Los terremotos son experiencias extramatrimoniales. Da igual que tengamos las instrucciones de en caso de en la puerta de la nevera. Cuando pasan, el tiempo y sus espacios achantan, la cabeza y el cuerpo hacen puf, se supone que debería meterme debajo de la mesa, todo se detiene excepto una realidad vibrante y violenta. Me aterroriza el crujido de las casas. Si ocurre por la noche, los cuervos echan a volar buscando un nido cerca de la luna. Por la mañana sorprenden menos, como si el miedo a morir fuera algo tan banal y cotidiano como lanzarse a las vías del tren o encerrarte en una habitación durante cinco años.
El de ayer fue de 2.5, una mierda para cualquier nativo. Mis vecinos a lo suyo, pelando un onigiri, hablando en voz baja, casi al 1, con su pelo lacio y brillante petrificado a pesar del meneo, los ojos fijos en el centro de la tierra hecha chicle, un pictograma de quince trazos. Los americanos sudarían mucho, muchísimo, los franceses se encomendarían a la guillotina, algo rápido e indoloro, los chinos cargarían con más bolsas de Prada. Un segoviano y un haiku: Soñé que vomitaba sobre una acera de hierba seca. Quería correr, ¿pero a dónde?
Duró muy poco, lo justo para dejar un cerco en el calzoncillo y sentir el corazón bombear una mezcla de miedo y estiércol con un toque de high ball. Abrí los ojos para darme cuenta de que no estaba soñando, ni pedo ni sencillo, aún peor, vivo sobre un futón que ojalá fuera una alfombra voladora. No había más que aire a mi alrededor y un poder invisible a setecientos kilómetros de profundizad. Ahí también se libra una guerra en varios frentes: la placa de Ojotsk, la de Eurasia, la del Pacífico y la del Mar de Filipinas. En la superficie todos dormían menos uno. Los secretos siempre acaban saliendo a la luz. También los cobardes y el sol obrando otro milagro.

Ilustración: desconocido