El ‘cuñadios’

A medida que se prorroga el estado de alarma asistimos al perfeccionamiento del Frankenstein patrio, criatura dotada de un saber plus ultra aderezado con un físico cuanto menos complejo, entre moco y encía infectada. Y es que si en un mismo cuerpo escombro juntas a Pablo Motos, Spiriman, Miguel Angel Revilla y Álvaro Ojeda obtienes un espécimen denominado “cuñadios”, la mezcla definitiva de ‘influencer’ bipolar y el ‘recetitas’ capaz de arreglar España sentado en la taza del váter.

Y es que sus dislocadas bocas el dicho «el genio del cocinero se va por el agujero» adquiere nuevas dimensiones, incorporando la bilis de cuarenta seis millones de españoles —todos tenemos algún amigo con una mujer epidemióloga— al discurso de cada día. Ahora que la barra del bar es un recuerdo crónico aprovechan para recalcar la incompetencia de los que están al mando, ignorando que es en los márgenes de lo desconocido donde se produce el crecimiento.

Poco a poco, el ‘cuñadios’ alcanza estatus de logia social, en parte porque dañar con la palabra no es un crimen y en parte porque, en un momento en el que todos queremos ser protagonistas, fueron los primeros en darse cuenta de que los pedos, debidamente disueltos entre audiencias poseídas por la ignorancia, son el canto de sirena de un año múltiplo de cero. «Y al finalizar os hiero».

En la piel de un ‘hater’

Voy a intentarlo. Levanto la voz hasta convertirla en metralla, elimino cualquier tipo de reflexión e impongo una mezcla de incertidumbre, falta de melanina y sobreexposición mediática —si es Twitter, mejor—. Por supuesto, cada dos palabras tres insultos. Aquí lo importante es instalarse más allá de la crítica, en un punto intermedio entre una nube de azufre y la maldad crónica; bloquear cualquier iniciativa; inyectar veneno; poner palos en una rueda moribunda; reivindicar el ser como forma máxima de indignación permanente. Tomo aire.

La culpa de todo es de este gobierno incompetente. ¡Sánchez hijo de puta! Primero nos encierran en casa. ¿Dónde están los test? ¡Después nos dicen que podemos salir por fases! Mentirosos compulsivos. El día del subnormal… ¡y sale a la calle acompañado de su mujer! ¿Illa Ministro de Sanidad?… ¡asesino! Qué asco dan. Mientras que Francia y Alemania dan respuestas a esta crisis, el gobierno de España nos lleva a la ruina. Fernando Simón tiene que dimitir y depilarse las cejas. Sánchez nos impone su nueva realidad. Lo sabían desde hace meses y no hicieron nada. Los recortes en Sanidad son un mito. Inútiles.

Pues bien; después de escupir todos estos exabruptos recopilados en Facebook y la prensa tengo que reconocer que me ha subido la temperatura corporal y mi corazón ha adquirido la forma de una granada de mano. Resulta que verbalizar el odio y la impotencia —sin olvidar que se han hecho mal muchas cosas muchas veces— solo demuestra un profundo complejo de inferioridad. Se hace más tendiendo la mano. Mucho más… ¡Comunistas!

El fin de los dos besos

De todos los cambios en los usos y costumbres a los que nos enfrentaremos próximamente hay uno que destaca por encima de los demás, tanto por el gesto (húmedo) como por su significado (fieramente español). Y es que ahora que el distanciamiento social es la ley, los dos besos que dábamos cuando hacíamos el paseíllo de la vergüenza o nos presentaban a alguien por primera vez son restos de una cultura arcaica, tanto como los toros o ir a misa después del ‘after’.

Lo más curioso de esta nueva coyuntura es que será recibida por los ‘pulpos’ como un claro atentando contra las libertades individuales mientras que otros —en particular mujeres y niños— abrazarán la medida con jolgorio. Adiós a esos besos-baba cerca de la comisura de los labios o al ósculo de monja que nos reventaba los tímpanos, ‘sayonara’ al «anda, hijo, dale un ‘petó’ a la madre Juliana» o a las miradas de reprobación al tender la mano, la mejor manera de empezar con mal pie una futura relación amorosa o profesional.

Y es que el daño será irreversible en Montpellier —allí se daban tres— o en la región de Turballe que ostentaba el récord del mundo con cuatro. ¿Qué va a ser de los pobres esquimales? ¿Tendrán que conformarse con un frío «encantado de conocerle» y continuar con las reparaciones del iglú, metáfora de un mundo donde los besos se dan en privado y con condón? Visto con la distancia de este encierro, quizás lo importante no era el acto en sí, sino querer seguir haciéndolo. Aunque sea a oscuras.

El mundo según Joe Exotic

Ahora que el tiempo es una variable extraña y remamos en un presente errático de recuerdos y festivales perdidos, es el momento perfecto para zambullirnos en la ficción de los libros, en la relación con nuestra pareja convertida en compañero de celda o en “Tiger King”, una serie de Netflix que es, por méritos propios, la versión palurda de un drama shakesperiano ambientado en la América profunda, a grandes rasgos España a día de hoy y desde hace cuarenta y nueve días.

La premisa es la siguiente: “Si hay más tigres en los patios traseros de Estados Unidos que en libertad, ¿qué puede salir mal?”. Pues todo. Para confirmarlo ahí tenemos a Joe Exotic —una mezcla de Belén Esteban, el comisario Villarejo y el Banano pasado por un filtro rosa— dueño de un zoo en Oklahoma y obsesionado con Carol Baskin —animalista de turbio pasado—, las armas de fuego, los piercings en la ceja, los likes, el tinte y el amor polígamo. Y claro, como la realidad supera siempre la ficción aquí hay más villanos y muertes que en las ocho temporadas de “Juego de Tronos”.

El caso es que, poco a poco y a este lado del charco, encontramos a muchos políticos que adquieren la forma fieramente humana de Joe Exotic, sus maneras, esa bilis convertida en metralla, incluso el estilismo virtual, olvidándose de que una gran parte de los ciudadanos, y por primera vez en mucho tiempo, han venido a ver correr a los guepardos y las panteras, no a los supuestos dueños del zoo. Será que en cautividad somos incapaces de evadirnos de nosotros mismos.

El futuro de congregar masas

En en la industria musical, América siempre fue por delante. Asimiló rápidamente el modelo capitalista anglosajón, lo aplicó en un vasto terreno con más de cuatro puntos cardinales e hizo del ‘fordismo’ su estilo de vida Marlboro, a medio camino entre las chicas de California y los inviernos perpetuos de la costa este. A día de hoy, con el mundo convertido en un respirador y una globalización muerta de éxito, los músicos americanos han sido los primeros en despedirse de su modo de vida… y plantearse otros.

Y es que el futuro de aquellos que congregan a las masas es una incógnita que se va despejando a blancas con puntillo. Los deportistas pueden jugar a puerta cerrada, los políticos expulsarán bilis desde tribunas de plasma y los músicos americanos, sabedores de que sin público no hay pan, anuncian sus servicios como profesores particulares ‘online’, se desprenden de algunas guitarras caras para la manutención de sus hijos y programan sus vidas errantes a partir de 2021.

La decisión de convertirse en músico implica una voluntad férrea de ir a contracorriente, resistirse a asumir el éxito como malentendido y, a pesar de todo, sigue atrayendo a sus costas a millones de jóvenes que hacen de la precariedad y la diversión un digno binomio. Estoy expectante por ver cuál será la solución en España, asistir al milagro del silencio convertido en una nota, en vida y canciones. Recordad que sin música enloqueceremos todos. Todos.

¡Gracias, Bananillo!

Érase una vez un chaval que, aburrido de estar en su casa, decidió saltarse la cuarentena. Se metió en su BMV rojo pasión gitana, enfiló a toda hostia las rotondas del Kinépolis, junto al cruce de ‘La Colorá’, y se topó con un control de la Benemérita. ‘El Bananillo’ —así se llama el prenda— hijo de ‘La Chumina’, viniendo calentito de Alfacar y en búsqueda y captura por su buen corazón, se salta las cadenas, pica rueda por encima de la pierna de un guardia civil y se cobija de estranjis en el primer portal que pilla. Resulta ser la calle Molino Viejo, bastión del clan de ‘Los Mindolos’.

A los pocos minutos se despliega en el barrio granaíno un dispositivo de hombres de verde muy cabreados con mascarillas, chalecos antibalas y “matraquetas”. Ante la duda —y dado que el delincuente es escurridizo como un virus—, los agentes tiran abajo todas las puertas del bloque. Resultado: encuentran 2.500 plantas de marihuana a punto de ser recolectada. Por supuesto, sacan de cabeza al fugitivo y con él todas las macetas, arruinando el negocio familiar de ‘Los Mindolos’ que, por supuesto, ahora reclaman venganza y sangre mezclada con THC.

‘Los Bananos’ y ‘Los Chuminos’ piden ayuda a ‘Los Tripones’, lo que desemboca en la improbable unión de ‘Los Mindolos’ con ‘Los Mocos’. Las balas zumban, llegando a oídos del tío Casiano, patriarca que estrechó la suave mano de la Reina Sofía en el año 93 y claro, es la guerra. No sabemos cómo prosigue el cuento, pero sí que solo un país como España es capaz de producir realismo cañí lejos de Macondo y Rosalía, trance entre Lorca, Guy Ritchie y Bob Marley, hacernos olvidar el daño de un mundo que se derrumba ante nuestros ojos.

Encierro. Día 3.

Domingo 15 de mayo. Se confirma. ¡Qué tristes son los domingos en Orly! Y una duda. ¿En qué convertimos el tiempo cuando es tiempo (impuesto) lo único que tenemos? En nada. Solo sabemos que la política queda por detrás de la supervivencia. Quizás por eso un grupo de viejos juega a la petanca. Nos aterra el aburrimiento. Enfrentarnos a nosotros mismos. Comprobar que la calidad del aire mejora exponencialmente mientras la muerte desborda la UCI. Por primera vez quiero un perro. Nota. En casa ya no hay peleas por bajar la basura.

Tranquilos. Mi amigo Borja logró atravesar el Estrecho. Lo confirma; Algeciras es tan fea como el virus. A pesar del miedo, los franceses han salido a votar. ¡Mon dieu! Resulta que los locos no eran los romanos. París no se acaba nunca y el mundo rural tampoco necesita ser repoblado ahora. Está claro que ignorar los errores del pasado no es patrimonio exclusivo del español torpe. El encierro va para largo. Por lo menos hasta mediados de abril. Casi mayo. Previsión alcista de la tasa de divorcios y alcoholismo. Embriaguemos la primavera. De vino, de poesía, de porno y fotos del verano pasado.

Llueve. En cada gota brilla una promesa. Los camioneros la transportan en furgones. Junto al papel higiénico. ¿Escucharán los médicos y auxiliares la ronda de aplausos? Quizás no. En realidad, aplaudimos para nosotros. Veo “Operación Dragón” mientras otros salvan vidas. «No penséis. Sentid. Como el dedo que apunta a la luna; si os concentráis en el dedo os perderéis la gloria celestial». La gloria terrestre es un donante de sangre. Los buenos tiempos fueron hace una semana. Faltan noventa y siete días, cinco horas y cincuenta y ocho minutos para que empiece oficialmente el verano. ¿Cuánto para la vacuna?

En el momento

Sucedió hace un par de días, como si la diferencia horaria con respecto a España —ocho horas más según un tal Greenwich— hubiera sacudido su varita mágica, anticipando un momento que, siendo futuro respecto a la geografía cotidiana, en realidad es presente, un ahora en su manifestación más temporal de la palabra.

Ahí estaba yo, ocupando mi baldosa en un vagón de tren con olor a tintorería en seco, brillante, dulce y veloz a pesar del flujo sanguíneo: jóvenes volviendo a casa después de una borrachera, ejecutivos, moldes con sus cabezas de tamaño desproporcionado, el pelo azabache como la noche. La mayoría lleva mascarillas de farmacia, otras invisibles, y todos ellos, ladrillos de carne en una pared humana construida con empujones en un espacio mínimo, dejan pasar mi sonrisa marcada en el hombro de una muchacha india con un abrigo de GORE-TEX®.

Es un instante, la mueca discordante al margen de mis órganos vitales, algunos a pleno rendimiento —mi vejiga aumenta con cada parada—, otros defectuosos, la constatación de que a veces, es posible estar en el lugar y el momento adecuado, sentirse en casa a 15.000 kilómetros de nuestro salón, frenar la eternidad, entender que la felicidad es un desliz en hora punta, una cumbre a la que se accede sin querer, precisamente porque solo cuando abandonamos el itinerario previsto es posible olvidarse del dolor. Todo es su sitio, tan lejos de Dios, tan cerca de lo que de verdad importa. Aquí, ahora, nunca mañana. Y el sol entra por la ventanilla.

Venga, la última y a casa

De entre todos los mitos urbanos, embustes y trápalas que circulan por los burladeros de las ciudades españolas hay uno que se repite cada noche como un mantra alcohólico. Y nada tiene que ver con la imposibilidad de ser ricos y de izquierdas, o con que el frío causa resfriados y beber zumo de naranja los previene. Ni siquiera con el hecho de que vaciando la vejiga sobre el ombligo acribillado de tu novia la picadura de medusa duele menos. Créanme; las vacunas no producen autismo y cuando alguien dice eso de «venga, la última y a casa», la noche se va alargar. Pero un huevo.

Porque si hay algo que caracterice a los ibéricos es su capacidad para intentarlo y fracasar estrepitosamente ante la hostilidad manifiesta que producen esas seis palabras, seguidas del clásico «Rafa, no me jodas» o una mirada furtiva al reloj que, paradójicamente, se levantará con nosotros al día siguiente… fresco y sin inmolarse tras incumplir una vez más la eterna promesa de no pedir chupitos de Jägermeister o llamar a la camella cuando lo que toca es desayunar.

Existen 194 países en este dislocado mundo —193 si tenemos en cuenta que el Vaticano es una casa de putas—, todos con sus costumbres, ritos y excesos, pero cuando un español entra en modo pedo sabe que va a socializar, formar parte de algo, efímero y blando, pero algo al fin y al cabo, ser agua, quizás halcón peregrino y afrontar el hecho irrefutable de que no hay un lado oscuro de la luna. En realidad, siempre duerme iluminada por el sol, como las calles que guían nuestros torpes pasos de vuelta a casa.

El éxtasis colectivo del Cipotegato

Todos sabemos el apego que existe en este país por la fiesta, monumento nacional a la exaltación colectiva envuelta en jirones de fe, vino y tradición que se contagia de padres a hijos en una rueda de ruido blanco sin fin.

Para el profano siempre resultan difíciles de entender, más tratándose de celebraciones en las que lo civil y lo religioso se (con)funden y donde no queda muy claro —que cada uno busque dentro de sí mismo— el motivo por el que correr delante de un toro, brindar con fino a la salud de Carlos Herrera, adorar a una virgen que alumbró a un dios barbudo o descender el río Sella con una cantimplora de Ron Negrita. Y es que de entre todas ellas destacaría dos que a los ojos (en almendra invertida) de una japonesa equivalen a ver Matrix (de pastilla) por primera vez: el salto de la cabra de Manganeses de Polvorosa y el Cipotegato en Tarazona.

La primera está prohibida. La otra aumenta en popularidad cada año y el 27 de agosto congrega a miles de personas en torno a un chaval disfrazado de arlequín químico, llamémosle “EL ELEGIDO”, que se prepara como un maratoniano para recorrer el pueblo entre empujones, una lluvia de tomates, sudor y gritos de ¡Cipote! y !Aquí, están, estos son, los cojones de Aragón! Mientras tanto unos, generalmente nacidos en la pedanía, sienten la emoción en carne viva, otros beben calimocho, la madre del Cipotegato se funde en lágrimas y su hijo se encarama a la estatua frente al Ayuntamiento para arengar a una masa en éxtasis, unidad de medida que aclama a su vez al enmascarado, convertido hoy y por aclamación popular en una suerte de Mesías. Desde el balcón consistorial, la curia, diversas personalidades políticas y representantes gremiales, envueltos en sus sotanas y trajes inmaculados, observan la escena con una expresión complaciente.

La fiesta termina unos días más tarde, dejando en el suelo un rastro encarnado, el mismo que delimita la línea entre la cordura y la psicosis, entre las máscaras y la resaca del día siguiente. ¡Viva y muera España!