Hay una teoría no demostrada según la cual Jacob Elordi no es guapo. O, al menos, no en el sentido hollywoodiense del término. Sus facciones parecen debatirse entre dos ideas que nunca llegan a encontrarse: una frente cubierta con un flequillo de acero, una mandíbula que serviría de yunque en cualquier herrería de la provincia de Segovia y unos ojos que miran como si evaluaran la dureza de un tronco. Antes del primer hachazo. ¿Armonía? Poca. ¿Decisión? Toda la del mundo. Y esa decisión siempre refleja sus temores, nunca sus esperanzas.
Lo que sí hay —y aquí conviene decir la verdad— es altura. Mucha altura. Muchísima. Tanta como para que el cerebro humano —masculino, femenino y el resto— rellene ese cuerpazo con atributos extraordinarios. Alguien hizo la prueba: fotografía de grupo, varios hombres, todos más bajos. Elordi, Estatua de la Libertad. Después, alguien tuvo la indecencia de modificar las escalas. Resultado: Jacobo reducido a tamaño medio se convertía en un ciudadano más, perfectamente integrado en cualquier fila del Día. Sin dramatismos, sin trampantojos.
Y aquí entra la envidia como método de análisis —nunca como pecado—: una forma de mirar de cerca aquello que nos irrita y jamás estará en nosotros. Tal vez nada tenga que ver con su altura, sino con el lugar que ocupa, reservado a un grupo muy reducido de seres humanos ricos, talentosos y sobredimensionados por el cine. O quizás sea esa expresión de cervatillo que, incomprensiblemente, funciona. Jacob Elordi: la prueba lúbrica de que medir metro noventa y seis sigue siendo el mejor tratamiento de belleza que existe.
Escribo mucho.
No es para todo el mundo
(sin spam, sin frecuencia fija)


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