La edad es un fenómeno extraño. A veces se nos olvida, nos sentimos ágiles como una cabra montesa. Dura poco. Otras, rodeados de veinteañeros —están por todas partes—, nos golpea. Sin embargo, existe un momento particularmente doloroso, lejos del espejo o del dolor de espalda: descubrir que no eres joven en internet. Ocurre con un gesto inocente, comprando un billete de avión, rellenando un formulario. Es letal y mucho más real que la fecha en que naciste.
Abres el desplegable y aparece una lista de años. 2024, 2023, 2022, 2021… y empiezas a deslizar el dedo. Más. Más. Un poco más. Si, por ejemplo, naciste en 1979, tienes que viajar muchísimo hacia arriba, regresar a un pasado lejano, como quien busca un archivo en un disco duro antiguo. El tiempo te golpea sin piedad. Precisamente porque estás ahí, en esa lista, lejos, en una distancia física insalvable, más cerca de la muerte.
Internet va del ahora. Un segundo más tarde ya ha pasado. Por esa razón estos desplegables producen vértigo. Nada tienen que ver con la memoria, sino con el scroll. Lo raro es que pocos comenten esta humillación compartida por todos los que superan los cuarenta. Las generaciones perdidas ya no existen gracias a la tecnología. Eliges tu año de nacimiento, apagas el ordenador, te levantas y preparas un sándwich mientras ves caer las migas sobre el plato.
Escribo mucho.
No es para todo el mundo
(sin spam, sin frecuencia fija)

La

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