Algunos dicen que a Noelia Castillo la han matado. Otros que ha decidido morir. Algunos dicen que lo que necesitaba era ayuda psicológica. Hasta el pianista James Rhodes le propuso asumir todos los gastos médicos, «sé valiente una última vez», dijo. Como si el deseo de morir pudiera entenderse como un error que puede corregirse. La Ley Orgánica de Regulación de la Eutanasia fue diseñada para tomar decisiones meditadas. Establece un proceso largo, con evaluaciones médicas, segundas opiniones y garantías: el sufrimiento es valorado de forma rigurosa. La diferencia va más allá de la moral y el pensamiento. Vivir con libertad, morir libremente, dos formas de entender los derechos sobre el cuerpo.
Se trata de una cuestión que me toca muy de cerca. Padre murió de cáncer. Meses antes de morir, expresó su intención de no querer seguir viviendo. No era una decisión impulsiva, ni una reacción momentánea. Era algo que se instaló con claridad en un cuerpo que iba deshaciéndose por dentro. Pero la vida, tal y como él la podía habitar, había desaparecido. También la música que lo acompañaba. En casa lo vivimos de forma muy intensa. Incluso pensé en ayudarlo, adelantar el desenlace. Sucedió todo lo contrario. Padre aguantó. Siguió. Nosotros esperamos. Inevitablemente. El tiempo de descuento.
Algunos dirán que habría que haber salvado a Noelia, que existen medios de sobra para hacerlo. Otros que la libertad individual está por encima de cualquier cosa. Yo solo sé que hay un momento en que el cuerpo sigue y la vida se detiene. Y desde fuera todo parece reversible. Pero no siempre lo es. Aceptar eso no significa estar a favor de la muerte. Es aceptar que hay un momento en que la vida deja de sostenerse. Y eso no es vida ni es vivir.


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