Hay personas que entran en una habitación y producen sudores, silencio. Otras algo parecido al amor, formas de odio desconocidas, una náusea. Luego está Vito Quiles. Este chico pertenece a una categoría muy específica: la del ciudadano que provoca en otros ciudadanos —normalmente españoles y pacíficos— una reacción que podría concretarse en un correctivo físico, vamos, una hostia breve, administrativa, un sello de caucho con la mano abierta.
Vito va por ahí con su «periodismo» de abordaje, una especie de cobrador del frac vestido de Cortefiel, resentido por algo que se nos escapa, un lacayo que hace preguntas como el que introduce una rata en una panadería y espera la reacción. El desplante. El clic. Las respuestas dan igual. Aquí se trata de algo físico. El éxito periodístico convertido en un entrevistado con cara de «te mato». Y así, este país termina monetizando apagar el micro de un manotazo.
Habría que desconfiar de ese impulso violento. Vito nos quiere instalar en una fantasía cutre. Porque el lugar al que pertenece no es el Congreso o una redacción, ni siquiera la calle, sino esa décima de segundo en la que el ciudadano se ve a sí mismo desde fuera plantándole los nudillos en los morros. Esa hostia es su exclusiva. Sin ella no es nadie, ni siquiera Vito Zoppellari Quiles.
Escribo mucho.
No es para todo el mundo
(sin spam, sin frecuencia fija)


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