de la vida necesitamos perder casi todo lo que deseamos, una forma de aceptación por causas ajenas. E insistir. La alternativa solamente trae disgustos. Si no somos ni nunca seremos lo que aspirábamos a ser de niños, si los días no se corresponden con las noches, si estamos en un lugar distinto al esperado y las canciones de moda hablan de otros o de gente fea o muy joven, si se nos olvidan los nombres de los libros, entonces es que, por fin, podemos levantar el peso de este edredón de estaciones y corazones enterrados. Y por fin dormir, jugar, respirar calientes.

Ilustración: Jun Kumaori