¿Por qué cerramos los ojos al besarnos?

El beso prueba que no hace falta decir nada. Treinta y cuatro músculos faciales para coordinar un acto inventado por los adolescentes. Los viejos lo imitan sin ansia, aire, libertad libre. Sin embargo, ¿por qué cerramos los ojos al besarnos? Dicen que el primer beso se da con la pupila… para después echar las cortinas de los párpados. Algo tendrá que ver la saliva con el tiento. La conciencia del tacto depende del «nivel de carga perceptual en una tarea visual simultánea», es decir, que nadie llega a comprenderlo, ni los que de esto saben mucho. Será mejor mirar de cerca la cosa deseada, conocer el rostro de la rendición. Tiene que serlo.

Somos menos sensibles a rozarnos cuando los ojos se distraen, de ahí el recurso a la ceguera. Al besar resulta muy difícil hacer la lista de la compra. Entre la coordinación, diente contra diente y la intimidad del otro… queda poco hueco, algo de leche. Nada que ver con el sexo. Acostados, muchos recurren a su abuela o a un horno crematorio cerca de Auschwitz, cualquier cosa para retrasar lo inevitable. ¿En qué pensamos cuando damos besos? En seguir haciéndolo muy largo, siempre, siempre a oscuras.

Hace tiempo que decidí besar con los ojos muy abiertos. No quiero perder detalle ni escapar de miradas que señalan. El mundo nace cada día, muy deprisa, más cuando uno está en una boca ajena que es la suya. Besar de par en par y para hacerse ver, besar para crear paisajes sombríos, resplandecientes, besar iris marrones, verdes, azules, todos, también imaginarios. Con los ojos besamos lo que importa y va por dentro. Me niego a prescindir de la vista en ese sueño que es un beso. Me niego, me abro, vivo.

Ilustración: Darek Grabus

El fin de los dos besos

De todos los cambios en los usos y costumbres a los que nos enfrentaremos próximamente hay uno que destaca por encima de los demás, tanto por el gesto (húmedo) como por su significado (fieramente español). Y es que ahora que el distanciamiento social es la ley, los dos besos que dábamos cuando hacíamos el paseíllo de la vergüenza o nos presentaban a alguien por primera vez son restos de una cultura arcaica, tanto como los toros o ir a misa después del ‘after’.

Lo más curioso de esta nueva coyuntura es que será recibida por los ‘pulpos’ como un claro atentando contra las libertades individuales mientras que otros —en particular mujeres y niños— abrazarán la medida con jolgorio. Adiós a esos besos-baba cerca de la comisura de los labios o al ósculo de monja que nos reventaba los tímpanos, ‘sayonara’ al «anda, hijo, dale un ‘petó’ a la madre Juliana» o a las miradas de reprobación al tender la mano, la mejor manera de empezar con mal pie una futura relación amorosa o profesional.

Y es que el daño será irreversible en Montpellier —allí se daban tres— o en la región de Turballe que ostentaba el récord del mundo con cuatro. ¿Qué va a ser de los pobres esquimales? ¿Tendrán que conformarse con un frío «encantado de conocerle» y continuar con las reparaciones del iglú, metáfora de un mundo donde los besos se dan en privado y con condón? Visto con la distancia de este encierro, quizás lo importante no era el acto en sí, sino querer seguir haciéndolo. Aunque sea a oscuras.