Hay algo que se repite en Navidad. Están las luces con la forma del Acueducto tapando el Acueducto, la gente joven que mea en el portal de casa, el reencuentro obligatorio, los hijos regresando a casa, los padres esperando, el vaho en las ventanas… Yo cojo el autobús y agacho la cabeza para evitar saludar a mis antiguos compañeros del colegio —qué viejos, me digo—, giro el cuello y observo las montañas nevadas a través del cristal —¿será el Peñalara o el Pico del Lobo?, ni idea—, la luz oscilando de un blanco brillante a un amarillo calizo, los camiones sufriendo en la subida a Guadarrama… Al atravesar el túnel, caigo en la cuenta de que la felicidad pasa muy rápido; en cambio, la tristeza siempre sabe dónde y cuándo quedarse.
La carretera cambia de provincia. «Mañana será el día más frío del año», le escucho decir a una señora. Dentro del autobús huele a aceite y a ganas de llegar. Por fin, la silueta de la Catedral al fondo, su cúpula recortada contra la planicie y el cielo, una capital de provincias que me trae malos recuerdos cuando, en realidad, concentra una infancia feliz. Regresar a casa debería ser una celebración: madre, las hermanas y su sonrisa, el olor a limpio de los manteles, el ruido del papel de regalo resquebrajándose, las flores y el vino. Me siento obligado a sentir agradecimiento, una unión invencible, estar presente. Sin embargo, estas fechas prometen una felicidad que no puedo cumplir porque ordena demasiado el tiempo, hace balances y, cada año desde hace trece, nos recuerda que aquí estamos… a falta de uno.
La Navidad pasa —me repito—, como pasan las manos dentro de los bolsillos y el viento, como pasan los años y los viajes, sin detenerse demasiado en las paradas de la ruta. Y como pasan, aprendemos a sentarnos en la ausencia, a colocar un plato menos sin dramas, a fingir normalidad con la misma destreza con la que guardamos los restos de comida en la nevera. Entre lo que falta y lo que permanece hay un lugar habitable, una forma de encajar cuando la vida parece indicar todo lo contrario. Quizá ese sea el único milagro de una Navidad posible.

Respuesta a la pregunta: «pone tristes a agnósticos, ateítos y falsos creyentes… y alegres a quienes tienen fe de verdad».
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