Muros en un rosa pastel cálido, marcos y cornisas amarillos. Su pórtico, sostenido por arcos redondeados, genera una transición entre interior y exterior que apela a la vida comunitaria. El decorado como punto de encuentro del barrio, un hogar lejos del privilegio… hecho palco: acceso restringido, selección invisible, cuerpos perfectos, influencers y lino, una sensación de pertenencia propia de la élite cultural y económica. Todo espontáneo, la fiesta como branding efectivo. Me inquieta y da vergüenza ajena la casita de Bad Bunny.
Ni rastro del bling bling, las cadenas alrededor del cuello y los yates. El nuevo costumbrismo es esto, pasarla bien delante de miles de personas, desde lo alto de una atalaya de espuma, metal y madera que evoca la nostalgia, aquellas tardes de aguardiente frente al océano. La comunidad, lo orgánico, disfrutar sin jerarquías, nuevas formas de exclusión de un mundo de blancos en búsqueda del nuevo Caribe Premium. Bad Bunny lo sabe mejor que nadie. Por eso la gente corea «déjame untarte el sunblock pa que no te quemes».
Ha tenido que ser un puertorriqueño el que lleve por todo el mundo algo impensable hace unos años: el privilegio contemporáneo no prescinde del pueblo, quiere parecerlo y, al mismo tiempo, mirarlo desde arriba. Haz la prueba. Quítale el sonido a los videos de sus conciertos. De pronto, esa idea del todos juntos se diluye, la trampa se revela y los elegidos disfrutan de las mejores vistas mientras los demás sudan. La música tiene el poder de cegarnos durante dos horas y media. Y nos pilló bailando.
Escribo mucho.
No es para todo el mundo
(sin spam, sin frecuencia fija)


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