Un sándwich para cenar el 24

Vivimos momentos excepcionales, probablemente los más de lo que nos queda de vida. Por eso ayer, 24 de diciembre, cené solo. Un sándwich de salchichón con mantequilla de Soria y un trago de agua. Por supuesto, en la cocina y frente a un bonsái de hoja caduca. Mientras tanto, madre y hermanas hacían lo propio al otro lado de la Mujer Muerta, lejos de la distancia de seguridad. A pesar de lo frugal no se trató de un acto grisáceo o consecuencia de la tristeza que nos impregna. Como dije al principio vivimos momentos excepcionales. Limpié las migas de un soplido, ignoré la reposición de Martes y Trece en La 2 y esperé pacientemente a que el rumor, procedente del quinto, se apagara antes de la una de la noche. La última persiana del inmueble cayó al ritmo mis párpados.

A las 8:36 sale el sol por Ríos Rosas. Un nuevo día. Cero atisbo de resaca y nubes. Resulta que el 112 apenas ha recibido llamadas de auxilio, los comas etílicos se contaron con los dedos de las manos y los pies, y once casas ardieron en una noche tirando a tibia. Ya se sabe: costumbres muy arraigadas en peligro de extinción temporal. Hoy casi todos desayunamos lo mismo: café, roscón o unas tostadas con tomate, y a todos, sin excepción, nos sube la bajona: se diría que es un 25 cualquiera… sin serlo.

Porque este tiempo dentro de otro tiempo, el de la Navidad difuminada en un discurrir con respiración asistida, nos sirve para entender que tampoco pasa nada por estar lejos si cuando compartimos mesa nuestra mente vuela lejos, que salir a correr en tal día como hoy es un acto de fe mal entendida, y que si hemos aguantado casi un año así ya aguantamos los que nos echen. Hay que sufrir un poco para apreciar lo que es pasarlo bien. Feliz mantequilla a todos.

Ilustración: Moussa Kone

¿Cuánto falta?

Todos la hemos hecho en algún momento. De niños con mucho pis, en transición a una vida adulta con un deje de nostalgia y ahora, este momento trabado entre el mareo y un destino curvo. Y es que la respuesta al ¿cuánto falta? nunca convenció a los integrantes del coche, y mucho menos a los que la hacían. Tres horas, duérmete, haz el favor, un poco menos que desde la ultima vez que demostraste interés… Da igual porque la pregunta sólo puede responderse encogiendo los hombros o cambiando de tema, ¡mira, un conejo!, más que nada porque genera un tipo de ansiedad muy corrosiva: la de un tiempo que llega… a deshora.

Así hemos ido atravesando el año que condujimos peligrosamente, con tantas ganas de dejarlo atrás que se nos olvida que quizás deberíamos celebrar que no celebrar es también una forma de brindis, sobre todo teniendo en cuenta que nadie se ha muerto por saltarse la Navidad o ir de empalmada a currar. Curiosa paradoja la de empeñarse en volver a casa o reunir a los que se separan después del postre pues implica riesgo de ola, seísmo u homilía funeraria, aderezados con estadísticas de guadaña y estrellas de Oriente en Europa.

Quizás sea una oportunidad prescindir de las reuniones con miembros de la familia que son más bien una imposición, insoportables incluso cuando cae la nieve y el reloj da las doce en el kilómetro cero. No sé, tampoco es cuestión de ser misántropo, pero el amor, cuando es supremo, se manifiesta de la misma forma que la bondad, sin ruido ni grandes alardes. Además, siempre nos queda la satisfacción de haber hecho lo mejor que supimos hacer, sentarse en el asiento de atrás, mirar por la ventanilla y entender que el movimiento merece la pena si implica una acción, un destino, la vida como continuación de la vida.

Ilustración: Mitsuo Katsui

Celebrar que no celebramos

Creíamos haberlo visto todo: fuegos artificiales sobre las cabezas de la Policía, abrazos a modo de símbolo terrenal, lágrimas de un equipo convertido en algo más que la suma de sus partes, la posibilidad de ser una isla blanca reunida en la baldosa de la plaza de Cibeles con su mar de cuerpos a la una. Después llegaba la noche mezclada con el ruido de los cafés sobre la barra… hasta que la posibilidad se impuso con el gesto de la certidumbre enmascarada. Desde entonces, el misterio nos acompaña a todos porque a todos nos ha tocado vivir el tiempo de celebrar que no celebramos.

Y es que ahora la consecución de un título se festeja en casa, con la familia y algún amigo en paro, aunque también con la comunidad ausente y presente, a solas con nuestra consciencia y la certeza de que el orgullo prescinde de grandes manifestaciones y banderas. Simplemente ofrece una nueva oportunidad a la conciencia, algo de cuerda, quizás un brindis. Y las bocinas forman parte del recuerdo, como la chica de ayer y aquel Ramos de nariz aguileña.

Lo mejor de esta nueva estación es que no hace falta que nos guste el fútbol porque de lo que se trata es de sentirse bien por obra de la felicidad ajena, aquella que es importante porque no nos toca y al mismo tiempo es propia. Resulta que a veces el arcoíris es blanco, otras azulgrana y casi nunca rojiblanco, pero todos ellos conducen a una resaca, a un momento compartido, a una derrota prorrogada. Y durante unas horas este Madrid olvida la desgracia del fútbol sin público, de la vida a medio gas.

Ilustración: https://www.felixdiazart.com/