leer es una forma de desaparecer

Un extranjero en Colombia

Me pregunto si un español debe opinar sobre Colombia, si un segoviano está legitimado para intervenir en una comunidad en la que vive pero de la que no forma parte plenamente. Como extranjero puedo (y debo) tener mis preferencias, simpatizar por la falta de épica de Iván Cepeda, rechazar las formas, las canciones y las ideas de Abelardo de la Espriella, observar desde mi piso un país roto en los chats y en la calle, en la costa, los cerros y las aceras, en dos formas —nunca hay tres— de entender la vida. Pero, si no soy colombiano, ¿para qué me meto?

Vivir en un lugar implica algo más que ocuparlo. Llega un momento en que el destino de un país deja ser noticia y empieza a parecerse a una preocupación. ¿Y si gana De la Espriella? Seguiré frecuentando los mismos lugares, Miguel el ferretero me dará los buenos días con la mano y hablaremos de su próxima partida de billar en el bar La Vuelta, Germán seguirá detrás de la caja cobrando ensaladas de fruta y caldos de costillas, lloverá mientras el sol rebota en los cristales de la Séptima. Y, sin embargo, algo cambiará.

Será el sentido de pertenencia del emigrante por voluntad propia: descubrir que el talante de aquellos que presiden un país afecta el relato que uno cuenta sobre sí mismo. No podré votar, no llevaré una camiseta de campaña ni acudiré a ninguna manifestación estudiantil por el precio del transporte. Pero también sé que, cuando se anuncien los resultados, miraré la televisión con una inquietud que hace unos años me habría parecido absurda. Porque hay una diferencia entre visitar un país y vivir en él. Y yo ya no recuerdo en qué momento dejé de ser turista.

Escribo mucho.

No es para todo el mundo

(sin spam, sin frecuencia fija)

Ilustración: Cepelardo


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