leer es una forma de desaparecer

Contener multitudes

Un hombre crucificado, flaco, con los brazos abiertos, los ojos cerrados, una corona de espinas sobre su cabeza. La escultura al fondo de la capilla donde, de niños, rezábamos algunas mañanas con las manos frías, siempre antes de comenzar las clases. Después, en fila, casi siempre en silencio, atravesábamos los pasillos del colegio, mirábamos por aquellos ventanales con vistas a la Mujer Muerta. Había nieve en la cumbre, tanta muerte en todas partes. Había tanta vida en cada uno de nosotros. Éramos pequeños.

Ha pasado el tiempo. Muchos de nuestros profesores están jubilados o enfermos. Han desaparecido regímenes, especies animales, presidentes, pueblos enteros, cabinas de teléfonos, el cielo tal y como lo conocimos antes de los satélites, lectores, formas enteras de ser niños y entender el mundo por los ojos, llevándonos las cosas a la boca. Sin embargo, algunas cosas permanecen. El papa sigue congregando multitudes. Algunos observamos la imagen y regresa ese frío que huele a lapiceros.

Creemos vivir en una nueva era: algoritmos por confesionarios, Shazam frente a salmos, scroll en lugar del papel biblia, el ritual de lo individual frente a lo colectivo (si no es de pago). Y ahí está este señor blanco, de blanco, sonriente detrás de un cristal antibalas, con un solideo en la cabeza y el nombre de Cristo en el alzacuellos. Cambian las herramientas y los escenarios, pero no el vacío. Quizás por eso seguimos reuniéndonos alrededor de hombres, banderas, canciones y montañas. Tú y yo también. Siempre solos entre tanta gente.

Escribo mucho.

No es para todo el mundo

(sin spam, sin frecuencia fija)


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