Es imposible quedar

«Es imposible quedar» o eso decimos, quizás porque lo pensamos, un poco porque, en el fondo, lo que nos gusta es quedarnos en casa, con nuestra guitarra o con nosotros mismos. Ahora que todo funciona con reservas —improvisar es cosa de viejos—, vamos llegando a la conclusión de que quedar con amigos se parece a un momento perfecto, ansiado y cotizado porque llega pocas veces o, en la mayoría de los casos, nunca. Por eso seguimos insistiendo hacia delante, porque la imposibilidad del fenómeno solo hace acrecentar las ganas.

Y sucede. En ese momento se alinean dos planetas dentro del planeta Tierra y nos miramos a los ojos y pensamos que quizás estemos soñando deprisa, aunque parece real y, aún siéndolo, quedará registrado en la memoria como un reliquia, el recuerdo de un recuerdo comprendido entre el día de uno y el del otro, cúmulos de tiempo, nubes y aranceles, que, a pesar de ir a la contra, terminan por detenerse. Sucede muy de vez en cuando, pero los momentos perfectos existen, Guille, existen. Duran poco.

Puede ser que por culpa de la prisa hayamos sustituido el «te echo de menos» o «el para mí es importante verte, aunque Madrid se empeñe en lo contrario» por algo más vehemente. ¿Acaso no es la imposibilidad el punto de partida para lo posible? Probamos una vez. Fracasamos otra vez. Fracasamos peor. Nos despedimos sabiendo que volveremos a vernos en alguna parte, más viejos, incluso rendidos, conscientes de que la esperanza, a veces, es la forma más silenciosa y madura de seguir estando. Y además es imposible.

Ilustración: Andrea Ucini

La era de la exageración

Últimamente, apenas escucho decir que algo está bien, sin más. Ahora todo es el «mejor disco de la historia», «la película definitiva», «el libro que cambiará tu vida», un delirio hiperbólico que, más que entusiasmo o ganas, parece ansiedad o estreñimiento. Y uno se sienta a escuchar una canción o en un cine y piensa: ¿por qué hay miles, que digo miles, millones de personas, canonizando esta obra? ¿Estaré sordo o ciego o calvo? Joder, ¿qué me estoy perdiendo? Entonces caigo en la cuenta: tenemos poco tiempo para vivir así que empleamos el tiempo en exagerar. Quizás sea la única forma de soportar esta era tan rápida, la mejor manera de arder antes de quemarnos.

Esta hipérbole funciona como una especie de dieta emocional: no alimenta, pero entretiene. A falta de épica —la hípica es cosa de ricos—, creamos nuestra propia odisea doméstica en las redes para lanzarnos a escribir el titular mucho antes de que termine la última canción o aparezcan los títulos de crédito. Decir «me ha gustado» sabe a poco; decir «es una obra maestra» da ganas de pertenecer a algo. La culpa es del algoritmo y su empeño en enterrar lo tibio: sin no se grita, entonces no existe. Así que se exagera, todo es enorme, lo que se crea se magnifica y se destruye.

Lo peor es que la hipérbole ha vaciado de sentido la idea de excepcional, siempre escaso, antes y ahora. Ya no creemos en lo sublime porque lo sublime aparece cada quince minutos con la forma de un tráiler, un vídeo con la Sínfónica de Londres y una plancha o una hamburguesa. Lo extraordinario se ha vuelto estadística. Y sin embargo, me pregunto si con tantas novedades insólitas no habrá también un cansancio nuevo, una sospecha creciente de que tanta grandeza de saldo nos está dejando sin conversación. Tal vez toque recuperar el espacio del “está bien”, del “es correcto”, del “he pasado un buen rato antes de dormir”. No sé, una revolución íntima, aquello de llamar a las cosas por su nombre. A lo mejor, cuando dejemos de gritar, podremos volver a escuchar, ver o sentir algo verdadero.

Ilustración: Giselle Dekel

Todo va a ir a peor pero…

No hace falta ser ningún genio apocalíptico para afirmar que todo va a ir a peor y acostarse con un pequeño derrumbe, otro marrón, la enésima decepción del catálogo del siglo. Y es difícil el contraargumento pues el día a día, un cúmulo de recuerdos y falta de orden, parece diseñado para agotarnos: que si los alquileres, la política y la mugre, las redes, el ruido y la polarización… Uno se levanta con ganas de comerse el mundo y, al hundir la tostada en el vaso, siente que el mundo se desborda.

Quizás lo peor sea la falta de épica. Nada de tragedias griegas, solo ansiedad, cuentas que no cuadran, relaciones que se rompen por la falta de curiosidad. El deterioro, el de la casa y nuestra cara, nunca llega como un rayo, sino como una gotera, y nos revolvemos con un arsenal ridículo: otro cigarrito, el Zara online, «aquí, preparándome para la maratón», las clases de cerámica, un par de mensajes de ánimo y la nota mental de que mañana será distinto sabiendo que es mentira. En todo caso, mañana será otro día como mucho.

Por otra parte, hasta el más torpe sabe que algo hay que hacer con el tiempo que nos toca. Las cosas irán a peor, aunque puede que lo hagan tan lentamente que nadie se dé cuenta. Mientras, la vida seguirá siendo absurda, a veces francamente mediocre, y aun así, hay una tarea mínima que da sentido a todo: defender nuestro terreno, ser decentes e incluso buena gente, tener mucha paciencia con los familiares, amigos y desconocidos, cuidar de quien podamos, una planta, un carlino, dejar de empeorar lo que ya está mal o da asco. Las cosas pueden ser humanas, finitas, decepcionantes, sí, pero intentemos —como decía Vonnegut con una sonrisa triste— mantener la posición con dignidad.

Ilustración: Andrey Kasay

Sobre perder la paciencia

Esta mañana, he perdido la paciencia. No importa con quién. Sentí el corazón en las costillas, las palabras hechas un flujo de aire, y el espacio que me rodeaba —una habitación llena de luz— convertido en temblores. Sï, el hombre en ese espacio era yo, también alguien al que casi nunca veo, o intuyo o quiero cerca, un humano con el que comparto piel pero no entrañas. La discusión terminó en el tono del fin de la llamada, el mismo de cualquier encefalograma cuando el corazón deja de latir. Al perder la paciencia somos la peor versión viva de nosotros.

Tras ver al tigre brillar en mi cabeza, recuperé ese impulso ligero que me caracteriza, un poco adolescente, gato, mi pensamientos diluidos en varios escenarios de noche, musica y palabras. El enfado fue reemplazado por una respiración de alguien de sesenta y cinco kilos, y la persona a la que odiaba recuperaba su cuerpo, una cara, la edad en la que nada puede cambiarte porque has vivido mucho y aún te queda. Perder la paciencia implica un grito, cabrearse nos enseña a localizar nuestros límites e ignorarlos, solamente perdonando encontramos un sentido a todo esto. ¡Ay, la paciencia!

En lugar de insistir en mis razones —esas razones de mierda—, le he dicho a la persona en cuestión que estoy aquí para ayudar —dudé en mandarle a la mierda y borrar su número—, y de paso he recuperado mis constantes vitales: el estómago en el lugar que le corresponde, entre setenta y setenta y cinco pulsaciones por minuto, dejar de esperar que algo suceda, un poco de orden en una vida que cambia en un segundo. La paciencia lo limpia todo y quiero mantenerla, aunque todavía arda antes de respirar, aunque haya días en los que el mundo me empuje en dirección contraria.

El humus de Rosalía

Hay artistas que no hablan: se revelan. No componen discos: edifican templos. Cada gesto se vuelve ceremonia y cada palabra suena a tratado de estética espiritual. A veces, da la impresión de que lo que menos importa es la música, porque lo esencial es sostener la idea de que están conectados a una vibración superior, a un linaje secreto de místicas, santas, filósofas y arquitectas de lux y de ladrillo. Lo curioso es que, cuanto más se insiste en ese brillo teresiano, más se nota el hilo fantasma, la necesidad desesperada de que el público crea que detrás de cada melodía hay un dogma, un púlpito, una décima y una undécima puerta.

En esa construcción, la artista deja de ser humana y se vuelve alegoría de sí misma. Habla de procesos creativos como quien relata un retiro monástico: aislamiento, escribir tumbada, sacrificio, lecturas que parecen escogidas para una nota de prensa. Todo es enorme, catedralicio, infinito: grabaciones por medio planeta, tírenle magnolias, tumbas, muerte, versos en lenguas que apenas puede pronunciar, metáforas religiosas con olor a rueda quemada. Es la vieja estrategia del aura, aquella de rodearse de símbolos tan densos que nadie se atreva a preguntar si hay algo de verdad entre tanto humus.

El problema no es la ambición —tan necesaria—, más bien la grandilocuencia para camuflar el hecho de que un disco casi siempre es un disco, no una epifanía, que la espiritualidad puede ser un motor, también un decorado muy rentable, que la solemnidad y la clausura, usadas sin pudor o con pudor de escaparate, se convierten en una forma sofisticada de marketing, y que, quizás, debajo de todas esas capas de hábito y posreligión, hay una artista muy consciente de que hoy la gloria no se alcanza sonando a clásico en Spotify, sino pareciendo diferente. Y en eso, desde luego, la Rosalía es imbatible.

Los inicios de las parejas

Los inicios de las parejas tienen algo de catástrofe luminosa: la sierra del sexo 24/7, la torpeza feliz de unos dientes sobre otros dientes nuevos, los olores como razón para volver a desnudarse. Las noches se estiran junto a una ventana donde lo único que importa es esa sensación de que el futuro, la nada, se ha disuelto y solo queda un presente que palpita, caliente, que insiste. En esos primeros días, el amor no es una promesa ni un plan, mas bien un animal lejos de casa, perdido ante la inmensidad del cosmos.

En la Tierra, las mañanas y los desayunos lejos del rutinazo, pan de ayer, café de hace tres días, risas contra el cansancio y los dolores. Hay una inocencia en esos comienzos que no vuelve, no porque la relación se desgaste, sino porque es imposible repetir la aspereza de las primeras veces, recordar quiénes éramos cuando nadie nos había enseñado la pedagogía de la convivencia, gente sola que quiere morirse acompañada, gente que tropieza y sigue andando.

Y sin embargo, lo más curioso de esos inicios es que cualquier tiempo pasado nunca fue mejor, quizás más intenso porque conocemos los detalles y pertenece a un territorio que la estabilidad no puede —ni debe— replicar. Todas las parejas miran atrás como quien consulta un mapa antiguo, no para volver al origen, sino para recordar que allí se encontraba lo mejor de cada uno antes de las discusiones y las agendas, mucho antes de que el apego aprendiera a sostenerse sin tanta luz. En la madurez se aprecia, con una mezcla de gratitud y decepción, que los inicios son un estallido lejos del paraíso y que el verdadero amor es lo que viene después, cuando la llamarada inicial aprende a quedarse y se queda prendida, tal vez para siempre.

Ilustración: Alex Colville

Mala persona

Ser mala persona es una forma de estar mal en el mundo, a veces lejos de la violencia, el robo o la mentira, otras en los silencios y la manera de mirar a alguien como si fuera transparente, como si sus sentimientos fueran una simple anécdota. La mala persona —todos conocemos a alguna— es la que aprende a moverse entre la cortesía y la indiferencia, midiendo el gesto y la omisión, con la certeza de quien sabe que la empatía es una herramienta opcional. Su fuerza reside en la capacidad de desdibujar la línea entre lo que está bien y lo que está permitido… hasta que nadie recuerda exactamente cuándo comenzó a doler.

Mazón ha actuado como si la política fuera un tablero y él, el único jugador con derecho a desaparecer. Unas horas, un almuerzo de trabajo… mientras, el agua lo arrasaba todo, también a él estando guarecido. Después de la tragedia ha preferido quedarse, resistir siendo un muerto con más vida que las 237 víctimas que no hicieron nada malo para ahogarse. Mazón ha humillado sin tocar a nadie, con un silencio de estrategia electoral, de una precisión casi poética y al mismo tiempo profundamente violenta: Mazón ha sido malo por negarse a ser bueno.

Esta maldad cotidiana y cutre representa la perversidad sin máscaras de monstruo, llena de naturalidad e ineficacia, de rutina y aparato partidista. ¿Qué nos convierte en malas personas? No debería ser un hecho aislado, sino un cúmulo de decisiones, hábitos y actitudes que afectan a otros, priorizar sistemáticamente nuestros intereses por encima del bienestar ajeno, lastimar y golpear repetidas veces, una y otra vez, insistir. Pues bien, Mazón es una mala persona por todo lo contrario, una mala persona que ni siquiera estuvo allí.

Rosalía y la obediencia emocional

Desde «El mal querer», cada vez que Rosalía saca algo se activa una coreografía social. Por un lado, sus detractores, acusándola de pastiche, pfff; por otro, los integristas del «lo ha vuelto a hacer», siempre a la búsqueda de un significado oculto en cada fotograma. En medio, la sensación de asistir a un entusiasmo forzado en el que la emoción no surge del arte, sino de la expectativa de sentir algo. En cualquier caso, «Berghain» es desde ya el lubricante que el mecanismo de la industria necesita para funcionar sin resistencia alguna.

Aquí se trata de crear necesidades y remover el pasado con las formas de un 2025 que ha dejado de revisar la historia. La idea del arte con mayúsculas, de la pureza en medio del ruido, nos reconcilia con el consumo, nos lleva a sentir que participar en la cultura popular es un acto espiritual y no una simple transacción y Rosalía su diosa indiscutible. Recordatorio: la genialidad puede ser una forma más de obediencia emocional.

Las reacciones se manifiestan de manera sincronizada, vienen de serie y se replican desde todos los frentes: visual, melódico, metanarrativo… El algoritmo se camufla entre tanto artificio y el juicio se convierte en un momento de asombro cuantificable. Mientras otros escriben música para rendirle cuentas a una necesidad interna, Rosalía añade la expectativa del impacto. Y sí, claro que es sincera y talentosa, sin embargo esa sinceridad está estructurada por los códigos del sistema que los propaga. Quizás el silencio sea el único asombro verdadero que nos quede. «Seine Liebe ist nicht meine Liebe».

Esos jóvenes viejos

Resulta desconcertante ver cómo una parte de los jóvenes de hoy —véase aquellos que nacieron con un móvil— están volviendo a las plazas de toros y los conciertos cristianos, a votar a la extrema derecha y celebrar la tradición como una forma de rebeldía. Lo que antes implicaba cuestionar lo establecido, esa playa bajo los adoquines, ahora defiende lo de siempre. Del punk a la misa, de la revolución a la nostalgia. Y el futuro es un lugar tan horrible que el lado oscuro de la esperanza se encuentra en el pasado (todo negro).

No todo es ideología. Hay estética e identidad, una forma de estar vivos a la contra, con todas sus mierdas y las ganas intactas, chicos y chicas que se aferran a la solidez aparente de una bandera, a la ganadería de Juan Pedro Domecq o los Hakuna. Si no perteneces a un grupo no existes, te limitas a representar un corazón y un pulgar, barcos de arroz a la deriva entre millones de pantallas. Así recuperan lo viejo porque lo viejo nunca cambia, y en ese gesto, en principio inaudito, hay una forma de ternura.

Quizás siempre fue así, pero ahora lo vemos por streaming o en un hashtag, jóvenes con maneras de gente muerta y enterrada, estudiantes conservadores que hablan con propiedad de un futuro que ya no solamente no existe, sino que se repite a peor, hijos pequeños de un tiempo sin alternativas que desean, por encima de todo, creer en algo, lo que sea, pero algo que se mantenga en pie. Quizás el problema no sea ser joven, sino hacerse viejo tan deprisa.

Valeria Castro o la importancia de aprender a decir no

El caso de Valeria Castro retrata a la perfección cómo la industria y sus rémoras (managers, promotores y cadenas de televisión) confunden talento con rendimiento. En un negocio donde las listas y los números ordenan, nadie parece recordar una obviedad: detrás de una voz hay una herida. La máquina del éxito no entiende de descanso y exprime, chupa, agenda, programa, exige, ¡más luz! Se ha instalado la idea de que parar es un fracaso, de que desconectar es rendirse. Pero el arte necesita de silencio, de tiempos muertos y distancia. Y cuando a alguien tan joven como Valeria se le niega eso la voz de la artista se resiente, también la persona que quiere llegar lejos tan pronto.

El gran error es que el manager moderno ya no acompaña, dirige, no protege, explota. Se ha disuelto la figura del mentor que entendía la complejidad del proceso creativo y en su lugar han aparecido gestores de marca obsesionados con mantener la presencia en los medios, en la red, a toda costa. No ven a Valeria como una compositora que necesita crecer en salas pequeñas, sino como un producto que no puede enfriarse. Sin embargo, las canciones poco se parecen a un producto: se viven primero, se esperan después y terminan en un móvil. Cada vez que se empuja a alguien a seguir sin mirar atrás, aparece el ruido y el ruido de la gente que critica para dotarle a sus vidas de su particular banda sonora.

También la familia tiene su parte de responsabilidad. Nadie mejor que un padre o una madre para recordarle a su hija que la música viaja hacia dentro y en contra de la prisa, está llena de pérdidas y hallazgos improbables. Que los estadios llegan, si llegan, en la madurez, cuando las canciones pesan más que los focos. Que decir “no” —¡a la mierda Operación Triunfo, el estrellato y las escuchas!— no es perder una oportunidad, sino salvar el futuro. Porque en la tele puede haber audiencia, pero no hay poca música o es música fea, y lo que Valeria tiene no es fama, es algo mucho más raro y precioso: verdad, y ésta, managers, padres, si se cuida, nunca caduca, nunca.