Un hilo rojo, invisible, nuestro

Para la cultura japonesa, el hilo rojo invisible es un reflejo de la conexión que trasciende la vida, nuestras vidas, traza o inventa una hebra del universo que se niega a ser abandonada, tensa sobre el tiempo y el espacio, sujeta por la voluntad del amor. A veces, siempre, se enreda en nuestro cuello, soga suave, otras apenas flota entre la piel de los dedos y el olvido, y, a pesar de la inmensidad y lo pequeño, encuentra ese lugar común, un cable a casa, una lumbre.

El hilo representa la unión, sinónimo de resistencia. En su aparente fragilidad reside la alquimia contra la distancia de los cuerpos. Se deforma, se oculta entre las sábanas y los usos horarios, late, grita en voz baja. En sus nudos hay ecos de promesas y reencuentros, formas nuevas de combatir la sequía y la tormenta. Es un vínculo humano que trasciende a los humanos, casi cruel en su serenidad, firme en el propósito de recordarnos que, aunque todo lo demás se desmorone, nosotros no nos acabaremos. Tampoco París.

En el silencio que precede y sigue al fin del mundo, el hilo permanece. Adiós, palabras. Su significado está en la persistencia misma, en el acto de evitar romperse. Allí donde los amigos fallan, donde los días se encogen como la piel de una fruta olvidada, el hilo baila tenue, pero eterno. Nos une al otro, a esa parte de nosotros mismos que aún busca, que aún cree. ¿Cómo dos vidas separadas pueden tocarse gracias a algo que nadie puede ver, ni siquiera ellos? Pase lo que pase, en el susurro de la escarcha y los sueldos bajos, encontramos algo que nos eleva a la altura de los niños: la certeza de que, pase lo que pase, nunca estaremos completamente solos.

Ilustración: desconocido

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