Llegué aquí por la única razón por la que merece la pena cambiar de acento, también de cielo: por una persona que te lleva, sin intentarlo apenas, a observar el mundo desde abajo. En esta ciudad, Venezuela y los venezolanos están por todas partes: en las colas para solicitar asilo o la cédula de extranjería, en las casas que limpian y construyen. Son una presencia cotidiana y casi doméstica, una biografía siempre interrumpida, como si el país hubiera caído en una sola noche. Todo fue tan rápido que, a la mañana siguiente, muchos se preguntan qué ocurrió.
Uno crece en Europa con la sensación de que el mundo es sólido, que hay leyes, normas, poca arbitrariedad, mecanismos lentos y fiables, que las decisiones que afectan a millones de personas responden a principios basados en el bien común (en teoría). Vivir aquí, tan cerca de la frontera con Venezuela, desmonta esa seguridad. El mundo no es estable: solo parece estable hasta que, de pronto, deja de serlo. Y cuando cae lo hace con un gemido, sin estruendo, como una sucesión de pequeños ajustes que, al completarse, dan a entender que ya no hay marcha atrás.
Sucedió un sábado cualquiera. El dirigente dio la orden y sucedió. El pueblo —esa cosa— cuenta poco o nada, no porque haya desaparecido (las fronteras siguen ahí, intactas), sino porque su margen de maniobra es nulo. La facilidad con la que lo improbable se hizo realidad produce una mezcla de terror y sueño. Las certezas políticas son acuerdos frágiles que se mantienen hasta que dejan de interesar. Mudarse te enseña eso: que el lugar desde el que miras importa, que la fragilidad del mundo no es una metáfora, es algo que se aprende observando cómo la vida de otros cambia sin que nadie les haya preguntado. Lo escribo sin señalamientos, sabiendo que cuando algo se rompe nunca hay responsables claros, pero sí que los cristales siempre los recogen los mismos.

Ilustración: Javier Jaén