«Es imposible quedar» o eso decimos, quizás porque lo pensamos, un poco porque, en el fondo, lo que nos gusta es quedarnos en casa, con nuestra guitarra o con nosotros mismos. Ahora que todo funciona con reservas —improvisar es cosa de viejos—, vamos llegando a la conclusión de que quedar con amigos se parece a un momento perfecto, ansiado y cotizado porque llega pocas veces o, en la mayoría de los casos, nunca. Por eso seguimos insistiendo hacia delante, porque la imposibilidad del fenómeno solo hace acrecentar las ganas.
Y sucede. En ese momento se alinean dos planetas dentro del planeta Tierra y nos miramos a los ojos y pensamos que quizás estemos soñando deprisa, aunque parece real y, aún siéndolo, quedará registrado en la memoria como un reliquia, el recuerdo de un recuerdo comprendido entre el día de uno y el del otro, cúmulos de tiempo, nubes y aranceles, que, a pesar de ir a la contra, terminan por detenerse. Sucede muy de vez en cuando, pero los momentos perfectos existen, Guille, existen. Duran poco.
Puede ser que por culpa de la prisa hayamos sustituido el «te echo de menos» o «el para mí es importante verte, aunque Madrid se empeñe en lo contrario» por algo más vehemente. ¿Acaso no es la imposibilidad el punto de partida para lo posible? Probamos una vez. Fracasamos otra vez. Fracasamos peor. Nos despedimos sabiendo que volveremos a vernos en alguna parte, más viejos, incluso rendidos, conscientes de que la esperanza, a veces, es la forma más silenciosa y madura de seguir estando. Y además es imposible.

Ilustración: Andrea Ucini








