Ávila no existe, arde

Ávila no existe y por esa razón arde. Incógnita es el misterio de las llamas. La chispa se inicia en el motor de un coche y Navalacruz Cepeda de la Mora brillan en el mapa del humo y la pérdida. «Así se consumen los veranos», dice un tonto; «papá, ¿sabes que han atropellado a un bombero, eh?», afirma el niño invisible mientras el padre graba una muralla púrpura y densa que cerca la ciudad amurallada. En la capital la vida continúa en las bombillas de los coches y las farolas, estrellas frente a un paisaje de perfil inalterable. Cambia el color y la vida de aquellos que hacen del campo su lumbre, su pan, su sueño.

El delegado de la Junta pide comprensión. Los vecinos de Sotalbo, Palacio, Villaviciosa Robledillo —los nombres proliferan a la misma velocidad que el fuego mata— regresan a sus casas a por pan y azadas, organizan la ayuda entre la angustia. Hombres sin hambre; mujeres sin nombre. Y las noticias prefieren mirar hacia otro lado, lejos del ganado convertido en ceniza, a años luz de un bañista que se sumerge en el Mediterráneo. Extraño observar la infancia quemada, imposible describir el daño. «Historia, escoria» escribía Ángel.

En días así, la puesta de sol imita a una bola de fuego y la huella del incendio continua ardiendo después de su extinción. Porque hay un antes y un después de la quema, una toma de conciencia de lo que una vez fue, tuvimos, disfrutamos que ahora es nada. Decir que estamos con Ávila suena raro. Sin embargo, reconforta creerlo. Incluso un lugar que no existe puede convertirse en el centro del mundo, al menos el tiempo necesario para apagar el fuego con agua, tal vez con lágrimas.

Ilustración: “Número 14” Mark Rothko

Es viernes y hace calor

Es viernes y hace calor. De pronto, el quinto día de la semana roza la piel de un sustantivo tórrido. Y entonces las faldas se recortan, abrimos los botones y el cuerpo explota. Es un baile sutil y callejero, incluso para aquellos que sólo mueven la cintura cuando hay música. Después de tanto tiempo —tres estaciones son multitud—por fin podemos dar rienda suelta al deseo, o por lo menos mirar dejando rastro. Ellas parecen más ligeras y accesibles; ellos dan pasitos de gigante. Desde un banco los observo y doy de comer a los hambrientos. Pienso en caracoles, en magnolias que se abren, en viajes a Venus y una nube cargada de mosto. Lo reconozco, sucumbo al efecto de la humedad y las venas, al ardor y los gemidos en tetrabrik. Todo hacia dentro, nada sale fuera.

Hoy no habrá entierros, aunque los haya. Porque hoy es viernes y hace calor, y una ola arrasa la ciudad y sus fantasmas dejándonos la carne y la lengua, material fieramente humano, varios pares de ojos entreabiertos y una herida en la rodilla. El poder del termómetro resulta inexplicable, incluso en aquellos lugares en los que apenas llueve. La luz luce, la saliva sala, el mar manda señales a lo lejos y casi nos atreveríamos a asegurar que la felicidad existe, a retazos, pero algo es algo.

Somos el día en que vivimos, y cuando hace calor —hoy es el caso— desear es un reflejo. A nadie le preocupa que el cohete chino impacte en zonas pobladas de la tierra porque desde esta mañana las miradas arañan órbitas entre mechones de pelo, sobre la nuca, bajo la comisura de la pelvis. Es viernes y hace calor. Y por fin el mundo flota en la corriente, fluye, gime, aúlla.

Ilustración: https://www.lauraberger.com/

La mascarilla y el aliento

Está claro que nadie quiere ponerse una mascarilla. Incluso los menos agraciados preferimos caminar por la calle y sentir el sol impenitente de julio antes que ese torrente de sudor de sauna fabricándose entre el labio superior y la punta de la nariz. ¿Y qué decir de cómo nos huele la boca? Te lavas los dientes a conciencia antes de salir de casa, eres generoso con el LISTERINE®, ajustas ese condón bucal a 0,95 con la esperanza de ser un ciudadano responsable y a los pocos minutos percibes un olor a perro mojado. Y sí, querido, eres tú.

Es en ese momento tan demoledor cuando observas el panorama y recuerdas lo que te decía aquel amigo médico que trabajaba en urgencias: «pues sí, la verdad es que recibimos a muchos motoristas accidentados que llegan con el codo intacto». Y, como siempre, la historia se repite. Ahí están los otros, con el codo inmaculado mientras haces lo imposible por no perder el conocimiento a 38 grados con la parte baja de la cara convertida en el vertedero de Valdemingómez.

En pleno siglo XXI — periodo desprovisto del año 20—, el único privilegio social consiste en prescindir o no de la mascarilla, en hacer como si todo estuviera bien o renunciar a nuestro más íntimo individualismo en favor de los que siempre pierden… o son susceptibles de seguir haciéndolo. Resulta que para la enfermedad se busca cura; para el aliento enmascarado solo hay una opción: RUN.

Ilustración: Gabriele Mast