Sobre la bondad

Menos verdad, ser buena gente, que la bondad sea lo único que queramos imitar. Lema a tatuarse en tinta mágica. Porque conducir un Tesla, el cubo de basura para bricks, comprar justo… demostraciones que apuntalan la reputación, algo vistoso. La bondad, en cambio, va del tórax al cerebro, florece a oscuras como forma de inteligencia poco reivindicada, humilde. Se siente, es algo sin llegar a concretar el qué. Mano, ¿la sombra que da agua a los perros?, palabras sinónimo de abrazos. En ese punto de encuentro, la razón se sorprende de lo que es capaz de hacer por sí misma. Hacer el bien, ¡qué mejor forma de deshacerse estando vivos!

Bondad para que la felicidad comparezca en esas personas de las que la gente habla. Todo altruismo pues se prescinde del interés propio para ampliar la satisfacción de una hermana, de un pez, también de un enemigo. Bondad envuelta en la gratitud que crece mal en las alturas y vive apegada al barrio como extensión de este mundo de muchos. Bondad frente a barbarie, bondad contra likes, bondad en el espejo cada día. Bondad, qué bonito nombre tienes.

Siendo bueno la aspiración de ser mejor se acerca. Salir ahí fuera, luz, más luz, observar lo que no nos gusta, que es mucho, moldearlo para convertir la estupidez en un intento de remedio. Es posible racionalizar el sentimiento, creo, con paciencia, paciencia bis y hábito. ¿De qué hablamos cuando hablamos de bondad? De amor en acción, de virtud, de empatía en las costuras. También del único trabajo al que merece la pena consagrar la siesta. Superioridad bien entendida. Ser bueno en el buen sentido se parece poco a hacer el bien. Qué mal endémico tan grande no intentarlo.

Ilustración: Guy Billout

Los invasores

A los invasores siempre me los imaginé fieros, uniformados, sedientos de sangre. Llegaban de noche, empuñando un cuchillo y dejaban un rastro de sangre púrpura. ¡A las casas!, gritábamos por las ventanas. Había que esconderse rápido, de lo contrario la muerte y la desgracia envenenarían la tierra, la nuestra.

El día de la invasión se acercan a nado desde el otro lado de la frontera, una línea dibujada en algún despacho. El mar en calma, la vida en una brazada y al borde de la orilla. Nadie nos dijo que vendrían sedientos, en ocasiones al borde de la muerte. Qué raro, aspiran a una vida normal, no a borrar la historia, y así nos lo agradecen.

El invasor ocupa el país por la fuerza y se desploma. Una traidora de la patria le da de beber, le envuelve con un gesto fieramente humano. Los dueños del agua son la sed del que necesita hidratarse. La invasión era esto; un abrazo, un salvavidas. El enemigo está dentro de nosotros, lo juro.

Las cosas que echamos de menos

Es extraño cómo han cambiado las cosas en el transcurso de estos meses. A finales de agosto, cuando los niveles de vitamina D exceden los niveles recomendados y tres cuartos de España se van de vacaciones después de meses de parón forzoso, la frase más extendida por terrazas, plazas y redes es «estoy hasta el coño». Y claro, uno se pregunta cómo es posible si se supone que el estío es la fecha en la que, históricamente, mejor deberíamos estar, dueños de cuerpos dorados a la sal y una mente que, por fin, vuela lejos del fútbol y los atascos. Por supuesto que hay varias razones de peso para ello, pero la raíz del mal se encuentra en la imposibilidad de compartir.

Así es como llegamos a la conclusión de que lo que más nos apetece a día de hoy, más que echar un polvo, que también, o ponernos pelo, es probar el postre del de al lado, juntar los morros propios y ajenos en una bola de helado de turrón o una garrafa de vino, que nos escupan a la cara porque estamos hablando demasiado cerca, en la oreja o el pómulo, ¡da igual!, bailar, sí, bailar, muy apretados la canción de este no verano y abrazar a gente triste, a chicos pálidos vestidos de negro, a Abascal. Incluso la imagen del turulo comunitario se percibe como un vestigio del pasado a recuperar en este presente rancio.

A pesar de los reflujos vitales, la batalla que se libra en nuestro interior nos empuja a la soledad y la misantropía. Por un lado el miedo, por otro las ganas de que esto acabe de una puta vez. En medio, el «sólo se vive una vez» percibido como una frase de gimnasio cutre con sentido. Somos huérfanos sí, aunque también más conscientes de todas las cosas pequeñas que perdimos en el camino… y que se hacen entre dos. Más ya se considera gang-bang.

Ilustración: Charles Burns