Ayer salimos por Bogotá. Mientras movíamos el cuerpo frente a la cabina del DJ caímos en la cuenta de que quizás era una de las últimas noches en las que saldríamos con un gobierno de izquierdas. Llegó con una canción de Prince, como una bofetada, proyectando una sombra bajo nuestros párpados y sobre la pista. La política tiene la costumbre de colarse por las grietas de esos ratos: una conversación con Alfonso, un vapeo en la calle, volver a casa en taxi mientras el aire nocturno te despeina.
Nadie planteó un balance de estos cuatro años (meses para mí). Están las cifras de empleo, las reformas, la mayor visibilidad de algunas comunidades, debates que antes parecían imposibles y hoy aparecen en portada. Otras son más difíciles de cuantificar. Hay una generación que ha aprendido a hablar de salud mental sin vergüenza, a defender la vida de los gatos con uñas y dientes, a demonizar el fracking y mirar bien al otro a pesar de ser distinto. Quizás no sea mérito exclusivo de ningún gobierno, pero sí del clima de una época. La izquierda, con todas sus contradicciones, ha sido también una forma más humana de imaginar una sociedad anclada en un baile que nunca termina del todo y en el que siempre falta alguien cuando se encienden las luces.
La sombra bailó un par de canciones más. Después, entre agua con hielo y aguardiente, nos acompañó a la salida. Y la nostalgia de algo que todavía no ha terminado se convirtió en lluvia. Tal vez dentro de una semana todo siga igual. Puede que todo sea diferente. Pero ayer, ebrios, envueltos en ese olor a ropa húmeda y jabón de manos, nos dimos cuenta de que algunos momentos merecen ser defendidos, por frágiles y efímeros, y que votar por Iván Cepeda es para muchos darle una oportunidad a algo imperfecto, incompleto y, precisamente por eso, todavía vivo.


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