Ayuso no somos todos

Un cartel con la cara de la Presidenta de la Comunidad de Madrid y la leyenda «Ayuso somos todos. ¡Gracias por cuidarnos!» ha aparecido en la puerta de mi bar habitual. Así, de repente. Y hay más. Hasta seis conté junto al pulpo a la plancha a 18 euros y a lo largo del kilómetro torcido a la derecha de Ponzano. Porque este es un territorio levantado en torno a la Ayusomanía y la caña como epicentro de la cultura, que quede muy claro. Todos aquellos que lo cuestionen tienen dos opciones: irse a beber a casa o directamente callarse. He ahí la libertad a la madrileña.

La cosa es que llamar al boicot parece poco razonable, más si tenemos en cuenta que los dueños de estos establecimientos no pretenden hacer daño a nadie, mas bien mantener un modo de vida en clara confrontación con la vida misma. Sin embargo, esta vez decido no entrar. Y es cierto que el ambiente, el murmullo de gente que grita y mea fuera de la taza, todo sigue igual y, sin embargo, algo ha cambiado. Serán los ánimos y una razón que se le escapa a la mayoría: los lugares de reunión son ahora los lugares que nos separan… excepto las lápidas.

Así llegamos a un punto en el que es imposible separar el ocio de las papeletas, los brindis de la conciencia de clase, la sed del hambre que pasan los más afectados por la crisis. Desterrada la razón de la política, se adopta la pasión de la barra del bar y así una calle, la mía, deja de ser transitable, al menos el tiempo que conviva la cara de un político con el lujo de beber sin discutir. Ayuso, por desgracia para algunos, no somos todos, y la ciudad está en peligro no porque ella sea mala, sino por ignorar el mal ocasionado al grito de ¡salud!

Ilustración: http://www.biancabagnarelli.com

Madrid, la terraza de Europa

Resulta que allá por los setenta, miles de españoles se montaban en un Mini y conducían deprisa hasta Perpiñán para ver culos, tetas y a Marlon Brando bailando tango. La cosa duró lo que la censura tarda en quedar en evidencia, y cada país siguió a lo suyo: Francia a defender su cine y España a abrir bares. Décadas después la cosa no sólo no ha cambiado, sino que el trayecto se realiza en dirección contraria vía Air France. Basta darse una vuelta por el centro de Madrid, una ciudad-terraza que ahora acoge a miles de franceses con sed, más que nada porque llevan desde el pasado mes de octubre sin museos, cines y bistrós. Y claro, en momentos así es inevitable pensar en las palabras de Zaratustra: «Nuestro sol es la envidia de los extranjeros», a lo que Max Estrella contesta: «¿Qué sería de este corral nublado?». Pues exactamente lo mismo que ahora.

A veces resulta inexplicable nuestro empeño en fomentar la cultura del bar, ahora de acera, más teniendo en cuenta la penible situación de sus trabajadores: horarios muy jodidos, mal pagados y a deshoras… De hecho, y aquí incluyo a todo el país, fuimos potencia mundial con 277.539 establecimientos que, tras la pandemia, se verán reducidos a la mitad tirando por lo alto. Y a pesar de ello, volveremos a la carga, saturando los barrios y las islas, resistiéndonos a admitir la necesidad de un cambio en el que implicar a más ciudadanos en el desarrollo de las ciudades. Es tan absurda la dirección inherente a este país —y de esta ciudad en particular— que quizás por eso el mundo avanza dando vueltas.

Ahora que la libertad se confunde con la libertad de movimiento resulta más fácil de entender algunas cosas. La Tierra tiene forma de hielo derretido porque así somos incapaces de ver nuestro destino, España acoge a millones de turistas para que se gasten su dinero en cañas y después se piren y los madrileños fuman muchísimo y hablan a voces, sobre todo entre las cinco y las diez de la noche. Al final lo que mejor se nos da es improvisar, muy fría y con poca espuma. Y así nos va… bien.

Ilustración: Ray Morimura

El pueblo, sueño húmedo de los madrileños

Al principio creí que era cosa mía. Pero con el paso de los meses la impresión se va haciendo caravana no solamente en Madrid, sino en cualquier otra gran ciudad en la que la caña cueste más de un euro, los alquileres por un interior de dos habitaciones, baño y cocina de batalla superen el salario mínimo y salir a la calle implique regresar oliendo a puro habano en un día ventoso. Así es como la edad dorada de la urbe como punto de encuentro va dando paso a la oscuridad dentro de ella. Por primera vez en décadas, la población de Los Ángeles o Nueva York cae, y la posibilidad de abandonar el centro y abrazar una vaca sobrevuela un subconsciente colectivo en horas bajas.

Y no es que vivir en un pueblo sea mejor ahora que antes. ¡Qué va! Más bien la idea de tenerlo tras la puerta cobra un valor próximo al bálsamo porque implica menos gente y más personas, los aviones comunes fabrican nidos en los aleros del tejado y el teletrabajo sin mascarilla fomenta la burla contra aquellos que decidieron alquilarse un piso en Malasaña por los bares. Eso sí, a ver quién es el valiente que se instala en Calabazas de Fuentidueña y trata de ser feliz más de dos meses seguidos.

Al igual que esta pandemia nos está sirviendo para darnos cuenta, una vez más, de que algunas cosas nunca cambian, el éxodo (coyuntural) de la ciudad al campo que presumiblemente se producirá después del verano nos proporciona una información muy valiosa para entender aquellos versos de Lorca: «La agonía física, biológica, natural, de un cuerpo por hambre, sed o frío, dura poco, muy poco, pero la agonía del alma insatisfecha dura toda la vida». Y así siempre; rodeados de girasoles o de ventiladores. Lo mismo da.

Ilustración: https://ryotakemasa.com/