Se ha quemado el huerto de mi hermana. El fuego ennegreció el amarillo del campo y el blanco del pueblo, otras fincas. Fue sofocado a pocos metros de la entrada de su casa. Queda el susto de lo que pudo haber sido. Queda el rastro del desastre. Puede verlo desde la ventana. Hasta hace poco, los incendios ocurrían en el monte, al borde de la A-6, en lugares remotos donde pastaban los caballos. Ahora están tan cerca. Se han convertido en la canción más triste del verano. Se habla del cambio climático, del abandono de lo rural y sus rastrojos, de las políticas que desmantelan lo público. Todo es un intento de explicar lo sucedido. Pero nada alcanza a describir ese cambio en el paisaje.
Se acabó la sombra bajo la que merendaban los chavales. También el olor a tierra mojada después de la lluvia. Hay una geografía de la catástrofe que no para de crecer. El huerto de mi hermana ya forma parte de ella. Nunca nos bañamos dos veces en el mismo río; tampoco veremos el mismo campo con el que crecimos, su relieve entre la cebada y el trigo. Fue muy rápido. Pasarán muchos años hasta poder recuperarlo. Los viejos del pueblo podrán verlo en sus sueños, se despertarán con el olor a quemado debajo de los párpados.
Pienso en mi hermana apoyada en el muro que rodea el huerto, con la luz del sol sobre su pelo. Plantará tomates, lechugas, quizás alguna fruta. La tierra siempre encuentra la manera de empezar de nuevo, ¿verdad, hermana? Nosotros imitamos a la tierra, con peores resultados. Me habría encantado ayudarla en la tarea, llevarle agua y hablar de música con ella. Dentro de un tiempo, abrirá la ventana de su casa. Entre las cenizas del huerto habrán nacido algunos brotes.


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