Las personas son lugares

El movimiento se inventó para salir de nuestra cabeza. Abrimos los ojos, preparamos un café o nada y vamos a trabajar deseando estar en otra parte, una playa, huir a un concierto o al día de un mes al otro lado. Somos incapaces de conformarnos con lo que nos toca, por eso recurrimos a espacios que no nos pertenecen, que no nos pertenecerán nunca. Todo es diferente cuando, después de tanto viaje al centro de nosotros, entendemos que las personas a las que queremos y nos quieren son, en realidad, lugares, ciudades llenas de ternura, pueblos con una cama tibia, continentes a los que llamamos casa.

Haced la prueba en un día de mierda. Alguien te cabrea o te provoca. Sientes la ira martilleando tus venas y tus sienes, las patas de una tarántula en la cara. Respiras hondo, como si el aire que entra en los pulmones procediera de una galaxia sobre tu cabeza. Quieres matar entre latido y latido. Las pulsaciones bajan en el momento en el que te refugias en una idea, una idea que es una persona, una persona que es un lugar. La geografía como invento de la gente sola. La cercanía como manifestación más pura del amor. Un pensamiento, un nombre.

Tan hostil ahí fuera, tanta mala hostia por dentro. La gente es fría, los peores matan, los mejores pisan, el planeta arde, las estaciones confunden a los animales y los apicultores, los reyes con sus coronas de espinas, los súbditos con sus sombreros de paja, los inocentes terminan mal, los malvados sonríen frente al televisor, los niños se raspan las rodillas, los adultos lloran a escondidas de los más pequeños, pero siempre podemos recurrir a un momento feliz cerca de el, cerca de ella. Siempre.

Ilustración: Will Barnet

La falta de cariño

La falta de cariño es una forma de castigo. Prescinde de golpes y puertas cerrándose moviendo mucho aire. Se trata de una decisión consciente en uno. El otro se limita a aceptar su ausencia y el estruendo. Y olvida que puede vivir en una casa con un gato, sin amor diario o agua caliente, pero nunca sin muestras de cariño. Hablamos del cariño al margen de la caridad, muy lejos de contratos y cadenas. De ahí su misterio, de ahí que pueda ser representado con un trazo. La falta de cariño me convirtió en un hombre incapaz de recibir cariño sin salir huyendo.

Hay algo extraño en el cariño porque adquiere formas muy diversas. Las mujeres lo integran en el sexo, también cuando es muy guarro. Los hombres lo despliegan con desgana. El cariño aparece en el silencio, cuando dos, tres o varios ocupan una habitación sin decir nada. El cariño llena. El cariño nunca desgasta. El cariño. Quizás sea una escisión del amor, otra forma de decir te quiero al margen de palabras. No lo sé. Victor Jara envolvía al mundo con cariño. Quizás por eso le rompieron los dedos antes de matarlo.

Solamente los animales proporcionan cariño ilimitado. Creo que aprendemos mal de ellos, por eso al negárselo a otro de manera paulatina deja un rastro de sangre sin sangre. ¿Cómo puedo volver a aceptar cariño sin reservas? Observo a los perros del parque, a las palomas andando en círculos concéntricos, a los falangistas despidiéndose de un féretro… y regreso a casa. El apego implica un riego; la distancia una despedida de todas esas cosas buenas. Ahora todo se arregla con psicólogos. La falta de cariño tampoco.

Ilustración: https://klauskremmerz.com

Halagos

Los halagos son caricias en las sienes. El animal se ablanda, va perdiendo su paso por pares de patas diagonales… hasta elevarse. Al final lo montan. El halagado se pregunta si las caricias no eran en realidad para otras sienes, que él no hizo nada, aunque trató de merecerlas. Las caricias le empujan a un espacio en el que ni siquiera corre. No hay nada más triste que un caballo en una jaula. Halagos que terminan traicionando. Y a pesar de todo los buscamos en las sombras, a plena luz del día.

Son los amigos más cercanos los menos dados al halago. Ellos curan al animal cuando está herido, descargan la escopeta y le ayudan a recuperar el paso. Los actos más relevantes vienen exentos de elogios. Los elogios cuestan poco o nada. Las críticas proceden del corazón de las tinieblas. Halagos y críticas a lomos de palabras. En el fondo, todos esperamos un milagro. Nunca llega. Pero seguimos esperando.

Se puede levantar una montaña con halagos. Serviría para tapar el sol y algunas bocas. Casi todos los halagos son mentira. Hacen más llevadero el engaño de vivir creyendo que hacemos bien las cosas. Algunos halagos enmascaran un reproche. El animal vive ajeno a todos estos males. Se limita a atravesar el campo, intenta sorprenderse frente a un campo de amapolas entre el trigo verde. Las palabras crean y destruyen, dan forma al color y hasta alimentan. Debemos halagar desde el silencio. Y el caballo se aleja dejando a su paso pétalos de música.

Ilustración: Guy Billout

Los animales

Ya no se recluta a las bestias para la guerra. Se acabó eso de cargar muerte y suministros sobre elefantes y mulas, palomas y camellos. Ahora la munición y las noticias las transporta el hombre y la fibra, jóvenes con rodilleras en su defecto. Los gatos ven pasar lo trenes de la tristeza y siguen a lo suyo, buscando esquinas en la que dejar su olor, pidiendo comida detrás del cristal. Maúllan en un frío sólido, como de soga alrededor del cuello, ajenos a los límites fuera de su cerco de leche. Será por eso que mujeres y niños buscan hogar en camas de países vecinos. Extraña geografía del horror. Fieras nosotros.

Como un gato observo a los caballos desde la ventana de una casa de campo. Duermen, aunque podrían estar muertos. Un hombre agreste se acerca a la parcela y grita algo que no llego a entender. Así reviven las mal llamadas bestias, porque los verdaderos animales ocultan su vergüenza en uniformes, arrebatan a la fuerza lo que pertenece a los que ya se fueron, a los que resisten y a otros que vendrán con lágrimas y patria. Las únicas fronteras son montañas y valles, bosques y mar. Así lo confirma el perro a mis pies.

Levanta la cabeza, gira sobre sí mismo y me observa con cara de recién nacido. De alguna forma nos entendemos sabiendo que no hay por qué gustarse. Así comienzan las grandes historias de amor. Mientras, el sol sale de detrás de una nube y ellos, el gato, el caballo y el perro, los tres, respiran un aire de paz. Domésticos sí, pero también indomables. Entonces llego a la conclusión de que son los animales los únicos que miran de verdad, siempre al ventrículo, porque sólo ellos saben lo que está sucediendo, que es la vida en el mal sentido de la palabra.

Ilustración: とつかみさこ

Maldito maltrato animal

Visiono con un amago de nausea las imágenes, presuntamente cotidianas, del laboratorio Vivotecnia. El taller del horror, dedicado a la investigación toxicológica y farmacéutica con animales, muestra al ser humano en la peor de sus versiones: cruel e implacable, una bestia entre cerdos, ratas y monos torturados según los preceptos básicos de Auschwitz y Treblinka. Se excusan en que lo hacen en nombre de la ciencia, para salvar vidas. La banalidad del mal, patrimonio exclusivo del hombre fieramente humano, siempre actúa por cuenta propia gracias a la colaboración de sus vecinos, «buena gente, del barrio de toda la vida». Después de intubar a un perro sin anestesia, agitarlo por el cuello y dejarlo morir tras varios espasmos, el trabajador se quita el uniforme, regresa a casa y se come un sandwich vegano.

No es la primera vez que sucede algo así. Tampoco será la última. La experimentación con animales para ayudar a los humanos ha sido un gran fracaso. Desde el principio. A pesar de los importantes beneficios obtenidos para el bienestar de la sociedad, rompe las reglas del juego, esas que mencionan el equilibrio y la convivencia de todas las especies del planeta. Por supuesto, la tecnología desarrolla alternativas como las pruebas in vitro, el modelado informático y la microdosificación con voluntarios, inasumibles para ciertos sectores por razones económicas.

Supongo que este laboratorio será clausurado. Por el contrario, dudo que a corto plazo se replantee la relación del hombre y los animales, los que son utilizados como cobayas y también «humanizados» con lo último —zapatillas, gafas y abrigos incluidos— como si se tratara del complemento perfecto para el dueño. Resulta que los animales existen por su propia razón, lejos de los planes que tengamos para ellos. Da para reflexionar y maldecirnos.

Ilustración: http://www.bloodyhellbighead.com