Aquí no hay dragones, solo gente

Ciudad o monte, da igual. Menos en el cielo, mires a donde mires solo hay gente. Allí donde había una ciudad ahora hay turistas. Allí donde había un barrio, ahora hay viajeros y una cola. No hace falta esperar a la Navidad o a un puente corto. La vida dejó de elegir el mundo y uno se encuentra con uno saturado, a veces intercambiable, lento, lleno de paseantes que no pueden dar un paso sin toparse con los otros. «El niño está cansado, Manuel», los guías turísticos dirigen el tráfico de personas con la ayuda de un banderín y un megáfono. Por fin las ciudades y los pueblos son posibilidades al alcance de cualquiera, están ahí, son nuestras, como el aire y el plástico. No hay dragones, solo gente fea.

Nadie pudo prever cómo los lugares pasaron de ser espacios de libertad para mutar en manifestaciones sin contenedores incendiados. Simplemente ocurrió. Queda claro que mucha gente que pasa y compra es una forma de violencia. La vulgaridad y la saturación nos lo confirman. Porque se trata de pasar de largo o que los sitios pasen por delante de uno a toda hostia y a la vez —algo tendrá que ver librar de viernes a domingo—, y todos queremos ver los mismos sitios, incluso los que vamos de políglotas y cosmopolitas. Vivimos por encargo; por esa razón el mundo está petado cuando andas. También la carretera de regreso a casa.

Los expertos hacen distinciones entre viajeros, turistas y paseantes. Yo solo veo gente, gente que quiere comerse un chuletón y beberse una botella de vino, gente sin miedo a ser como otra gente, parejas de la misma circunferencia, gente que hace fotos de sitios con gente, madre con el carrito de la compra entre extranjeros con acento de Caravaca de la Cruz, cabezas en medio del paisaje, piernas bloqueando las aceras. ¿Dónde estaba escondida esta gente y por qué va a donde va la gente? Quizás moverse sea una manera de hacer cosas y llenar el tiempo, nos evita pensar en el futuro y su vacío. Nadie sabe qué será lo próximo, pero estará tan lleno de gente que el camión asesino pasará de largo.

Ilustración: Guy Billout

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