C. Tangana, la Lola Flores de hoy

El simple hecho de hablar de un disco patrio es, ya de por sí, todo un éxito. Y más si se trata de uno que se consume a la velocidad con la que se despachan sus canciones, en línea, cortas, intrascendentes y por tanto perfectas. Al fin y al cabo, la música siempre importó poco, y menos ahora. Porque nunca, en toda la historia de este arte menor, había pesado tanto el continente, algo que C. Tangana entiende mejor que Alaska. El contenido es un disco en el que su autor pasa de puntillas para entrar en el mercado por la puerta grande. Eso sí, convertido en un artista total… en chándal. Todo suena a refrito y en la pomada, desde la rumba ratonera puesta de Auto-Tune® a la bossa con sabor a cocido madrileño, y los invitados aplican el pasapuré con tanta clase que incluso mi madre habla de un chico que ni canta, ni baila, pero no se lo pierdan.

Y es que hay algo que aterroriza en “El Madrileño” y es la certidumbre de que para hacer un disco popular se necesita convertir el impulso, el rayo o como queramos llamarlo, en cadena de montaje, vender el corazón —el alma es cosa de antiguos— a cambio de una posteridad que ahora es tendencia en Twitter, luego memoria pasajera. Así se diseñan los mitos en el 2021, con disciplina audiovisual, trabajo de cirujano plástico e instinto para las ventas. Vamos, igual que siempre, aunque con una diferencia: Antón renuncia a lo bueno para ir a lo grandioso.

Da igual si el disco te gusta o no. Lo importante es que en la fórmula agotada del éxito se abren grietas y por ellas se cuelan jóvenes audaces con la capacidad de convertir sus limitaciones en bitcoins. Sobre todo cuando el mundo se desmorona, momento en el que algunos caen en la cuenta de que todavía es posible. Me convertí al Tanganismo hace tiempo, una noche que le vi en un concierto junto a Nina, la cantante de Morgan. Los dos nos miramos sin entender nada y hoy debemos rendirnos a la evidencia de que el rey no tiene ventrículo, aunque sí un hueco en lo que nos queda de pecho. Eso y un medallón brillante como un satélite.

Ilustración: Iván Floro

La necesidad de lo inútil

Decía Diego Bardón, torero mágico y maratoniano arrestado por negarse a matar a un novillo, aquello de «me siento feliz porque me considero absolutamente innecesario. Para mí, no he hecho nada relevante. Soy tan innecesario como podría serlo el presidente del Gobierno si no lo fuese: un señor más». Y así también nos sentimos muchos, aunque no son tantos los que se niegan a reconocer el escasísimo valor de editar un disco o un libro, y más en 2020. Soles y lunas trabajando, incluso domingos de guardar, dinero y conservas, algún que otro desvelo y, nada más publicarlo —salvo alguna excepción como la de Rozalén que nos ataca en sueños—, el resultado pasa completamente desapercibido, un producto más en la estantería algorítmica de Spotify o Amazon.

Y es que lo primero de todo, antes de comenzar a moldear, debemos de ser conscientes de la inutilidad del arte más allá de las necesidades inherentes al binomio creación-creador, proceso de pérdida en el que la obra finalizada (o abandonada) poco o nada se parece al boceto. De ahí que resulte sorprendente hablar de éxito, más bien un malentendido consensuado a base de formateo industrial y cientos de cuestiones relativas a la venta de productos perecederos. Y sí, tu nueva canción tiene 50.000 visitas, un millón y un cuarto menos que cualquier vídeo de perros o el Baby Shark Dance. Allá cada uno con sus mierdas.

A pesar de todo, desde aquí reivindico lo inútil y la utilidad de lo innecesario como manera no sólo de respirar, sino como acto de rebeldía en un mundo absorto más que nunca en la “neoindividualidad” rampante que implica salir adelante cada día. Eso sí, renunciar a lo bueno por intentar rozar el lado de la mayoría carece de sentido porque la mayoría está a otras cosas. Además, ¿a quién le importan las historias de éxito si no es a los más inútiles? Pensadlo. De esta forma lo innecesario se convierte en el pan de cada día… hasta que la vida fracase ante la muerte.

Ilustración: Andrea Ucini

Billie Eilish, ¿del cuarto al estrellato?

De repente llega una niña de dieciocho años con nombre de chico y mala cara, las rodillas en carne viva y el pelo Pantone® verde 354 C y arrasa el mundo con canciones escritas en una leonera junto a su hermano Finneas. Y claro, el resto de músicos (jóvenes y no tanto), deslumbrados por la fibra, el éxito y los auriculares del tamaño de un guisante creen haber encontrado la manera de seguir sus pasos de gigante en chandal porque, si ella pudo hacerlo en un estudio-mesa Ikea, ¿por qué los demás no?

Hecho el sueño, hecha la trampa. Detrás de la música —fascinante, oscura y pegadiza como el coronavirus— encontramos a varios señores con barba y gorra que se han labrado sus carreras sónicas a los pies de Beyoncé, Ariana Grande, Drake o Ed Sheeran. Pero, rebobinemos. En 2015, publica una canción en Soundcloud que llama la atención de pesos pesados de la industria —discográfica y mediática— como Zane Lowe o Jason Kramer, “arrastrados” a ese “streaming” en particular por obra y gracia del manager de los hermanitos. Y llega el publicista conectado con Chanel, y de ahí a una estilista y en el 2016 firma por una filial de Interscope Records encargada de modelarla para reinar en la vanguardia de la fealdad.

Las canciones se relanzan en 2017 vía Apple Music’s Beats, se graban varios remixes para que suene y resuene en los clubes más “cool” de Las Vegas e Ibiza, la chavala firma con Next Models, su lista de Spotify lo peta con un billón de escuchas y en 2019 lanza un disco que es un prodigio, tanto estético como sonoro. Ahí está, amigos; entre el cuarto y el estrellato se interpone todo un oscuro universo para el que solo están destinados algunos planetas, Rosalía, tres satélites Tesla y una estrella llamada Eilish, Billie Eilish.

Nadie lo va a petar

De entre todos los malentendidos que experimentamos cada día, penurias cíclicas entre el despertador de las 06:45 mañana o esa infructuosa búsqueda del amor por miedo a morir solos, el éxito ocupa un lugar de excepción, la última habitación con vistas a la sombra de la montaña. Y con esto no me refiero al escurridizo origen de la palabra en sí —exitus en su versión latina y traducida como fin o salida—, más bien a la imagen proyectada por aquellos que parecen haberlo tocado con los dedos… como si triunfar viniera de la mano de una horda de palmeros y un filtro “Rise” en Instagram.

La cuestión es que cada día escuchamos aquello de «buah, esos tíos están arrasando» o «son el grupo del momento», hipérboles que ponen en evidencia la realidad de las cosas. A partir de ahora nadie lo va a “petar”, precisamente porque en la era del 5G la fama dura menos que los 14:59 minutos establecidos por Warhol y, debido a los infinitos canales de propagación, ni siquiera da tiempo a disfrutarla por considerarse, en cualquier caso, merecida. ¿Y qué decir del daño que provoca o del olvido al que son sometidos los eternos aspirantes?

Es muy probable que la clave del fracaso sea agradar a todo el mundo, intentar forzar el encuentro entre preparación y oportunidad, olvidarse de que, excepto la fealdad, al final todo termina precipitándose contra el suelo y sea necesario enseñar en los colegios la única lección de veras importante: “triunfar” —sinónimo de castillo en el aire— conduce a la senda del perdedor, aterrizaje forzoso de ese rayo que no cesa.