El mejor solo de guitarra de la historia

No hay nada más inútil en el mundo que establecer listas sobre todos esos supuestos logros alcanzados por la humanidad en sus escasos 140.000 años de vida sobre la faz de la tierra: la mejor película X de la historia, el mejor deportista de todos los tiempos, lo mejor del 2069, el premio al mejor pincho y la mejor novela negra en tapa dura, la serie del año, el mejor Joker… y así hasta obtener una relación ordenada y piramidal basada en percepciones individuales erigidas, de pronto, en monumento.

Sin embargo, amigos músicos —es una forma de hablar porque los músicos se abrazan entre el odio y la envidia—, de entre todos los solos de guitarra eléctrica existe uno que arrasa al de Jimmy Page en “Stairway to Heaven“, al de David Gilmour en “Comfortably Numb“, incluso, por seguir con la dichosa lista, al de Eddie Van Halen en “Eruption” o Slash en “Sweet Child o´ Mine“. Porque ese primer puesto le corresponde a un guitarrista con nombre de pizzero que falleció diez días después de su grabación… tras caer por una escalera con un desnivel insignificante. El pobre diablo, oriundo de Jamesville, NY, cobró 21 dólares por 17 segundos en los que se concentran todos los elementos de expresión que definirían el instrumento en el futuro, en este caso una Gibson ES-300 con un parecido prodigioso a la mesilla sobre la que se coloca el Ableton Live.

La canción a la que nos referimos es “Rock Around the Clock” de Bill Haley y el guitarrista en cuestión encabeza la lista de esos grandes olvidados, probablemente la única sucesión de elementos sucesivos que importa de verdad; una canción para nadie; ese silencio.

El día que David Gilmour subastó todas sus guitarras

Algunos no sabrán quien es David Gilmour y, sin embargo, todo el mundo ha escuchado alguna de las canciones de su grupo, uno de esos monumentos sonoros que transformaron para siempre el mundo, convirtiéndolo en un lugar mejor. ‘The Wall’, ‘Wish you were here’, ‘Comfortably Numb’… la lista es larga e incluye momentos definitorios en la vida de muchos guitarristas que aprendieron a mover los dedos y los ventrículos del corazón al ritmo lento marcado por el chico del pelo largo y los ojos azules tirando a mar.

El caso es que ahora el chico en cuestión, un señor calvo y viejo, se ha desecho de todas sus guitarras en una subasta, obteniendo la friolera de 21 millones de dólares que ha destinado a la lucha contra el cambio climático.

Este acto —para Marc Gasol sería el equivalente a la amputación de los dos brazos— debería ponernos, por lo menos, en alerta. Y no por la cuantía recaudada —pagar cuatro millones por una guitarra es un síntoma grave de pérdida de perspectiva—, sino por la importancia que los instrumentos tienen para la mayoría de sus propietarios, tatuajes de madera pintada asociados a instantes muy particulares que terminan en manos de coleccionistas fanáticos, paletos con gorras de los Nets y hombres de negocios enfundados en trajes a medida que colocarán la Stratocaster negra o la Martin D-35 en una urna climatizada, convirtiendo a un ser vivo repleto de melodías en un objeto mudo, en las cenizas de una santa que una vez fue música… y además inmortal.

Quizás despidiéndose de sí mismo y quedándose un poco más solo en su mansión el señor Gilmour quiera recordarnos que sin un planeta tierra en el que vivir ni siquiera habrá lugar para las canciones, los únicos pobladores que no ocupan espacio y habitan, al mismo tiempo, en todos nosotros. Gracias por el recordatorio, David; ahora me siento confortablemente entumecido ante un futuro incierto.