Venga, la última y a casa

De entre todos los mitos urbanos, embustes y trápalas que circulan por los burladeros de las ciudades españolas hay uno que se repite cada noche como un mantra alcohólico. Y nada tiene que ver con la imposibilidad de ser ricos y de izquierdas, o con que el frío causa resfriados y beber zumo de naranja los previene. Ni siquiera con el hecho de que vaciando la vejiga sobre el ombligo acribillado de tu novia la picadura de medusa duele menos. Créanme; las vacunas no producen autismo y cuando alguien dice eso de «venga, la última y a casa», la noche se va alargar. Pero un huevo.

Porque si hay algo que caracterice a los ibéricos es su capacidad para intentarlo y fracasar estrepitosamente ante la hostilidad manifiesta que producen esas seis palabras, seguidas del clásico «Rafa, no me jodas» o una mirada furtiva al reloj que, paradójicamente, se levantará con nosotros al día siguiente… fresco y sin inmolarse tras incumplir una vez más la eterna promesa de no pedir chupitos de Jägermeister o llamar a la camella cuando lo que toca es desayunar.

Existen 194 países en este dislocado mundo —193 si tenemos en cuenta que el Vaticano es una casa de putas—, todos con sus costumbres, ritos y excesos, pero cuando un español entra en modo pedo sabe que va a socializar, formar parte de algo, efímero y blando, pero algo al fin y al cabo, ser agua, quizás halcón peregrino y afrontar el hecho irrefutable de que no hay un lado oscuro de la luna. En realidad, siempre duerme iluminada por el sol, como las calles que guían nuestros torpes pasos de vuelta a casa.

Oda al alcohol y sus vapores

La historia nos cuenta que Robert Dudley —conde de Leicester y ojito derecho de la reina Isabel I de Inglaterra con la que copulaba entre batalla y esquilmo— fue enviado a los Países Bajos junto a una partida de 6.000 soldados para ayudar a los rebeldes holandeses en su cruzada contra la tiranía española, por aquel entonces un temible y sucio imperio a las órdenes de Felipe II.

Al parecer y antes de cada batalla, los soldados ingleses exigían una ración de “coraje holandés” semejante a la que recibían religiosamente sus camaradas pelirrojos, demostrando una mala hostia tremenda cada vez que salían a cortar cabezas enemigas. Pocos saben que la pócima en cuestión era un buen lingotazo de ginebra, la cantidad suficiente para entonarse antes de morir.

Han transcurrido 434 años desde aquellos días de gin y rosas, pero la mayor parte de los músicos, actores y cirujanos que conozco se siguen entonando con un roncito, dos Jagger o lo que proceda, siempre con el objetivo de conectarse consigo mismos y soportar el enorme vacío —rayano en el horror— relacionado con salir a escena o la hoja en blanco. Es más, en algunos casos y siempre al terminar sus obligaciones contractuales continúan bebiendo, no porque les guste particularmente su sabor, sino porque consiguen, durante unos minutos de Anunciación etílica, algo parecido al gozo en cada sorbo.

Y es que el alcohol camina con las palabras, los focos y las notas, ayuda a sobrellevar la culpa del trabajo —maldición de la clase bebedora—, anestesia el paso del tiempo con sal y limón, ayuda a los feos a encontrar hueco en la cama de las más incautas y es un remedio infalible para soportar la estupidez de los amigos.

Parafraseando a mi querido Toni: «Soy realmente feliz cuando estoy borracho. Es una sensación inigualable. Ni tener hijos ni pollas. Estar pedo es lo mejor de la vida». Salud y moderación.